Los peligros de la adaptación

por Narciso Rossi

El jardín de bronce es la última producción de HBO Latin América. El camino que inició Epitafios (2004/2009) y que siguieron éxitos como Capadocia (2008/2010) y Psi (2014/2015) recorre una obra original, con una historia de mentiras y encubrimientos mafiosos propia del policial negro occidental. Joaquín Furriel es Fabián, un arquitecto de clase media que debe enfrentar la desaparición de una hija desde el primer capítulo. El peso de toda la trama cae sobre un hombre que debe atravesar el dolor más amargo de la vida en una soledad absoluta. Fabián es un hombre ordinario al que le sucede lo extraordinario.

La historia es rápida pero eso no quita que sea abrumadora. Desde el comienzo, los personajes inician una carrera contra el tiempo para encontrar a Moira Danubio, una niña de cuatro años que desaparece junto a su niñera sin dejar rastro. Fabián cree que los dichos de su hija, unos días previos a la desaparición, sobre “el hombre del jardín”, tienen que ver con lo que les está ocurriendo y no con un programa de TV como creía al principio. Si bien las actuaciones (incluso de los actores principales, entre los que se encuentran Daniel Fanego, Julieta Zylbelberg y Gerardo Romano) parecen toscas y sobreactuadas en la mayoría de las escenas, la historia y las locaciones elegidas para la fotografía de la serie hacen que el espectador continúe corriendo con ellos.

El jardín de bronce tiene todo para ganar: una historia atrapante, un misterio por resolver, personajes entrañables como Doberti (Luis Luque) y una ciudad que se convierte en parte de sus atractivos más importantes. Porque si algo se debe valorar, es la inmensidad y el detalle con el que se muestran los ambientes urbanos de la capital federal.

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Compuesta por ocho capítulos de una hora, la miniserie nace como adaptación de la novela homónima de Gustavo Malajovich, quien realizó el guión junto a Marcos Osorio Vidal (Los simuladores, Alma Pirata, Farsantes). El traspaso, por momentos, juega en contra del producto: líneas argumentales que se cruzan y se conectan más allá de lo posible en una historia policial, diálogos que encajan perfectamente a personajes de libros y otros detalles hacen que El jardín de bronce nos deje con un sabor a desprolijidad y descuido.

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Actualmente pueden verse los capítulos completos y de manera gratuita a través de la app HBO GO.

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Una amiga por el viento: Liliana Bodoc

por Soledad González y Fernando Candelero

“A veces, los cuentos son retumbos y destellos de hechos ciertos. Contamos lo que ocurrió. Otras veces, los cuentos son pedazos de sueños. Contamos para que ocurra…”.

Así comienza Liliana Bodoc “El puente de arena”, cuento que forma parte del libro Amigos por el viento recientemente reeditado. Nosotros las retomamos para encabezar este artículo porque creemos que es premonitoria y definitiva, se convierte en (casi) necesaria cuando hay que escribir sobre ella.

Venado_Tapa_bajaLiliana Bodoc ha alcanzado lo que pocos escritores han logrado que es unificar al público joven y adulto atrapando a una nueva generación de lectores y captando extraordinariamente la atención de aquellos ya afianzados en la literatura moderna. Bodoc ha jugado en sus novelas con los diferentes géneros literarios y en cada uno ha conseguido sentirse cómoda.

Creó obras épicas como La Saga de los Confines o realistas como El rastro de la canela, las cuales han sido traducidas (al alemán, al francés, al holandés, al japonés, al polaco, al inglés y al italiano) y premiadas. Incluso algunas son utilizadas como vehículos literarios en las escuelas para poner palabras precisas allí donde hacen falta.

Es que la autora argentina, que actualmente vive en la provincia de San Luis, es dueña de una prosa que bien vale la pena ser leída (o convidada a leer) por niños, jóvenes y adultos.

Su escritura es tan maleable que, por ejemplo, aquellos que la conocen por La saga de los confines —uno de los pocos ejemplos de fantasía heroica de la literatura juvenil en América Latina— quizás se sorprendan al dar con otra faceta de esta autora en En Amigos por el viento. Aquí, la narrativa épica es sustituida por un relato de carácter introspectivo, donde la sugerencia poética, la delicadeza psicológica y el empleo de símbolos son los elementos primordiales.

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Otro ejemplo de su ductilidad lo representa el recientemente publicado El Arte de los Confines: Venado, un nuevo proyecto donde Kenny, con una plasticidad magistral, ilustró y dio forma visual al universo de Bodoc. Se trata de un proyecto que no solo abarca los textos desde los orígenes de la Saga, sino que también se incluyen textos inéditos. De esta manera, nace un libro-álbum con textos completamente originales inspirados en la primera parte de la obra y acertadamente ilustrados por Gonzalo Kenny.

