La amorosa furia trava de “Pose”

por Emiliano Román

“No se nace mujer, se llega a serlo”.
Simone de Beauvoir

Ser mujer transgénero y negra no solo es una identidad valiente y revolucionaria en una cultura transfóbica y xenófoba, porque subvierte los valores machistas, racistas y fálicos de la sociedad. También, en varias ocasiones, es ser objeto de prejuicios e invisibilización dentro de los mismos colectivos feministas y de homosexuales masculinos. Si esto lo ambientamos en la década del ochenta, donde el virus del sida era sinónimo de condena de muerte y reactivaba los rasgos paranoides, homofóbicos y moralistas de la población, el destino era la estigmatización a las fronteras más profundas de la marginalidad.

pose1Pose, la nueva creación del prolífero Ryan Murphy (Glee, American Horror Story, American Crime Story, Feud) nos traslada a New York de 1987/1988, donde travestis, maricas y dragsqueen, en general negras y latinas, resistían a la opresión social, el HIV y la marginalidad a través de la cultura Ball, que no solo les daba un lugar de pertenencia, sino también lazos afectivos, familiares, reconocimiento y prestigio dentro del colectivo.

El ball es una subcultura del underground, nacida en Harlem, del colectivo LGBTI,  que comenzó a tomar identidad en los años sesenta con predominancia de negrxs y latinxs, justamente lxs artífices de la revuelta de Stonewall. Consiste en desfilar y/o bailar por una pasarela, donde se organizan competencias en diversas categorías. Como todo movimiento contracultural, resiste a la cultura dominante (blanca y heteronormativa), con ciertas características y rituales propios. Las casas eran espacios de convivencia y contención afectivas, alojando lxs jóvenes que eran expulsados de sus hogares por su orientación sexual, brindándole un nuevo modelo de familia que deconstruye las instituciones familiares hegemónicas. Se destacan por ser matriarcales, donde la figura de la madre es la autoridad que vela por el resto de los integrantes del clan. Cada casa tiene un nombre, y sus miembros adoptan ese nombre como apellido.

Las casas compiten entre sí en los salones de ball, donde se arman verdaderas guerras entre las familias, y se entregan trofeos a las que tienen mejores puntaje. El documental París is Burning (1990), de Jennie Livingston logra retratar el espíritu de resistencia de esta subcultura, que funcionaba como punto de anclaje defensivo ante la exclusión y pobreza que estaba expuesta la comunidad.

pose2El punto cúlmine de la competencia era el voguing, una estilizada coreografía, nacida en estos salones, que se inspiraba en los jeroglíficos egipcios y en las poses de las modelos en las revistas de moda. Consistía en ciertos movimientos de los brazos, manos y piernas que buscaban impactar al jurado y también manchar e insultar en signos coreográficos a su rival.  Esta danza alcanza su punto máximo de popularidad cuando Madonna la inmortaliza en su canción y video Vogue (1990), que fue un éxito mundial y el voguing es exportado por todo el planeta.

Recomendamos darle play al video y dejarlo sonando mientras continúan leyendo la nota.

Este es el espíritu de festividad que recrea la serie, dentro de un contexto opresor y desalentador. La cultura Ball era celebración y orgullo, a pesar que afuera se respiraba un aire de violencia y muerte. Blanca (Mj Rodriguez), se entera en 1987, que es HIV positiva, en vez de sumirse a la depresión, decide independizarse de la casa Abundancia, con la tirana madre Electra (Dominique Jackson), y formar su propia casa, basada en valores de respeto y amor hacia sus nuevxs hijxs, que son jóvenes en situaciones de calle a los que ella va rescatando. En honor a la supermodelo, de esos años, Linda Evangelista, decide llamar a la familia con ese nombre. Es así como la nueva casa Evangelista se convierte en una de las principales rivales de la legendaria casa Abundancia.

Las competencias en el salón de Ball, es el centro narrativo de la trama, pero ese es solo el punto de encuentro, liberación y deseo. A lo largos de 8 episodios se van desplegando otras historias que profundizan la realidad subjetiva y social que viven cada uno de los personajes principales.

