Últimas inflexiones de la narrativa argentina de terror: las novelas de Celso Lunghi.

por Sandra Gasparini

Publicado originalmente en Estudios de Teoría Literaria, Revista digital: artes, letras y humanidades, marzo de 2018, vol. 7, nro. 13, páginas 51-59. ISSN 2313-9676. Podés leer el trabajo completo en el siguiente link: Acceso a la Revista

En sus caras veo el temor
Ya no hay fábulas
En la ciudad de la furia
Soda Stereo. Doble vida (1988)

Stephen-King_369x274_exact_1415291527El miedo nos ciega y palpamos cada temor con la ávida curiosidad que emana de nuestro instinto de conservación, procurando compaginar un todo con cien elementos distintos, como en la fábula de los ciegos y el elefante. Intuimos la forma. Los niños la captan rápidamente, la olvidan y vuelven a aprenderla en la etapa adulta. La forma está allí, y tarde o temprano la mayoría entiende de qué se trata: es la silueta de un cuerpo bajo una sábana. Todos nuestros temores se condensan en un gran temor: un brazo, una pierna, un dedo, una oreja. Le tenemos miedo al cuerpo que está bajo la sábana. Es nuestro cuerpo. Y el gran atractivo de la ficción de horror, a través de los tiempos, consiste en que sirve de ensayo para nuestras propias muertes (…) Por supuesto, el autor de narraciones de terror no tiene el patrimonio exclusivo de los temas vinculados con la muerte y el miedo (…) La muerte siempre ha sido espectacular. Son dos de las constantes humanas. Pero sólo el autor de relatos de horror y sobrenaturales le abre al lector las compuertas de la identificación y la catarsis. (King 1992:15-16).

639-1415-largeEstas reflexiones acerca de “la forma bajo la sábana”, sobre las que vuelve una y otra vez King en su prólogo a El umbral de la noche (1992) nos recuerdan que el terror es fundamentalmente un efecto emocional sobre un sujeto. La literatura de terror basa su eficacia principalmente en el modo de contar una historia que pretende estimular ese miedo al miedo, en la dosificación de recursos para asustar. Juega todas sus cartas a provocar esas sensaciones. Porque si bien hay temas que interpelan de manera más directa a la subjetividad de los lectores según diversos factores que tienen que ver con la clase, el género, la enciclopedia y las vivencias individuales, lo que provoca la sorpresa o el sobrecogimiento se logra con una gran cuota de racionalidad y trabajo previo. Y parte de ese artificio es, justamente, hacer invisible ese aparato porque, de lo contrario, el efecto no se producirá.

Hay algunos ejes y temas claves para pensar cómo se ha ido colando el género en la narrativa argentina actual: el fantasma y el zombi son personajes propios del terror literario y cinematográfico que ha sido reorientados hacia lecturas políticas, ya sea del pasado nacional vinculado al terrorismo de Estado o bien en clave biopolítica. Me parece importante señalar que coexiste con estas propuestas una nueva forma de narrar en la que lo ominoso irrrumpe con la recuperación de viejos temas de la narrativa de terror (ocultismo, satanismo, presencias de lo monstruoso sobrenatural, leyendas populares) en un marco narrativo complejo, pleno de autorreferencialidad y de guiños paródicos que conviven con ese efecto de horror que parece incompatible con la razón.

1425551789_495804_1425559019_noticia_normalEs el caso de algunas novelas y cuentos de Luciano Lamberti y de Celso Lunghi.  Mariana Enríquez, con sus dos libros de relatos (2009 y 2016) y Samanta Schweblin, con Distancia de rescate (2014), han abierto un camino en ese sentido. La narrativa de terror -si es que hay que nombrarla de algún modo- tiene un corpus muy nutrido en los últimos años; con la presencia de proyectos editoriales especializados como Muerde Muertos y la Colección PelosDePunta) -que luego derivó en La otra gemela– se ha ampliado la lista de una manera considerable. De todos modos, creo que en Lunghi y Lamberti hay un giro que no es tan visible en los demás autores. Este artículo propone una lectura de dos novelas de Celso Lunghi, Me verás volver (2013) y Seis Buitres (2016).

Me verás volver: el pueblo de la furia

me-veras-volver-celso-lunghi-D_NQ_NP_871811-MLA20629588299_032016-F“Te has detenido a pensar en que, por lo menos una vez al día, pronunciamos la palabra miedo” es el epígrafe del texto, tomado de una carta de la novela. El miedo es lo familiar que se vuelve siniestro, sí, y sin embargo Me verás volver plantea que la cotidianeidad está inundada de miedo y ese miedo se transforma en angustia y en cárcel. Es por eso que el cura, el padre Levín, convocado para ayudar a la familia de Lisandro Galván y Margarita, es perverso y asesino. Aquí la lógica del fantasma está dislocada: la mujer envenenada se venga de los moradores de la casa y no del asesino. Se venga de la familia, de la estructura familiar: vuelve para disolver vínculos y para repetir historias. Lo circular en las novelas de Lunghi es un principio constructivo: las reiteraciones, como letanías, insisten en señalar lo que los personajes no quieren ver. Lo que se repite señala una obsesión. Lo obsesivo genera angustia y es motor del terror. Es lo que vertebra, también, muchos pasajes de Seis Buitres: la repetición de una orden, de una historia que quiere y debe ser escuchada.