La épica narra gestas legendarias que generalmente están construidas por elementos imaginarios y ficticios aunque puede ocurrir que esos elementos estén basados en una verdad histórica, en un tiempo y un espacio determinados y creados a tales efectos. No obstante, esta idea tradicional encuentra su propia versión en Bodoc. Cada frase está teñida por una voz pausada y a la vez dan ganas de acurrucarse en alguna de ellas, pero las historias llaman a seguir por esos caminos que empujan y fascinan. Paisajes de puna, tierras antiguas,  colores que pintan sin nombrarse, pueblos que dan sentido a quiénes somos. Por eso, leer la épica de Liliana Bodoc es encontrar tan nítida su esencia poética como su capacidad para llevarnos de un extremo a otro: a reírnos despreocupados, a sentir miedo por una tierra plagada de misterios, a creer en el amor de quien cuelga una luna hasta el amanecer, a sucitar las más profundas cavilaciones a partir de los pensamientos de los personajes que dan vida a las historias.

Imagen 2.pngPara los que estén interesados en comenzar a explorar la obra de Bodoc, una buena idea es recurrir a los recientemente reeditados Amigos por el viento, Sucedió en colores y La entrevista que ilustrados por Poly Bernatere, Pablo Bernasconi, Candela Inssuay puso a la venta a partir de septiembre de este año Alfaguara. El encantamiento de la ficción de Bodoc resulta una promesa, realmente una propuesta de lectura para viajar imaginariamente a tierras lejanas o experimentar introspecciones hacia las fibras más sutiles del lector. sin lugar a dudas, la literatura de Liliana es el encantamiento en todas sus dimensiones.

Aleksandra Waliszewska: La danza de los condenados

por Cezary Novek

Su trabajo es más conocido que su nombre. Un ejemplo es la preadolescente con piernas de cabra que decora la tapa de Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez (Anagrama, 2016). A simple vista, se puede decir que es a la imagen lo que Chuck Palahniuk a la palabra. Después, que tiene puntos en común con la imaginería de Mark Ryden. Una mirada atenta, devela que lo que en Ryden es cosmética en Waliszewska es brutalidad.

waliszewska_aleksandra_portret_6363474.jpgNacida el 30 de enero de 1976 en Varsovia, Waliszewska es nieta de la escultora polaca Anna Dębska (1929-2014). Estudió en la Academia de Bellas Artes de Varsovia (ASP), en donde se graduó con honores en 2001. En 2003 recibió una beca del Ministerio de Cultura y Arte, además de ganar el premio AECA al mejor artista extranjero en la Feria de Arte ARCO (Madrid). Su trabajo se ha publicado en medios y revistas como: mi danza El cráneo“, “FUKT”, “United Artists Muerto”, “Les Editions du 57”, “Drippy hueso Libros” o “ediciones Kaugummi”. En 2008 abandonó la pintura al óleo para concentrar sus energías en las ilustraciones ejecutadas al guache en formato A4, al ritmo de entre una y dos imágenes por día (basta visitar su Tumblr: http://waliszewska.tumblr.com/, o sus cuentas de FB e Instagram para verificar la frecuencia con la que actualiza). Las termina de una sola sentada, evitando cortar el impulso creativo. En 2010, su obra ya contaba con unas 2000 piezas. Existe una película basada en su propuesta visual, The Capsule (2012), dirigida por la cineasta griega Athina Rachel Tsangari, en la que la propia Waliszewska participó como guionista.

El libro que Aleksandra Waliszewska publicó en 2012 se llama The horse with no name is a horse with no shame: una exquisita colección de atrocidades en la que no faltan animalitos muertos, niñas mutiladas, alucinaciones y belleza.

Igual que su trabajo, Waliszewska es hermosa de una manera extraña, atemporal. Tiene un aire a la actriz Valene Kane, aunque en versión adolescente. Dice tener fascinación por el sexo y la violencia, las patologías del cuerpo y de la mente, los crímenes y las crisis emocionales. Su trabajo se recrea figuras humanas y animales en situaciones extremas. Se puede rastrear la influencia de las estampas japonesas clásicas, debido al tipo de contraste simple que resalta la composición de escenas eróticas bizarras; así como también es evidente la inspiración en las representaciones de los condenados de las pinturas medievales y las danzas macabras. La misma Waliszewska ha reconocido la conexión de sus imágenes con el gótico tardío y los pintores del siglo XV, “sólo que despojadas del aspecto religioso”. Entre sus artistas favoritos se encuentran el holandés Hans Memling (1430-1494) y el francés Enguerrand Quarton (1415-1466). Otra de sus obsesiones son los estados emocionales, aunque no gusta de comentar su trabajo ni explicar sus ideas. Entre las pocas declaraciones que ha hecho al respecto en diferentes entrevistas, asegura que “Las narrativas salen solas. No hay símbolos escondidos en mis pinturas. Hay una excesiva sobreintelectualización del arte en nuestros días. El arte moderno está demasiado pensado, tiene muy poca emoción, resultando de ello obras de un aburrimiento calculado y frío”.

