Lo siniestro y lo femenino. Intensidades e identidades en el universo Atwood

por Iván Paz

“la muerte es el enemigo. la muerte es contra lo que cabalgo con la espada envainada y el pelo flotando al viento”.
Virginia Woolf

El nombre de Margaret Atwood, consagradísima escritora, no es ajeno para todos aquellos fanáticos de la literatura, y nunca necesitó de los medios audiovisuales para logar su merecido reconocimiento. Sin embargo, este año la pantalla nos regaló, por medio de nuestras queridas (y cada vez más indispensables) plataformas de streaming, dos adaptaciones de sus obras que dieron y seguirán dando mucho que decir. La primera de ellas, amadrinada por Hulu, fue The Handmaid’s Tale, basada en la homónima novela de Atwood publicada en 1985. De la mano del esperado advenimiento de la segunda temporada de Stranger Things y de todas aquellas otras series que le dan fundamento a nuestra seriefilia, The Handmaid’s Tale es considerada, sin ninguna duda, uno de los éxitos y de las más gratas sorpresas que nos ha traído la temporada 2017, ya sea en tanto por la aceptación general que supo tener en el público como también por la aclamación crítica que le valió, entre otras premiaciones, un Emmy por mejor serie dramática. Sin embargo, hay otra adaptación de la que pareció valerse Netflix para enmendar el gravísimo error de, en su momento, haber rechazado The Handmaid’s Tale, y que proviene del mismísimo seno de Margaret Atwood: hablamos de Alias Grace. Esta última, un drama de altísima categoría, es una propuesta bastante diferente de The Handmaid’s Tale pero que sigue, si se quiere, una misma tradición narrativa. En ambos productos salidos de la brillantez de Atwood se nos sugiere que, sobre las mujeres, hay algo más para decir, una historia más para contar. Sin embargo, ¿podemos considerar que ambas series son feministas? Si acordamos que lo son, ¿es un poco mucho considerarlas feministas, o nos estamos quedando algo cortos con la definición con todo lo que ambas series pretenden abarcar?

Captura de pantalla 2017-12-04 a las 10.18.32 p.m..pngEn una nota de esta misma revista, Emiliano Román supo incluir a The Handmaid’s Tale en su análisis sobre feminidades y patriarcado en las nuevas series. Lo que nos cuenta Emiliano, con una certera y muy apropiada contextualización de las luchas del feminismo que rondaban por la época en la que se escribió la novela, es cómo la adaptación logra sintetizar en diez intensos episodios una realidad (no tan) distópica en la que, instauración de una nueva república mediante, la opresión contra las mujeres se vuelve más feroz que nunca. Decimos que no es tan distópica porque, a pesar de presentar una sociedad futura y ficticia indeseable en sí misma, las características que presenta son una radicalización de las condiciones actuales de opresión que viven las mujeres en nuestra propia sociedad. La propia Atwood ha comentado las sociedades antiguas y contemporáneas y los hechos en los que se ha basado para pensar susodicha distopía, entre los que se encuentra, para sorpresa de nadie, el robo y apropiación sistemática de bebés dado en nuestro país en el contexto de la última dictadura cívico-militar.

The Handmaid´s tale 1×03 – Escena de represión

Aquella inspiración, sumada a una versión irreal pero no impensable de nuestras condiciones actuales de existencia, le da a The Handmaid’s Tale una tonalidad siniestra muy perturbadora. Alias Grace, por su parte, publicada como novela en 1996, narra una historia basada en hechos reales: Grace Marks, su protagonista, fue una handmaid canadiense-irlandesa que, en 1843, fue condenada por el homicidio de su empleador Thomas Kinnear y el ama de llaves Nancy Montgomery. Sin nada distópico, la narrativa es un relato (pasado por el filtro Atwood, por supuesto, y con lo que ello implica) inspirado en hechos puramente reales que, a partir del curioso vínculo entre la (in)justicia y la mujer construye una historia atrapante desde el primer momento.

MV5BZjRjMDA1MDYtMjRhYy00NmI3LWE3ZGUtZDU3ZjM3ODdiN2NkXkEyXkFqcGdeQXVyNjEwNTM2Mzc@._V1_SY1000_SX675_AL_.jpgEn ambas historias, como vemos, hay un componente que es esencial y que hace de ellas obras maestras: un fuertísimo protagónico femenino. Tanto en The Handmaid’s Tale como Alias Grace hay un problema en común, la constitución de las feminidades y sus problemáticas en sociedades estrictamente patriarcales, tanto por la dominación real masculina como por la preminencia de las ideas que hay en cada cual. Hay un hilo conductor, entre ambas historias, que ya sea a mediados del siglo XIX, ya sea en un futuro que aún no ha llegado, tiene algo para decir, y ese algo está filtrado, en ambos casos, por los ojos de una mujer. En The Handmaid’s Tale, si hay algo que no sorprende (a quienes ya la conocíamos de, por ejemplo, Top of the Lake) es la gracia de Elisabeth Moss para interpretar a personajes entrañables y luchadores. Su June, una víctima elegida por la injusticia y por un condicionante tan ridículo como lo es su fertilidad, se va construyendo a sí misma para convertirse en el personaje que es en la escena final, subida en la camioneta, dispuesta a enfrentarse a la luz o la oscuridad o lo que sea que esté esperando por ella. Sin embargo, apoyada en una historia compleja y llena de ramificaciones, además de un elenco excelente, June se mueve con mucha lucidez entre muchos argumentos, probabilidades, desenlaces inesperados. Para Grace Marks la cosa parece, entre muchas comillas, un tanto más simple: su vida, marcada por un destino ya escrito y su rol como hija de una familia pobre y un padre abusador, se define entre los barrotes de la prisión y la casa del Gobernador en la que comienza sus sesiones de terapia, que intentan determinar el grado de culpabilidad en los crímenes de los que se la acusa. La interpretación de Sarah Gadon (a quien ya pudimos ver en el rol de Sadie en 11.22.63, la adaptación de aquella gran novela de Stephen King) es atrapante y excelente, de principio a fin. Su imagen aniñada, su acento y el tono de su voz son, quizás, uno de los condimentos que hacen a Alias Grace una trampa de ratones para todo aquel dispuesto a pasar seis electrizantes episodios sin poder despegarse de la pantalla.

