WUNSCHERFÜLLUNG

por Matías Bragagnolo

Eran las tres de la mañana cuando me animé a hablarle, y arreglamos para vernos cuando el boliche cerrara. Se llamaba Sabrina y era la hija del tipo que cortaba el pasto del patio de la casa de mi viejo en los años anteriores a mi emancipación.

A la hora señalada, cuando seguramente afuera se iniciaba alguna riña, pasé por la barra a buscarla. La encontré besándose con un tipo a quien yo jamás había visto. Pero no desesperé.

Pedí un destornillador.

Para cuando lo terminé, y tal como lo había intuido, Sabrina habría dicho algo que había desagradado al primate y estaba sola otra vez, mirándome.

No me apuré, pedí otro destornillador, le di un par de tragos mientras ella seguía apoyada con la espalda contra la barra y recién ahí volví a acercarme y le convidé de mi trago, que muy groseramente se terminó en segundos. Me preguntó adónde íbamos a ir.

“A mi casa, vivo solo”.

Ni bien cerré la puerta empecé a besarla y a empujarla suavemente hacia mi pieza.

Cuando llegamos al borde de la cama hizo un intento por detenerme. Parecía que quería sacarse la ropa. Cuando su remerita aterrizó en algún lado la empujé y cayó con estilo sobre el colchón, de espaldas, y su rostro tenía la impresión de no lograr entender exactamente qué era lo que yo me proponía.

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Desabotoné mi camisa, me la quité y, abriendo suavemente sus piernas con las mías, me acosté sobre su cuerpo, besando y acariciando su cara. Bajé los breteles de su corpiño y me dediqué a besar su cuello. Solté la hebilla y ahí logré ver sus tetas. Pezones rosados. “Las tetas son la única razón que mantiene vivos a los hombres”, pensé refleja e irreflexivamente. Los besé ligeramente y bajé hasta su pollera. Hice que se diera vuelta, poniéndola boca abajo, y subí la tela hasta dejar su culo al descubierto. Abrí el cierre relámpago y saqué la pija. Saqué de uno de los bolsillos de mi pantalón un forro con tachas.

Escupí sobre el látex con esa puntería que asumo como una de mis pocas virtudes y la penetré con suavidad.

Empecé a moverme, pero ella permanecía inmóvil. No sabía (o no quería) moverse. Puse mis manos sobre su cintura y empecé a mover su cuerpo yo mismo, con violencia, hasta que inició una serie de suspiros y de sonidos apagados provenientes del fondo de su garganta, mientras inclinaba su cabeza hacia atrás. Recién ahí noté lo cargados de semen que estaban mis testículos, recién ahí noté hasta qué punto solía afectarme la desgracia de ser el raro del pueblo. El contenido de mi escroto se endureció de tal manera que no tardé en eyacular. Pero contuve mis resoplidos: mi precocidad me dio vergüenza y seguí serruchando un poco más.

Ella no parecía estar dispuesta a terminar, y mi pija se ablandaba lentamente, haciendo que el preservativo empezara a resultarme molesto, casi doloroso. Así que, agitado, le anuncié mi culminación. No pareció sorprenderse. Se suponía que una chica de pueblo no tenía por qué llegar al orgasmo.

Se separó de mí y fue al baño.

Yo caminé hasta el comedor y prendí el equipo de música. En la F.M. sonaba “Wonderful Life“, de Black. Genial, pero en ese preciso momento, a esa hora de una madrugada de junio, necesitaba cualquier cosa menos que me recordaran que había crecido en los ochentas. Cambié la función a CD. La cantidad de temas en la pantalla y la duración del disco me recordaron que antes de salir hacia el único boliche que Teniente Moldes tenía había estado escuchando “Dirty”, de Sonic Youth. “Música para garchar”, me acuerdo que pensé. Porque un amigo me había dicho que los My Bloody Valentine hacían música para garchar, y a mí me encantaban, pero siempre había preferido garchar con Sonic Youth de fondo. Puse a andar el disco en función RANDOM.

Cuando volvió, yo me había quitado toda la ropa.

Se recostó a mi lado, y preguntó:

—¿Qué es eso?
—¿Qué cosa?
—Lo que escuchamos.
—Sonic Youth.
—Es una mierda.

“Sí, claro. No es cumbia”, pensé con cierto engreimiento que alivió la ofensa que su injusta convicción me había provocado, mientras al mismo tiempo me hacía sentir culpable y prejuicioso.

La conversación la llevó a ponerme al tanto de los tipos con los que había salido últimamente, entre los que se hallaban ex-compañeros míos del colegio secundario. No habían pasado más que unos minutos —en el comedor Kim Gordon gritaba, una y otra vez, afónica, su “Te amo, te amo, te amo, ¿cómo te llamás?”—, y yo estaba besándola otra vez, deseando que se callara.

—Ah, ¿qué? ¿Seguimos?

Acostados uno junto al otro, enfrentados, sobre nuestros flancos, mi mano derecha empezó a ocuparse de su vulva mientras ella con su mano izquierda acariciaba mis testículos.