Hay un tono juguetón y un tanto naive en sus trabajos. Sus personajes suelen ser niñas que participan de rituales desconocidos en medio del bosque con la misma expresión que venderían galletas puerta por puerta. Gatos y perros demoníacos que hieren y son heridos con la misma alegría morbosa. Mucho bullying sangriento entre chicas. Salchichas que cobran las formas más inusuales para ejercer una crueldad digna de un cenobita.

            “Adoro el arte del Renacimiento, pero algunos elementos de lo que está pasando en este momento son también una importante influencia. Por ejemplo, no hace mucho tiempo que he pintado una serie de piezas sobre la matanza en la isla noruega de Utoya. Es un poco la necesidad romántica de anclar en un ‘gran tema’ de actualidad, supongo. Todo tipo de influencias, tanto por la pintura del fin del mundo de Memling y extrañas películas de terror japonesas, se mezclan en este punto”, confesó en una entrevista reciente.

Entre colores apagados, adolescentes seducidas por animales monstruosos y hombres misteriosos, la obra de Waliszewska retrata una naturaleza en tensión, a punto siempre de rebelarse contra sí misma. Este tipo de elementos y sus retorcidos autorretratos mutilados de formas diversas son su rúbrica de artista. Muchas veces, al contemplar sus pinturas, es difícil saber quién es la presa y quién el victimario. Las víctimas, en medio de los hechos atroces que representan, tienen expresiones igual de malignas y obscenas que sus depredadores. Hasta los animales tienen rostros astutos, depravados. No está claro qué tipo de motivaciones anima a los personajes de Waliszewska pero es evidente que todo lo que deja a su paso es un rastro de carnicería, tanto física como psicológica.

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Entrevista: King on Screen 3

por Esteban Dilo

KING ON SCREEN es un festival de cortometrajes basados en obras de Stephen King o, como el propio autor los bautizó: Dollar Babies.

¿Qué es un Dollar Baby?

El Dollar Baby es un término creado Stephen King. Donde se les permite a los estudiantes de cine adaptar algunos de sus relatos bajo las siguientes condiciones: entregar una copia del film y pagar un dólar (sí, un solo dólar). Se firma un contrato dónde se prohíbe exhibir el film públicamente, salvo en festivales como el que estamos a punto de asistir.

El festival será de una sola jornada y solo se exhibirán cortometrajes que no se hayan exhibido previamente en Argentina. La entrada seguirá siendo libre y gratuita, y el ingreso será por orden de llegada. La organización estará a cargo del Restaurant de la Mente – Libros y Merchandising de Stephen King.

El evento se realizará en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno (Agüero 2502, Ciudad de Buenos Aires), sala auditorio Jorge Luis Borges. Dicho lugar tiene capacidad para 200 personas y, recuerden, será por orden de llegada.

La cita es el sábado 18 de noviembre a las 14 hs. Cerrando el mismo a las 18:30 hs.

Auspicia la biblioteca Mariano Moreno, Ministerio de Cultura, Presidencia de La Nación.

Captura de pantalla 2017-11-03 a las 9.15.28 p.m..pngAhora les presento a Ariel Bosi, uno de los dueños del Restaurant de la Mente – Libros y Merchandising de Stephen King, además de ser el autor de Todo sobre Stephen King, flamante libro sobre la biografía del rey que está repercutiendo varios países.

Ariel, se viene el King On Screen de nuevo, la tercera entrega. ¿Qué nos podés adelantar de este festival?

¡Hola! Estamos muy contentos y ansiosos por esta tercera edición del festival. Luego de un parate de cuatro años, finalmente pusimos manos a la obra para llevar a cabo la muestra en un lugar genial, como es la Biblioteca Nacional, con un formato más acotado (solo un día de proyecciones). Las anteriores ediciones estuvieron geniales, pero entendemos que dos días seguidos de proyecciones puede ser un poco cansador, así que serán tres horas y pico de cortos nuevos. En todo caso estamos dejando material afuera para otro festival.

¿Pueden ir a disfrutar de los cortos gente que nunca leyó a SK?

Sí, obvio. No es necesario haber leído nada para disfrutar los cortos. De hecho, hay algunos que son visiones muy personales de los directores y puede ser contraproducente para los espectadores que tienen muy presente el relato.