9b89080dec16503125bfb4cf7a9628fdb56e5992Si bien en Alias Grace el protagonismo de Sarah se lleva constantemente toda la atención, la narrativa se compone de una tríada más que interesante, con su amiga Mary Whitney (en manos de una intensa Rebecca Liddiard), a quien perdemos quizás demasiado pronto en la serie, producto de un aborto muy poco seguro, pero que encarna el espíritu de rebelión que, sobre el final de la serie, se apodera (en más de un sentido) del cuerpo y la esencia de Grace; y por otro lado con el ama de llaves Nancy Montgomery (interpretada por Anna Paquin, una grandísima actriz muy poco valorada, si las hay), un oscuro personaje con una mochila cargada de heridas abiertas que, por momentos, parece ahondar en una particular bipolaridad que la lleva desde la euforia y la ternura hacia la violencia y lo perturbador. Entre las tres, y sobre todo con el arrollador protagonismo de Grace, dejan al descubierto cómo la autoridad y los abusos llegan a establecerse como algo natural, y cómo sus consecuencias son algo que asumir y ocultar a la vez. Alias Grace, en su complejidad, logra algo que, en una época de abundantes dramas románticos y pésimas películas de terror, es innovador: perturbarnos. La figura del narrador no fiable que nos presenta Grace (ya sea porque sólo contamos, a lo largo de seis episodios, sólo con su punto de vista; ya sea porque, como privilegiados espectadores, podemos acceder a las historias que le cuenta al doctor Jordan a la vez que escuchamos sus más profundos y ocultos pensamientos) es el aspecto más fuerte de una serie que nos ofrece una perspectiva cruda y un tanto (demasiado) real de la carga que las mujeres arrastran con ellas desde tiempos muy lejanos, y contra las que nuestras protagonistas atentan a revelarse.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

En The Handmaid’s Tale, por otro lado, si bien el protagonismo de June no es tan arrollador, es también una gran representante del espíritu de rebelión que subyace a ambas historias. Sin embargo, hay un detalle de la construcción de la feminidad particularmente interesante, y es cómo esta se va dando en las figuras antagonistas de la historia. Simone de Beauvoir alguna vez dijo que “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”; en este caso tenemos, por ejemplo, a la Aunt Lydia (Ann Dowd), que comienza siendo una de las mujeres (aquellas del lado equivocado) más crueles y violentas y acaba formando un vínculo muy intenso con las handmaids en general y con Janine/Ofwarren (Madeline Brewer) en particular, el cual llega a su punto más álgido en la escena del apedreo del último episodio, donde sus límites morales/sentimentales colisionan de lleno con sus obligaciones en la nueva sociedad. A su vez, también, una representación polémica e interesante de las nuevas identidades femeninas se da en el caso de Serena Waterford (una sobria interpretación de Yvonne Strahovski), quien, en sus orígenes y en su rol de pensadora/académica, es una de las ideólogas de la República de Gilead, al punto de sugerirse, en un momento, que fue una de las fundadoras de lo que denominan un “feminismo doméstico” (ultraconservador y ultracatólico, por supuesto); y que acaba siendo víctima del propio monstruo que ayudó a crear. Si bien en ningún momento duda de sus ideas y sus obligaciones, la evolución de su personaje (de devota “Señora de”, cuyo único rol es desear un hijo, a la escena final donde encara sin miramientos a su marido y culmina diciéndole que Dios no favorece a los débiles como él) da cuenta de cómo, en el universo Atwood, no todo es tan simple como parece y no todo culmina de la forma que hubiésemos esperado.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Tanto The Handmaid’s Tale como Alias Grace nos dejan, evidentemente, nuevas formas de pensar las problemáticas en torno a la mujer, nuevos lugares desde donde hacerlo y muchas y variadas perspectivas sobre cómo llegamos hasta donde estamos hoy. Sin embargo, hay algo más profundo que ambas historias nos dejan: siendo el patriarcado el enemigo, el monstruo pareciera siempre destinado a ganar. Si ambas heroínas sobreviven, como es el caso, el canon del terror nos fuerza a pensar que hay algo más: el horror es una constante en la vida, no es una mera interrupción. Como le ocurre a Grace al observar la pintura de Guido Reni, hay algo que tenemos en claro, y es que el horror de cada historia se da en tanto la mujer está siempre siendo observada, al igual que Susana en la pintura. Que haya más historias en torno a estas confusas, dramáticas e intensas constituciones de las feminidades, sin embargo, es una buena señal de que la lucha continúa: donde haya oscuridad, siempre, en algún rincón, habrá un atisbo de resistencia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: