Amor desaparecido

por Florencia Benson

Contemplar las fotografías de los desaparecidos por la dictadura equivale a exponerse a una doble daga. Por un lado, nos atraviesa su belleza y juventud: la mayoría eran menores que quien escribe, es decir muy jóvenes, se estima que más del 80% de los desaparecidos tenían entre 16 y 35 años de edad. Por otro lado, en las fotografías se repite una y otra vez la presencia inequívoca del amor: en el lenguaje corporal, el abrazo, la mirada compartida, las sonrisas.

Se trata de fotografías cándidas, tomadas con el fin de circular en un ámbito muy limitado —la familia, los amigos cercanos; las visitas ocasionales que, mientras esperan el café de cortesía, hojean distraídamente el álbum— es decir, fotografías concebidas para habitar exclusivamente en el círculo de la intimidad. Sus poses, por tanto, son menos estudiadas, menos homogéneas (aunque no exentas de normas, tanto la burguesía como las clases trabajadoras siempre tuvieron sus códigos para retratarse a sí mismas), un poco más espontáneas que las galerías curadas y filtradas que exponemos hoy día en nuestros perfiles digitales.

Esa candidez nos atrae porque pareciera que sorprendemos a sus protagonistas en un momento privado, es decir, del que se suponía que estuviéramos excluidos, y nos interpela en nuestra propia intimidad: ¿he vivido yo un amor así? ¿Lo experimentan, acaso, otros contemporáneos a mí? En definitiva, ¿existe hoy ese amor que parece tan profundo y radical?

Hay una dimensión sagrada en la pareja que lucha hombro con hombro por un ideal. De amor y de sombra (Isabel Allende) o La mujer habitada (Gioconda Belli), ambos publicados en la década del ’80, son narrativas de una pareja que lucha contra un régimen opresivo y busca develar una verdad. Es decir, se trata de dos personas que comparten no sólo principios, ideología o ideales sino, fundamentalmente, un camino, una búsqueda, una meta: un destino. En ambos textos se pone en juego la dimensión sagrada de la pareja militante que lucha por un mundo mejor, que comparte ideales y trinchera, oponiéndose a un poder mayor, oscuro y letal. Parejas, en definitiva, que caminan juntas hacia el sacrificio, hacia una muerte significativa, altruista y trascendente: mayor que uno y mayor que dos, puesto que el deseo siempre triangula, fuga hacia algo más que no está aquí y ahora, sino en el futuro.

Esa épica y el contraste con el final oscuro, trágico, enaltece a los personajes ante nuestra mirada. Volvemos a la pregunta inicial: ¿qué se requiere hoy para producir esa clase de amor? En otras palabras: ¿acaso aquel amor que idealizamos con nostalgia deba esa cualidad luminosa a la lucha ideológica compartida, a sabiendas de su trágico final? ¿Y por qué en la actualidad esa fórmula idealista parece no funcionar, o no alcanzar, dado que las parejas —aún las militantes— se rompen o desgastan? ¿Es el amor un artículo de fe? ¿Es una construcción social? ¿Un enredo psíquico? ¿Un mix de todo?

La juventud y la belleza son los condimentos esenciales tanto del romance como de la tragedia. Romeo y Julieta no sería tal si los protagonistas no hubieran sido jóvenes y bellos: a sabiendas de su fugacidad, igualmente nos conmueve la violencia que trunca estos atributos antes de su degradación natural. Son también estandartes privilegiados de la rebeldía y de la militancia: en el imperio de la imagen, aún para comunicar las causas más subversivas recurrimos a estos atributos, alcanza con mirar las fotografías de las marchas de mujeres para corroborar que la gran mayoría de las imágenes tomadas corresponden a rostros jóvenes con cuerpos bellos. Este contrasentido es, de todos modos, absolutamente humano: Afrodita reparte sus dones de manera injusta, caprichosa y terminante. O se es bello o no se es; y si bien los cánones varían históricamente, son tiranos durante su reinado.

La juventud y la belleza, entonces, fungen en nuestro imaginario colectivo como canales poderosos del Amor y, por extensión, de la Verdad y la Justicia. En la última década se vivió en Argentina un contexto político que enaltecía la épica de la rebelión, del bien común, de la militancia y la justicia, pero el Amor —según las estadísticas— sigue en problemas. Las parejas se rompen, se separan, se desgastan. ¿Acaso hay que enfrentar directa y certeramente a la muerte para que triunfe el Amor radical, ese amor de las fotografías y de las novelas, donde dos parecen abstraerse del mundo —el amor radical es absoluto, excluyente y expulsivo, sólo hay lugar para esos dos elegidos— y retornar a él para transformarlo?

Platón en El banquete nos dice que el amor no es un dios, porque los dioses se bastan a sí mismos, y el amor siempre busca algo que le falta, es decir desea: el amor es un gran demonio. Hijo de Poros (el padre, la Abundancia) y Penia (la madre, la Pobreza), el demonio Amor se encuentra “por una parte siempre pobre, y lejos de ser bello y delicado como se cree generalmente es flaco, desaseado, sin calzado, sin domicilio, sin más lecho que la tierra, en fin, lo mismo que su madre, está siempre peleando con la miseria. Pero, por otra parte, según el natural de su padre, siempre está a la pista de lo que es bello y bueno, es varonil, atrevido, perseverante, cazador hábil; ansioso de saber, siempre maquinando algún artificio, aprendiendo con facilidad, filosofando sin cesar”. Y sintetiza: “el amor es la producción de belleza, ya mediante el cuerpo, ya mediante el alma”, es decir, el amor tiende siempre a la fecundación, a la creación, a la acción (poesía), pues anhela la inmortalidad, es decir, la trascendencia.

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Entonces, ¿son los ideales los que engendran un amor radical, o es el amor radical el que genera, en su afán de trascendencia, los más altos ideales? Una pareja así retroalimentada, inferimos, sería capaz de alcanzar un grado tal de ascensión que podríamos denominar un “Nirvana de a dos”: abstraídos pero juntos, habitantes de una poderosa burbuja creativa.

Por supuesto que nadie (nadie conocido, al menos), ha alcanzado este grado de elevación amorosa. En la realidad, se nos dice, el amor es imperfecto, insuficiente, “siempre peleando con la miseria”. En este sentido, una novela también best-seller de la época, Flores robadas en los jardines de Quilmes (Jorge Asís), relata en código satírico el devenir de un personaje joven que no logra apegarse a ningún principio, persona, conocimiento, es decir, la personificación de un deseo debilitado e incapaz de salir de sí mismo. Opera la desidealización en todos los ámbitos y aspectos y se ensalzan los valores “realistas”, sin adornos, sin autoengaño, sin caretas, sin esfuerzo. La falta de compromiso y su deambular de nouvelle vague, salpicado de comentarios cínicos y derrotistas (“realistas”), anticipa un ethos del narcisismo e inaugura, tal vez, en ese desplazamiento, la literatura de los noventa. Todo lo que tenía de demonio, de monstruoso y de amenazante el amor se trastocó en adorno kitsch de telenovela, pues la gravedad de la muerte del deseo es sin dudas un asunto mucho más severo, desesperanzador e infinito que cualquier ilusión.

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