Para los que nunca fueron al KoS, ¿con qué se van a encontrar?

Lo que noté en los primeros festivales de cortos a los que fui es la sorpresa. El público fan de King está acostumbrado a ver las películas y quizás esperan algo más amateur en cuanto a los cortometrajes. Pero cuando se topan con cortos como Parto Casero, de Elio Quiroga, o Todo es eventual (J.P.Scott), se quedan mudos por su gran calidad.

Para los ansiosos: ¿ya están seleccionados los cortos?

No todos. En estos momentos hay seleccionados doce cortos, hay otros cuatro en consideración, y estamos esperando recibir seis cortos más. En total calculamos que quedarán unos 16 dollar babies.

¿Ya hay algún preferido?

Considerando que descartamos cortos que hayamos exhibido en las dos ediciones anteriores, no fue fácil la selección. Para esta oportunidad priorizamos cortometrajes con una producción lo más profesional posible atrás, sin importar si la visión del director estaba muy lejos del relato (de hecho, en las dos ediciones anteriores incluimos dos cortos graciosos por lo ridículo de las situaciones y fueron súper efectivos). Sin delatar cuál es, creemos que el corto que cierra el festival (basado en un cuento bastante poco trascendental entre los fans de King), va a ser uno de los más elogiados.

Bueno, parece que no nos va a quedar otra más que ir a ver los cortos y disfrutar del terror.

IT: Los espantos de lo queer

por Iván Paz

“De inmediato Beverly alcanzó el segundo orgasmo, algo que nunca hubiera creído posible, y la ventana de la memoria se abrió otra vez. Vio pájaros, miles de pájaros que descendían en todos los tejados, en todos los tendidos telefónicos, en todos los buzones de Derry, pájaros de primavera contra un cielo blanco, y había dolor mezclado con el placer.”

26957El devenir primaveral le trajo a la Argentina, con algo de retraso, el estreno tan esperado de It (Eso), dirigida nada más y nada menos que por nuestro compatriota, Andrés Muschietti. En poco tiempo, el filme se convirtió en un blockbuster de la industria cultural cinematográfica, logrando posicionarse, a nivel global, como la película del género de terror más exitosa de la historia (superando en cifras monetarias a El exorcista, de 1973); y logró en nuestro país, en su primer día de estreno, llevarse el 78% de entradas vendidas. Tamaño éxito tiene una muy simple explicación: Stephen King. Como sabemos, el filme es una reversión de aquella miniserie de horror de 1990, que dejó en la memoria de fóbicos y fanáticos al Pennywise de Tim Curry, y ambas son, a su vez, una adaptación del best-seller del aclamado escritor estadounidense. Si bien, a lo largo de su carrera, las diversas adaptaciones cinematográficas tuvieron recepciones diversas (este mismo año, por ejemplo, con el fracaso de The Dark Tower y el éxito de la adaptación que Netflix hizo de Gerald’s Game), It ha logrado, en sus dos versiones, convertirse en un rotundo para todos los fans y los no tan fans del maniático universo de King. La versión de 1990, con una narrativa exquisita y muy atrapante (a pesar del corto presupuesto y de los efectos especiales que se quedan algo cortos), logra adaptar con mucho éxito una novela imposible y muy compleja de más de mil páginas. La versión 2017, a mi juicio, da un paso más en la indagación de aquella compleja estructura narrativa para resumir, en algo más de dos horas, aquello que en 1990 tomó dos partes de hora y media. La esencia de la historia es la misma: monstruo-demonio-alienígena, que llegó al mundo en forma de meteorito en la pre-historia y que, al despertar, se comenzó a alimentarse de sus víctimas en un ciclo que transcurre y se repite cada 27 años. Adoptando una forma que se adapta como la entidad que manifiesta los peores terrores del individuo que lo ve, el trasfondo de la historia presenta una faceta que podríamos denominar ritual, la cual encarna las formas en las que esta entidad (al parecer ciertamente omnipotente) se manifiesta y se reproduce, y a su vez la forma en la que los miembros del Looser’s Club encuentran para combatirle. La figura de Pennywise puede considerarse mítica en términos del filósofo Mircea Eliade, en tanto es una figura verdadera (existe realmente) y sagrada (es obra de lo que denomina seres sobrenaturales, o bien es uno en sí mismo); y, sobre todo, en tanto vive ritualmente. Como afirma el antropólogo Bronislaw Malinowski, “no existe magia importante, ni ceremonia ni ritual sin creencia”, y justamente es en el reino de lo ritual, del valor simbólico y de las tradiciones que se da la lucha entre los Perdedores y el monstruo-antagonista. La crítica más oportuna que puede hacerse a la adaptación 2017 es la de, justamente, romper con muchos de los preceptos de dicho carácter ritual que en la adaptación 1990 sí estaban muy presentes: en los túneles, el hecho de enfrentar a Pennywise con los aros de plata, por ejemplo, o el desarrollo narrativo que tienen los miedos de cada uno de los personajes. Incluso, el grupo descubre que una forma de defensa contra el monstruo es armar una especie de abrazo grupal en el que todos se aúnan en forma de círculo, dificultando las posibilidades de que Pennywise interactúe maliciosamente con cada uno de ellos. En la adaptación 2017, el combate contra los temores (y en última instancia contra el monstruo) decanta simplemente en tomar un objeto contundente y, literalmente, partirle la cabeza. Si bien hay una instancia en la que el grupo (sobre todo Richie) decide que su deber es permanecer junto a Bill, y recién entonces es cuando pueden ejercer violencia física contra Pennywise, lo ritual se ve opacado por una cierta facilidad que hay al poder acceder físicamente al monstruo, y liberar a la lucha del carácter metafísico que ciertamente le daba lo ritual.

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Eddy a solas con Pennywise

Ahora bien, más precisamente, en el plano mismo de lo ritual en el que la perspectiva de género puede encontrar importantes falencias en ambas adaptaciones, que se dan en una de las costumbres clásicas del mundo cinematográfica, la del ocultamiento. Judith Butler, una de las referentes de la teoría queer, afirma al desarrollar su teoría de los actos performativos que, respecto a la identidad de género, esta misma es en sí un resultado performativo que se da compelido por la sanción social y el tabú. Precisamente, si hay algo tabú en la pantalla (avalado por consenso social) es cualquier tema legado a la sexualidad, y especialmente lo que podríamos denominar la “sexualización de la infancia”. Si hay algo que el discurso conservador (socio-político o clerical, por ejemplo) condena es ligar cualquier tipo de discurso sobre la sexualidad a la infancia-juventud, con pretensiones de castidad hasta el matrimonio, heterosexualidad, monogamia, y todas aquellas costumbres que constituyen una vida sana y moralmente correcta. Justamente, aquello que atañe a la “ideología de género” es un discurso que promueve una sexualización temprana apelando a un supuesto carácter prístino de la infancia. Aquellos que hayan leído la novela de Stephen King saben que la sexualidad es un tema recurrente. Para aquellos que no, en ambas adaptaciones, pero sobre todo la de 1990, se observa una leve tendencia a molestar con insinuaciones a aquella matriz heterosexual normativa, que podemos denominar el “discurso del sentido común” y que se encarna, sobre todo, en el personaje de Beverly. En la adaptación de 1990, podemos observar actitudes de Beverly que dicho discurso podría considerar promiscuas o poco ubicados para una niña-adolescente, que se reflejan en una afectuosidad exaltada de ella para con los miembros del grupo, y que decanta en demasiados besos, demasiado contacto físico y muy poco pudor. En la nueva adaptación, si bien esta supuesta desenfrenada sexualidad de Beverly está un poco más controlada, adopta desde el comienzo una actitud desafiante y provocadora para con su entorno social (probablemente como respuesta al abuso que sufre en su propio hogar) que le permite asumir por momentos ese rol matriarcal en el grupo y que, hacia el final del filme, decanta en un desenvolvimiento del interés amoroso por Bill. Sin embargo, si bien la adaptación 2017 logró ser R-rated a nivel mundial (calificación Restringida en Argentina, es decir +18), comenzando de plano con la brutal imagen del brazo de Georgie siendo devorado completamente por el monstruo; y si bien la adaptación 1990 se atrevió a ir unos pasos más allá en esta sexualizada desfachatez de Beverly, hay una escena en particular del libro que pareció ser demasiado controversial para ambas adaptaciones. Como bien sabemos, Stephen King no rehúye a la controversia y ha indagado en las más descolocantes facetas de la sexualidad con detalle gráfico en varias de sus novelas, llegando incluso al extremo del abuso sexual infantil y la necrofilia. Nunca menos, en la novela It se da una situación un tanto excepcional: tras derrotar al monstruo, el Looser’s Club se encuentra completamente perdido en los túneles, perdiendo paulatinamente aquella magia del grupo que les permitió salvarse de las más extremas situaciones (incluso, sí, derrotar a una bestia transdimensional). El único camino que el grupo encuentra para poder volver a unirse (espiritualmente, podíamos decir) lo suficiente como para escapar es a través de una idea que se le ocurre precisamente a Beverly, la cual consiste en generar una unión indisoluble entre ellos a través de una orgía en la que todos los miembros del club deben perder, entre ellos (y a través de Bev como instrumento), su virginidad. En la novela, King se dedica a describir por una extensa cantidad de páginas la incómoda situación de un grupo de niños perdiendo su virginidad y todos, a su vez, con la misma mujer.