Se subió encima de mí. Me puso un forro sin mirar, con las manos trabajando a sus espaldas; se la metió y empezó a moverse. Lo hacía sin gracia, pero yo no estaba en la situación de adoptar una actitud exigente. Pasar de perdedor de pueblo a esto ya tenía que bastar para hacer que me sintiera agradecido.

Ella seguía moviéndose, mientras sonaba “100%”, el hit del disco. La oí gemir violentamente dos veces y, pese a que mi mente estaba en otro lado, mi pija, enfundada en látex, se encontraba inundada de dicha y fluido, brillosa dentro de esa cavidad, sintiendo cada vibración de su mucosa.

Se detuvo un momento, jadeando. Estaba agotada.

—¿Acabaste? Porque tengo ganas de ir al baño.

La tomé firmemente por las caderas, levantando su culo del asiento que ella había hecho de mis testículos, y me deslicé por el colchón hasta que su concha quedó a la altura de mi pecho.

Le pedí que hiciera sobre mí lo que iba a hacer en el baño.

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Abrió los ojos de par en par y, a mitad de camino entre el asombro y la carcajada, se negó a mi pedido.

—¡Qué asco! ¿Por qué querés hacer eso?

Le expliqué que me encantaba hacerlo. Que nada tenía de malo. Sabía que al día siguiente todos en Teniente Moldes se enterarían de lo que le estaba pidiendo, pero la suerte estaba echada. Ya había tomado la decisión.

—¿Cómo te puede gustar?

Le rogué, una y otra vez, mientras me sacaba el forro y suavemente la inducía a que se inclinara hacia atrás y agarrara mi pija con una mano.

Sin duda a consecuencia del insistente y avasallador ruego que no cesó, dejó de menear la cabeza, se puso seria, apoyó su mano izquierda sobre su muslo, y empezó a sacudírmela con la otra mano.

—¿Estás seguro?

Le juré que no podía llegar a estar más seguro.

Dejó de meneármela y se quedó unos momentos mirando la pared de la cabecera de la cama, pensativa, mientras mi corazón latía demasiado rápido.

—Pero hago esto y me voy. Y lo hago porque estás bueno. Sino ni en pedo.

Cerró los ojos y retomó su tarea manual.

4647693438_e3ef058cb9_bMientras lo hacía, sin levantar los párpados, y luego de inspirar, empezó a mearse. El chorro salió con fuerza, dándome en la nariz. Cerré los ojos al tiempo que se volvía más potente, bañando mi cara. Era una caricia cálida, con ese suave olor que tiene la orina femenina.

Apreté los labios para que no entrara en mi boca. Siempre fantaseaba con tragarme el meo, pero cuando el momento llegaba no toleraba ni siquiera tenerlo en la boca. Se deslizaba por mi cuello, mojando la almohada y el colchón, que lo absorbían todo, y mi gozo empezaba a multiplicarse de mil maneras a medida que mi libido iba aprehendiendo la exuberancia del momento.

Como las veces anteriores, me preguntaba cuánto tiempo iba a durar algo tan limitadamente placentero, y, como en el resto de las veces, en respuesta impiadosa a mi interrogante el caudal de orina empezó a menguar. El chorrito caía sobre mi pecho, elevándose de tanto en tanto con la contracción de los músculos de su pelvis y volviendo a mojar mi cuello. Sentí cómo toda esa cálida humedad que se extendía a mi vientre se deslizaba por mis flancos.

Su mano seguía moviéndose enérgicamente, y justo cuando sus dedos se posaban sobre mi glande durante una de las sacudidas, la leche cayó sobre mi vientre, mezclándose con su pis en un charco infame, mientras su mano no paraba de recorrer mi pija, resbalosa por la intensa lubricidad.

Para entonces, de su vagina solo caían gotas, aumentando la humedad de mi pecho.

Se incorporó, levantó la bombacha de la mesa de luz, se limpió y se fue al baño. Yo imité su actitud y limpié mi cara con el boxer que había quedado tirado junto a la cama, al alcance de mi mano derecha. Las sábanas, además de estar empapadas, empezaban a despedir un olor extraño y novedoso, no necesariamente desagradable. Miré por la ventana el cielo azulado que precedía al amanecer de esa mañana de finales de otoño.

En medio de la humedad del colchón, la vi salir de la habitación después de darme un inesperado beso en la frente. Cuando escuché la puerta de entrada cerrándose, sonaba “Wish fulfillment”. Lee Ranaldo cantaba como el orto, y esa letra no estaba a la altura de la música, pero era mi canción favorita del disco.

ojosformasWish fulfillment. El wunscherfüllung freudiano. La concreción, por medio de fantasías oníricas, ensoñaciones o alucinaciones psicóticas, de los deseos más profundos y ocultos, los más vergonzosos, los inconfesables. La satisfacción que comienza allá donde terminan la vergüenza y el miedo. Esa misma que solo había podido concretar en bañeras de hoteles con prostitutas de mala muerte cada vez que me alejaba de mi pueblo natal.

Mañana sería un paria. Desde mañana sería señalado con los índices de la comunidad. Si es que podían alcanzarme.

Porque ahora estaba entrando en mi último sueño antes de abandonar Teniente Moldes, al amanecer y con lo puesto. Esta vez, y hasta hoy, para siempre.

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