Me verás volver es, podría decirse, una novela epistolar del siglo XXI, mechada con fragmentos de Tormenta de verano, la investigación ficcional de Manuel Quintana, escritor de crónicas literarias y también con testimonios y textos previos a su escritura, de 2012, que coinciden con la fecha de premiación de Me verás volver. Como Seis Buitres, está dividida en tres partes, número significativo que se reitera en ambas, incluso para señalar que los sucesos sobrenaturales ocurren alrededor de las tres o exactamente a las 03:33 de la madrugada (pasos en la habitación, llamado del bosque, insomnio) como mitad exacta del “número de la Bestia” asociado al Anticristo en el libro del Apocalipsis del Nuevo Testamento cristiano.

Distintos narradores van componiendo en tres partes la historia de Lisandro, un hombre que termina matando a su hija adolescente cuando ella acaba de ahogar a su hermana menor en un presunto caso de posesión por el espíritu de su madre muerta. A esta historia se superpone la de la Masacre de Tábano (pueblo bonaerense imaginario), vinculada a una secta alrededor de las supuestas visiones místicas de la virgen María por parte de su líder, María Rosa, quien induce a los fieles en 1990 a suicidarse para alcanzar la salvación en el mismo momento que suceden estos asesinatos. Me verás volver es entonces también el relato de un suicidio masivo que deja en segundo plano una tragedia familiar, que a su vez encubre abuso sexual y el crimen de la segunda mujer de Lisandro Galván, perpetrado por Violeta, su hija mayor, a instancias del fantasma de su madre, al igual que el de Néfer -curioso nombre de resonancias egipcias-, hermana menor. El encubrimiento de las culpabilidades es sólo la punta del iceberg de la historia de negligencias, desamor e irresponsabilidad que rodea la infancia malograda de las dos niñas.

Lunghi trabaja este relato a partir de contrastes casi góticos: desde las voces autorizadas por un aparato de investigación periodística (Manuel Quintana), los testimonios interesados de los familiares de las víctimas o los habitantes del pueblo hasta la inocencia que se opone a la perversidad encarnada en el fantasma, que reclama venganza, o en la maldad intensa del sacerdote. La inversión de roles se sucede en todos los niveles: quienes deberían proteger, violentan o abandonan; madres e hijas se confunden; quienes escriben cartas, a veces acaban no enviándolas a sus destinatarios -aunque sí a los lectores-. El fantasma que vuelve con intención punitiva amenaza desde el título de la novela para vengar porque sí a las personas equivocadas. El de Margarita no es un espectro que regresa para desenterrar el pasado histórico -como puede leerse en algunas novelas y cuentos del último decenio- sino el de su historia personal; es un fantasma cuya esencia misma es la vuelta, la recursividad. Siguiendo esta lógica del revés, su asesino está suelto y es, justamente, el cura que debió “salvar su alma”. En cambio, se divirtió asesinándola de a poco con la palabra y la ayuda de unas inyecciones diarias que contenían pintura. Definitivamente, en Me verás volver el fantasma pierde el hilo de la ghost story y se pierde a sí mismo al multiplicar sus blancos mortales, producto de los celos post mortem, en la nueva mujer del que fuera su marido y en su hija más pequeña. Ocupa todo el espacio materno: lo satura.

33777595Las ruinas de la familia

Capas concéntricas van rodeando una historia con otra: cada verdad que sale de la oscuridad es un escalón más hacia el efecto terrorífico. El centro de ese espiral es la familia nuclear y tradicional en ruinas, como sucederá en Seis Buitres. Un grupo de pájaros es testigo de la muerte de las nenas (la menor, ahogada por la hermana habitada ya por el fantasma de la madre y la mayor, por los escopetazos del padre) a las 3:20 de la tarde, lo que es tomado como señal para el suicidio en masa a escasos kilómetros de allí por parte de la secta. Como vuelve a sucedes -y es verbalizado- en Seis Buitres: un crimen tapa a otro y a otro (el del padre tapa el de Violeta, que tapa la venganza de ultratumba y a su vez esto es encubierto por la masacre). También en la segunda novela la familia nuclear y tradicional se opone a esa otra familia clandestina que no cuaja en las estructuras institucionales y termina sucumbiendo: los dos hijos -uno muerto en la prehistoria textual- y la esposa de Lisandro Aristegui, el latifundista, contrastan con la incontable cantidad de hijos extramatrimoniales que pueblan las localidades que rondan los quebranchales. La Verdad no es lo que parece: curas perversos, madres asesinas, padres en el borde de la locura y la desesperación.

La justicia, en Me verás…, actúa sobre el caso y Lisandro Galván termina preso. Tiempo después, en Tábano se duda entre dos versiones de su muerte: si fue asesinado a mano de los presos por los que se “dejaba humillar” o muere de un paro cardíaco. La investigación de Quintana, el cronista, la voz que intenta darle un orden al conjunto de datos caóticos e irracionales, se inclina a pensar lo primero. Pero Quintana nunca parece llegar al fondo de la cuestión y deberá ser el lector, ese segundo autor de Barthes, el que reconstruya el rompecabezas.

Te invitamos a leer el trabajo completo.

Sandra Gasparini es Doctora en Literatura por la Universidad de Buenos Aires, donde es docente de Literatura Argentina I de la carrera de Letras, así como de Narrativa Argentina I en la carrera de Artes de la Escritura (Universidad Nacional de las Artes). Realizó ediciones críticas de literatura argentina, publicó un ensayo sobre Juan Filloy y artículos y reseñas tanto en libros como en revistas especializadas nacionales e internacionales. Algunas publicaciones: Espectros de la ciencia. Fantasías científicas de la Argentina del siglo XIX (2012) e Iniciado del alba. Seis ensayos y un epílogo sobre Luis A. Spinetta (compilación, prólogo y artículo) (2016).  Contacto: sandra_gasparini@hotmail.com.

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