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Beverly, un paso adelante.

“Mike se acerca a ella; después, Richie, y el acto se repite. Ahora Beverly siente cierto placer, un difuso calor en su sexo infantil, aún no maduro. Cierra los ojos cuando le toca el turno a Stan y piensa en los pájaros, la primavera y los pájaros.”

La escena es gráfica, pero no deja de ser un aspecto más de aquel plano de lo ritual que hace, en esencia, a la historia, a la resistencia y la supervivencia del Looser’s Club. Para una adaptación cinematográfica importante, de la industria cultural y que ya se sabía exitosa, evidentemente existen ciertas limitaciones. No sólo lo moral que responde a aquel “discurso del sentido común”, sino lo legal: poner a un grupo de adolescentes que interpretan a adolescentes a llevar a cabo una escena orgiástica está descartado de plano. Sin embargo, la insinuación a una cierta “precocidad” sexual de Beverly no pareciera suficiente para reponer este aspecto sexuado se lo ritual que, para Stephen King, evidentemente era necesario e importante. La legalidad es, desde ya, un impedimento, pero la complicidad con aquella supuesta pervertida sexualización de la infancia pareciera apoderarse de la censura contra una escena que, en el libro, es primordial. La ruptura de la adaptación 2017 con aquél (indispensable) carácter de lo ritual encuentra su punto álgido en un vínculo entre nuestros héroes que, en ambos filmes, es ignorado. El espanto de lo queer, la constitución de las identidades da por seguro que, para todos nosotros, el descubrimiento de la propia sexualidad es algo que ocurre exclusivamente in foro interno y que las historias que bordean esos límites están directamente por fuera de lo avalado. ¿Es esto censurar aquello que, por otro lado, es tan “natural”? ¿Cuál es la forma de dar cuenta de estos hechos que hacen a la narrativa original sin romper con el pacto de lo legal-moral que debe subyacer a todo producto exitoso de la industria?

Hay una escena más de los libros ignorada en ambas adaptaciones que comprende un aspecto más de los espantos de lo queer. En la novela también están presentes dos de nuestros antagonistas: Henry Bowers y Patrick Hockstetter. El personaje de Henry, si bien es el líder del grupo de los bullys tiene un origen de víctima circunstancial, producto en parte de un paternalismo abusivo; Patrick, por otro lado, pareciera tener una maldad algo más internalizada, natural, que le resulta descolocante incluso a sus propios compañeros de aventura. La escena a la que hacemos referencia, en la novela, se da a través de un encuentro entre ambos en el que Patrick avanza sexualmente hacia Henry, respondiendo a sus incongruentes despertares de deseo, y son espiados por Beverly mientras intercambian un inocente handjob, el cual es indisimuladamente disfrutado por Henry que decanta en Patrick intentado convertir este intercambio en sexo oral. La propuesta es rechazada de plano por Henry, quien quita a Patrick del camino e incluso lo insulta con lenguaje homofóbico incluido. Este encuentro, evidentemente, va en dirección de indagar en la represión sexual y la confusión que podría tener todo bully en su propia malicia, incluso formando parte del auto-descubrimiento sexual de todo adolescente. Así y todo, en ambas adaptaciones no hay siquiera insinuación de algo semejante. El personaje de Henry está construido de tal forma que cualquier experiencia homosexual ni siquiera sea visible en su horizonte narrativo. En ambas, además, el personaje de Patrick es eliminado directamente de la historia mucho antes de que en el libro, e incluso su propio desarrollo emocional ni siquiera está explicitado: es simplemente un malo más, un apoyo al antagonismo rimbombante de Henry. ¿Será que la homosexualidad es tan grave como la sexualización de los jóvenes? ¿O son, también, demasiado jóvenes para hablar de gays?

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Henry Bowers seducido por el globo.