El sida aparece como la amenaza disruptiva más latente, no solo por la posibilidad de muerte propia y de seres cercanos, sino por el deterioro, la larga agonía y condena social que deparaba el virus por esos años. Al ser parte de la marginada comunidad LGBTI, negra o latina, era la población más vulnerable en caer en la estigmatización de ser VIH positivo, con todo el rechazo que ello implicaba y con el temor de que a los sectores dominantes no le importaría la cura o un tratamiento que mejore la calidad de vida de la personas que conviven con el virus. Estamos en tiempos donde la administración neoconservadora de Ronald Reagan ni siquiera se había pronunciado con respecto al tema y los seguros médicos no cubrían los tratamientos. “El mundo quiere que nos muramos. La gente no piensa que es una epidemia, piensa que es una especie de acto de justicia divina, o la respuesta darwiniana por sodomitas”. Afirma Pray Tell, (Billy Porter), el maestro de ceremonia de las competencias Ball, quien se rehúsa a hacerse el test VIH, porque ya se cansó de ver enfermar y morir al novio y amigos.

“El mundo quiere que nos muramos. La gente no piensa que es una epidemia, piensa que es una especie de acto de justicia divina, o la respuesta darwiniana por sodomitas”.

Pero el sida no es la única causa de mortalidad y morbilidad de la población trans. En Argentina la expectativa de vida es de 35 años, y en resto del mundo no cambia mucho. Otras causas son el suicidio, por la violencia social padecida desde edad muy temprana, los travesticidios y la implantación clandestina de hormonas y siliconas. Si bien Pose no aborda en esta temporada el tema de suicidio y travesticidio, sí se puede ver en Paris is Burning, desarrolla los riesgos que implican la implantación de prótesis sin un tratamiento médico integral conjuntamente con la necesidad subjetiva de acudir a este tipo de prácticas riesgosas, para reafirmar su imagen de mujer y borrar todo signo de masculinidad visible que atente contra su identidad de género autopercibida. Algunas chicas de la historia, enredadas en una concepción binaria de los géneros, sienten que serían más femeninas si tienen “curvas y un culo enorme”, de lo contrario serían objeto de burla hasta dela misma comunidad.

Otro aspecto que se narra es la cirugía de reasignación de sexo. Algunos de los personajes la ven como el sueño real para convertirse definitivamente en mujer. Los miedos y las inseguridades que esta intervención acarrea, sobre todo por las reacciones de sus amantes o clientes masculinos “heterosexuales”, quienes se niegan a perder el órgano que las convierte a ellas en objetos fetiches.

POSE -- Pictured: Ryan Jamaal Swain as Damon. CR: Pari Dukovic/FXEl trabajo sexual parece ser el único destino para sobrevivir de muchas de las chicas, conjuntamente con la ilusión de amor romántico de encontrar un príncipe que las rescate y les dé una forma de vida lo más cercana posible al sueño americano. Blanca pudo encontrar otra salida, trabaja como manicura en un local, y eso le permitió alquilar un lugar para tener su propia casa e hijxs. Ella intenta ser una madre distinta a su mamá biológica y a su otra madre, Electra. Un rol maternal de cuidado y afecto, pero que también establece leyes y límites que protegen a sus hijxs, lo cual genera algunos conflictos pero sin dejar de escuchar, acompañar y motivar los deseos subjetivos de cada unx.

Es muy interesante cómo se construye el vínculo entre Blanca y Damon (Ryan Jamal Swain), a quien encuentra bailando en la calle, luego de ser expulsado de su familia biológica porque descubren su orientación sexual. Ella cumple un papel fundamental para que el haga algo más comprometido con su deseo de ser bailarín, hasta implicaría que tenga que impedir a Damon asistir a los salones del Ball. Toda la historia de él viene acompañada con imperdibles guiños a Flashdance y Fama, películas emblemáticas de danza de los ochenta.

Pero no todo es amoroso y sororo, hay competencias que exceden las pistas de bailes; la soberbia, maldad y ofensas están a la orden del día. El personaje de Electra encarna el lugar de villana, pero con una construcción tan lograda que no se deja de sentir empatía por la misma y divertirse con sus maldades. Esta madre autoritaria, vanidosa y sádica por momentos, esconde miedos e inseguridades que hacen que estos rasgos funcionen como defensa para su integridad narcisista. No tiene otra manera de protegerse del derrumbe psíquico.

