Tiempo de crisis para la heteronormatividad

Por Carolina Bensutti

Desde mi cuenta de Instagram (@bensucarola) anuncié en noviembre de 2017 que estaba elaborando una encuentra sobre sexualidad para Revista Lembra, destinada exclusivamente a hombres heterosexuales, con el propósito de desmenuzar fantasías y prejuicios. Durante el día del anuncio recibí 163 mensajes privados pidiendo el cuestionario. Casi muero. Lo que empezó siendo algo íntimo (de persona a persona, a través de emails, inbox’s y mensajes de whatsapp) tuvo que virar hacia un cuestionario publicado a través de los estados fugaces de la red social para que quien estuviera interesado en responder capturara la pantalla e hiciera la devolución. ¿Qué fue lo que pasó?

Durante algo más de dos meses evalué un total de 2311 hombres heterosexuales de entre 18 y 45 años. Para agrupar los resultados dividí a los muchachos en tres grupos etarios: Grupo A: 18 a 25 / Grupo B: 25 a 35 / Grupo C: 35 a 45.

El sexo casual lo entendemos como la práctica sexual alejada del sentimiento de amor (y de culpa, agrego yo). Sexo no es sinónimo de amor ni de ningún tipo de sentimiento. Y esto se ve muy claro con el pasar de los años. El sexo casual no es igual hoy que en el año 2000. La exploración no es la misma. Y esto, desde otro ángulo, se corporiza entre los más jóvenes y entre los más adultos. El grupo que ronda los 30 años resulta ser el más estable en cuanto a pareja (ya sea pareja de sexo o pareja con la cual establece sentimientos). Es algo así como una etapa de la vida que se debe atravesar. Los hombres salen de un punto (Grupoa A) para atravesar diferentes momentos de placer sexual (Grupo B) y volver a encontrarse, ya rondando los cuarenta años (Grupo C), en el mismo punto de partida que puede resumirse en una práctica de sexo sin amor, sin pareja y de lo más variable.

Lesbisch-trouwen-800x445¿Por qué pasa esto? La sexualidad del hombre promedio se respalda en una masculinidad impuesta. El hombre es criado bajo parámetros irreales de lo que debe y no de lo que es. Como si por el solo hecho de tener un pene debieran hacer cosas de hombres y las mujeres cosas de mujeres solamente por no tenerlo (lo cual es diferente a decir “y la mujeres cosas de mujeres por tener vagina”). Y las mujeres por no tenerlo, reitero. Romper estas estructuras y detenerse a analizarlas implica dos puntos poco sencillos. En principio, una muerte. La muerte de la figura del hombre heterosexual como la conocemos. Y, además, la creación de una idea menos definida pero más real de lo que es.

La sexualidad del hombre promedio se respalda en una masculinidad impuesta. El hombre es criado bajo parámetros irreales de lo que debe y no de lo que es. Como si por el solo hecho de tener un pene debieran hacer cosas de hombres y las mujeres cosas de mujeres solamente por no tenerlo.

Hace no mucho tiempo, un referente para los futbolistas y fanáticos del fútbol protagonizó un escándalo mediático después de que se filtraran conversaciones privadas que tenía con una mujer. En esas conversaciones, el “famoso” pedía que ella le pusiera un juguete sexual en el ano y, desde entonces se lo conoció como “Puntita”. El 86 % de los hombres encuestados permitió o permitiría que una mujer jugara con su ano, mientras que el 14% restante se divide entre los que prefirieron no contestar y los que aseguran que jamás una mujer se acercará ahí. Me pregunto entonces, ¿y otro hombre? ¿A qué se debe esa negación por explorar una parte del cuerpo propio que brindará placer? ¿Acaso el imaginario de masculinidad natural que tiene presente la sociedad se lo prohíbe? Evidentemente, no. ¿Es entonces esa masculinidad impuesta, forzada, la que moldea la figura del macho bajo parámetros claros y rigurosos pero inaccesibles la que no les permite la idea de mostrar la cola?

1-146Tal vez estamos atravesando como sociedad el momento exacto para desmoronar las figuras impuestas y realzar aquellas que son naturales, que nos representan a cada uno en nuestro ser, y que nos permitan no tener que defender ideales de una masculinidad o feminidad utópica.

El 73% de los hombres entrevistados confiesa que las mujeres no siempre acaban cuando tienen relaciones con ellos. Es decir, que un 73% de los encuestados deja en evidencia que el acto sexual finaliza cuando acaban ellos. Punto. El 82% de los hombres pagó o pagaría por sexo, pese a que todos coinciden en algo. Ninguno dice considerar a la mujer inferior que a ellos mismos. ¿Curioso si se piensa dos veces, no? ¿Entonces por qué pagarle a alguien para que los satisfaga? Justamente porque nadie les pagará nunca a ellos para que metan su pene donde lo quieren hacer.

Las fantasías, por su parte, suelen ser de lo más diversas pero siempre dentro de tópicos cliché. Algo así como la libertad de los presos. La prima, la vecina, la enfermera, el aire libre, las mellizas. Incluso más de seiscientos de los entrevistados eligen mirar pornografía con chicas trans, orgías, grupos, gangbang, famyly strokes y tríos. No sólo en la mayoría de los tópicos se incluyen varios penes, sino que al mismo tiempo suelen refutar el ideal de macho que es lo que no se quiere perder. Esta cuarta parte no representa el total, pero es un número para tener en cuenta.

¿Está la heterosexualidad en crisis? Resulta evidente que la heterosexualidad está perdiendo el lugar de privilegio en los tiempos que corren. Hablar de crisis es hablar de inestabilidad. La heterosexualidad tal cual la concebíamos hace unos años está dejando de existir. Podemos romper en pedazos el ideal de macho que nos enseñaron desde chicxs y abrirnos para comprender una heterosexualidad mucho más flexible. Abierta a la chicas trans, a las travestis, a los homosexuales, al sexo grupal con otros hombres y mujeres. Esta transformación de lo hetero se da en lo normativo, en lo concebido, en el seno mismo del patriarcado. ¿Y por qué cae? Porque no está ni estuvo lo suficientemente arraigado como para permanecer de pie.

Hombres y mujeres heterosexuales están aprendiendo a convivir con sus impulsos sin tanto prejuicio. El camino es largo y habrá momentos complicados (planteos existenciales, dudas) pero en Argentina ya lo empezamos a andar.

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