Por último, no menos importante, el mencionado rol matriarcal que Beverly pareciera asumir por momentos (tomando la iniciativa, decidiendo pasar al frente e incluso desarticulado brillantemente con deducciones los misterios de la propia historia) se ve completamente opacado en la adaptación 2017. En primera instancia, como sabemos, el rol de ideóloga y de objeto de una orgía que les salva la vida está descartado de plano. Sin embargo, las referencias a la sexualidad de Beverly vienen justamente siempre del lado de la reputación: el rumor de que sería “bastante zorra” está presente, constantemente. Si bien esta acusación está claramente infundada, ella consigue, revalidándose, hacer uso de ella para, por ejemplo, seducir al farmacéutico y que el grupo pueda llevarse la medicación que necesitaba. Sin embargo, este supuesto empoderamiento tomando control de su sexualidad, incluso al enfrentarse a sus peores temores y al salir victoriosa al enfrentarse a su abusivo padre, es algo controversial. La peor faceta del fracaso de Beverly se da, de todas maneras, con el desvío que el final de la historia implica en su personaje. En la adaptación 1990 son ella y su perfecta puntería las que permite asestarle el golpe final al monstruo en su versión arácnida. En la nueva versión, si bien da muestra suficiente de ser quizás la miembro más fuerte del grupo, no puede evitar caer en el mero rol de la damisela en peligro, el eslabón débil del grupo, la dama a la que hay que acudir en rescate. La versión 2017 tenía la oportunidad y el respaldo narrativo para poner, acorde a los tiempos de lucha que vivimos, en primer plano a un personaje femenino fuerte, de armar a su propia Eleven, y sin embargo el filme hace muy poca justicia a esta oportunidad. Además, como mencionamos, la imagen de la salvación en los túneles es aquel beso de amor verdadero de cuento de hadas entre Bev y Bill: matriz heterosexual normativa a todo trapo. ¿Era necesario que, una vez liberada de las garras abusivas de su padre, termine decantando en ser objeto de otro acto sexual no consentido, como es el beso que le da Bill? ¿No hay algo descolocante, un poco Disney, en Beverly siendo rescatada y salvada por medio un beso que nunca pidió? Afortunadamente, al final de la historia el beso real entre ella y Bill, consentido y genuino, sí es producto del deseo y la pasión entre ambos. Que un personaje aguerrido y desfachatado como el de ella se quede con el amor juvenil monógamo si es, quizás, demasiado poco pedir, considerando los vaivenes de la historia original. Sin embargo, sabemos que, en lo que respecta a las exitosas producciones cinematográficas, los espantos de lo queer siempre están a la orden del día, aquellos espantos que son demasiado para nosotros pero no para Stephen King, los espantos que no nos dan miedo sino que, peligrosamente, hacen temblar nuestras (demasiado heteronormadas) estructuras.

El más reciente terror argento

por Patricio Chaija

El terror argentino es un ámbito en constante crecimiento. Si bien el gusto por lo macabro y lo sangriento remite al comienzo de nuestra literatura como nación (ya se ha dicho que “El matadero” está considerado como el primer relato de terror en la Argentina), desde hace pocos años hemos visto una proliferación de autores, cada uno con su propia poética, haciendo un aporte interesante al género. Para entender esta eclosión actual hay que considerar a la influencia de autores anglosajones como fundamental. Alberto Ramponelli publicó dos novelas increíbles, El último fuego (2001) y Viene con la noche (2007), antes de que el terror fuera más aceptado.

02 El último fuegoEl propio Ramponelli confesó dejar de lado la obra de King hasta que, ya no pudiendo obviarla más, leyó It y consideró que sus propias letras deberían seguir un camino acorde. Mariana Enríquez publicó en 2009 Los peligros de fumar en la cama por el sello Emecé, lo que le dio visibilidad a un género muy dejado de lado por las editoriales y el público. Luego confirmaría su lugar en el canon actual con la publicación de Las cosas que perdimos en el fuego. En 2012 la irrupción de Celso Lunghi, ganador de un concurso patrocinado por Página12 y el Banco de la Provincia de Buenos Aires, sirvió para jerarquizar el terror nacional. Me verás volver llegó a varios rincones del país respaldado por el premio. En 2010 nació la editorial Muerde Muertos, fundada por los hermanos José María y Carlos Marcos. Con la publicación de Los fantasmas siempre tienen hambre, del propio José María Marcos, se abre una vertiente en el mercado editorial que hasta el momento no existía.

terror-seis-buitres-celso-lunghi-D_NQ_NP_346615-MLA25273944247_012017-OLuego vinieron títulos que engrosaron el corpus oscuro: Mondo Cane y Los ojos de la divinidad, de Pablo Martínez Burkett, El fantasma del rosario, de Marisa Vicentini, y Hay que matarlos a todos, de Pablo Tolosa. El catálogo de esta editorial podría pensarse como la columna vertebral de un monstruo que sigue extendiendo sus tentáculos. Vale ejemplificar la “summa” Osario común, editada en 2013, que reúne varias voces nuevas en el ambiente de la feliz atrocidad verbal y las posesiones demoníacas cimarronas. Quizás la más destacada sea la pluma de Ignacio Román González, quien un año antes había ganado un importante premio de cuentos de Editorial Planeta con “Alte killer!”. El jurado, compuesto por Samanta Schewblin, Mariana Enríquez y Fabián Casas, y la casa editorial que publicó ¡Alte killer! y otros relatos dieron amplia difusión a los textos finalistas de dicho concurso. Y no podemos dejar de mencionar al pergaminense Rubén Risso, quien aportó un grado de oscuridad más al publicar su novela El jardín de los lobos, un barroco testimonio de terror psicológico y fantasía oscura. Su libro de relatos Once cáscaras, publicado el año pasado, es una delicia de asesinatos y tragedias sobrenaturales.