Paralelamente, se desarrolla la historia del mundo blanco y heteropatriarcal, atrapados en la codicia capitalista del sueño americano, donde el único motor es ascender en la escala social y profesional. Stan (Evan Peters), trabaja en la multinacional de Trump y su única meta parece ser llegar a la cima, claro que tiene que chocarse con su jefe Matt (James Van Deer Beek), mucho más ambicioso y peligroso que él. Stan tiene una familia, su esposa Patty (Kate Mara), ve con cierta incomodidad los logros de su marido, porque esto la condena a ella a quedar fijada en el sumiso y dependiente rol maternal. El giro es cuando Stan conoce a Angel (Indya Moore), esta belleza transafrolatina y prostituta, y viven unarelación que pone de manifiesto como el deseo y el ideal de este joven ejecutivo van por caminos distintos, casi opuestos.

pose4La sociedad americana dominante es blanca y heterosexual, todo lo que quede por fuera de esos rangos es ubicado en minorías y si se rebelan un poco son arrojados a la marginalidad. Esto no es exclusivo del mundo heterosexual, dentro de gran parte de la población blanca gay, también rigen estos valores, aunque ellos sean una franja de los excluidos. A Blanca se le ocurre ir a tomar algo a un bar para gais blancos menores de 35 años, es echada del mismo, pero su furia travesti insiste y vuelve a asistir hasta ser desalojada por la policía. Vemos cómo gran parte del mudo homosexual blanco era cómplice del aparato de control del estado. “Todos necesitan a alguien que los haga sentir superiores, pero esa línea termina en nosotras. La cosa va desde las mujeres, los negros, latinos, gais, hasta llegar a lo más bajo que somos nosotras” le dice Lulu (Hailie Sahar), a Blanca, luego de ser expulsadas del bar.

La sociedad americana dominante es blanca y heterosexual, todo lo que quede por fuera de esos rangos es ubicado en minorías y si se rebelan un poco son arrojados a la marginalidad.

Las afirmaciones de Lulu, que describen la triste verdad que ser transnegrx o latinx, en una sociedad expulsiva, los convierte en el último peldaño de la marginalidad. Por eso, un gran logro de esta producción es que contrata a un elenco transgénero para que encarne los distintos personajes. Suele ser común, que un actor o actriz cisgénero haga de trans, pero nunca vamos a ver a alguien trans haciendo cis. Por eso es importante que lxs realizadorxs que se comprometan con la causa, tengan en cuenta que hay un gran número de talentos dentro del colectivo trans para llevar adelante estos papeles. De lo contrario sería sostener en algún punto los dichos de Lulu. Este año vimos cómo la película chilena Una mujer fantástica ganó el Oscar, protagonizada por una actriz trans. Otros buenos ejemplos de ficciones son Sense8, Tangerine y la película argentina Mía.

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Párrafo aparte merece el soundtrack, que es digno de ser mencionado porque convierte muchas de las escenas en maravillas. Suelen sonar de manera diegética o extra diégetica, varios hits que se escuchaban y bailaban tanto en 1987 y 1988, pero se le da un especial énfasis a las grandes cantantes negras que dominaron la escena musical de los ochenta: Whitney Houston, Tina Turner, Diana Ross, Donna Summer, Janet Jackson, entre otras. Un dato interesante es que en las dos secuencias donde Blanca está en el bar gay para blancos se escucha de fondo canciones de chicas pop rubias que eran éxito en ese momento como Debbie Gibson y Bananarama.

Todo esto hace, que a pesar del contexto duro y doloroso que retrata, Pose sea una auténtica fiesta porque, para la comunidad LGBTTI, fueron años muy difíciles pero también muy felices. Es cierto que no escatima en cursilerías, clichés, sensibilerías, y muchas veces se torna predecible, pero todo esto está al servicio de una narración que además de querer llegar a conmover la sensibilidad del espectador, es brindarle muchos momentos de felicidad y alegría, porque como dijo recientemente la activista trans argentina Quimey Ramos, en una entrevista para la televisión: la furia travesti, es una furia amorosa.

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