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Pero es en 2015 en donde el terror explotó más aun su calidad. Y se dio de la mano de la publicación de dos obras, y la salida de una colección de cuentos de terror. La Colección PDP –ex Colección PelosDePunta–, que convocó a más de cien autores argentinos que, en trece antologías, conformaron un muestrario de la materia oscura con que se trabajaba por estos años. Las dos obras que le dieron una madurez, por su calidad, al género de terror argentino, son Los hombres malos usan sombrero, de Lucas Berruezo, publicada por Muerde Muertos, y La caída de Las Lechiguanas, de Narciso Rossi. En la novela de Berruezo el miedo nos cala hondo por la estructura de la narración, transportándonos en el devenir de un protagonista que no tiene escapatoria. Esa misma sensación se transmite al lector, y es el mayor acierto del escritor. La caída de Las Lechiguanas es una novela extensa, alambicada, con muchos personajes e infinidad de historias que se cruzan y van y vienen. Es la mejor novela de terror escrita en el país.

Otro autor destacado dentro del género es Juan José Burzi, un estilista que busca lo chirriante en sus escenas fantasmagóricas. Tal vez él desdeñe participar en este catálogo, pero sus personajes deformes, sus situaciones límite y repulsivas merecen ser mencionadas acá. Su imaginación es una exhibición de atrocidades que todo lector valiente debería enfrentar.

Entre los últimos textos terroríficos publicados en el país podemos contar La casa de los eucaliptus, de Luciano Lamberti, Skrik, de Alan Souto, y La muerte está ahí, de Esteban Dilo, jóvenes autores que refrescan con su imaginación y su prosa el panorama de la actual narrativa oscura argentina, un espacio en expansión que goza de muy buena salud.

Desafiar al destino: El príncipe de los puentes

por Adrián Giorgio

En el ingreso a El príncipe de los puentes asoma la basura: papeles de diarios, botellas, madera, zapatillas y otros desperdicios. Una joven con la ropa y el pelo sucios duerme hecha un ovillo en el piso. No abre los ojos cuando los pies pasan a su lado. Tampoco se mueve.

Parece una escena repetida, conocida. Es nuestra primera aproximación a un mundo lejano y cercano a la vez, un mundo que se observa muchísimas a través del cristal de un automóvil o con la distancia que propone el miedo o la desconfianza.

23163626_10214887552331841_85555657_nA medida que el público llega y se acomoda en sus asientos, se observa en el escenario a un grupo de jóvenes en las mismas condiciones, con sus bolsas repletas de latas e inmundicia, compartiendo algún mate o anécdota. Pronto, de la voz de sus personajes, entendemos por qué en el título se mencionan los puentes. Todos ellos están viviendo bajo uno, han caído en desgracia, son excluidos del sistema. Su pasado no importa, la intención no es juzgarlos, sino comprender que también son personas que sienten, que sufren, que quieren.

De eso se trata la obra. De perseguir lo que uno quiere, de no rendirse ante las adversidades que puedan surgir y animarse a creer. En este sentido, se advierte la juventud que prima en el elenco. Subyace una mirada nueva, optimista y enérgica sobre la realidad, la cual pretende sacudir a los conformistas.

El protagonista, Matías, es quien encarna este sueño; pero todos sus compañeros, cartoneros como él, lo seguirán. El vehículo: la música. Es a partir del canto, del baile, del arte que se intentará romper las cadenas de la opresión, de la pobreza, de la soledad, y se buscará un mejor futuro.

Pero por supuesto no les resultará tan sencillo. El malvado en esta historia, la Parca, el mafioso que dirige el grupo de cartoneros, querrá impedírselos ante la amenaza de que su negocio decaiga.

En conclusión, El príncipe de los puentes es un hermoso musical que trata sobre la esperanza, los sueños, el amor y el coraje para desafiar al destino. Para destacar la calidad de los cantantes, las actuaciones de La Parca (Alfio Di Palma) y de Albergue (Fernanda Bertonatti) y los pasajes humorísticos que resultan naturales y frescos.

Sin duda, es una obra para ir a ver y disfrutar y continuar apostando así al teatro joven, que tantas cosas tiene para darnos.

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