Sonar

            por Alan Ojeda

Hay mucho sol, y eso es bueno, sobre todo cuando uno se va a pasar el día caminando de una carpa a la otra, desde temprano. El colectivo, por suerte, me deja justo en la puerta de Tecnópolis. Hasta el momento nunca pisé el lugar. Me sorprenden las dimensiones del predio y el tamaño de las construcciones. Por años me limité a ver esta pequeña ciudad a la distancia desde la ventana de algún colectivo.

Me resulta raro no escuchar ni un sonido desde afuera. El primer checkpoint se ocupa de vigilar que no entres con botellas que contengan agua —sí, el problema no es la botella, sino el agua. No entiendo cuál es la norma, pero me tomo toda el agua y me dejan pasar sin hacer ningún cacheo. Podría haber entrado a un pequeño niño vietnamita atado a mi espalda, pero no con una botella CON agua—. La gente camina en una procesión silenciosa. Hay pocas personas aún. De hecho, el lugar está bastante desolado, demasiado para un evento masivo con actividades desde las 14 h. En otros eventos, sobre todo de música electrónica, los asistentes se preparan desde temprano. El Sónar, en general, posee un Line-up bastante electrónico. En su versión original en Barcelona, desde mediados de los años 90´s, el Sónar ha convocado Djs y productores como Jeff Mills, Plastikman, LCD Soundsystem, Marcel Dettmann, Carl Craig, Nicolas Jaar, Speed J, Carl Cox y Dj Hell. Si bien el festival se propone como un espacio musical de experimentación y vanguardia, gran parte de los músicos pueden considerarse directamente músicos electrónicos. Por extensión y razonamiento lógico, podríamos deducir que electrónico=experimentación. ¿Por qué no hay más gente queriendo bailar desde temprano? Al menos yo estoy para eso.

Sigo caminando por esta pequeña ciudad tecnológica/científica algo lo-fi. Si bien Tecnópolis puede ser interesante y un espacio importante a nivel difusión y divulgación, al caminar por esas calles no puedo dejar de pensar en cierta precariedad. ¿Por qué? Bueno, intentaré explicarlo. Supongamos que cada país es alumno de una escuela y llegó el día de mostrar los proyectos de fin de cursada. Cuando nos toca presentar nuestro proyecto, mostramos una batería hecha a base de limones, que puede hacer encender una lamparita de pocos watts. Luego viene Japón y le presenta a sus compañeros un reloj de bolsillo que funciona a base de fisión nuclear y que es capaz de dar energía a un edificio entero. Entre la necesidad, el ego y la precariedad. En ese delta parece que construimos todo, pisando el barro que nos llega hasta las rodillas, pero mirando a un horizonte que no es el nuestro. ¿Ejemplo? Argentina fue la sede de una de las Creamfields más grandes del mundo, sin embargo, la seguridad siempre fue nula, hasta que en los últimos años un par de personas resultaron apuñaladas. La UMF no tardó mucho en tener su par de muertos y ediciones post-lluvia con barro hasta el pecho. Lolapalooza no quería ceder su nombre para su evento en Argentina por los bajos estándares de los eventos musicales que manejaba cada año. Por último, pero no menos importante, Time Warp terminó con 5 muertos por policonsumo, lo que derivó en una investigación que reveló una sobreventa de entradas equivalente al doble de la capacidad para la que estaban habilitados los pabellones de Costa Salguero. ¿El Sónar será la excepción? Esta es la tercera edición. En un principio el predio parece lo suficientemente grande como para poder realizar eventos sin problemas de capacidad, con una buena división del público y espacio al aire libre.

El día va a ser largo y tengo sólo 200 pesos en la billetera. Calculo como van a ser mis gastos. Es fin de mes, no tengo más efectivo ni plata disponible en ninguna cuenta bancaria. ¿Tarjeta de crédito? Ni hablar. Habrá que usarla para sobrevivir hasta cobrar. Llego a donde se encuentran los espectáculos. Hay tres espacios que se supone que tienen tres perfiles musicales diferentes. Yo entro al más cercano, que se encuentra dentro de un pabellón donde hay equipos musicales y 3D para experimentar. A la vista hay un patio y antes del patio una zona de comidas y bebidas. Los precios: agua de 500ml $80, lata de Quilmes de 500ml $120, cono de Papas $80, hamburguesa —imaginen el concepto más básico de hamburguesa, eso que pensamos cuando escuchamos la palabra “Paty”— $150. Sí, el día va a ser largo. No tengo agua, son las 15 h y faltan al menos 8 horas hasta el cierre del festival en manos de la banda islandesa Sigur Ros.

Entro a la carpa SonarClub. Es la hora de Ibiza Pareo, un dúo electrónico medio retro con un estilo post-punk/new-wave playero, aggiornado para nuestra época. Suena bien, tiene ritmo. El groove suave del House se mezcla con una voz etérea que genera una leve sensación de alucinación auditiva en un oasis. Como si la voz llegara de algún lugar o de todas partes. Aunque muchos anticuados digan que la música electrónica es fría, suelo encontrarla más sensual y sexual que otros géneros tradicionales. La forma en la que el sonido estimula el cuerpo y la mente, sin la necesidad de anclar la voz o la música de una fuente determinada, como si por fin pudiéramos perdernos sin prestar atención a “quién canta” o “quién toca”. Mientras aprovecho para bailar. Estoy solo y no hay mucha gente en el lugar. La mayoría son amigos o colegas de los músicos que tocan temprano. Los únicos que desentonan un poco son unas diez personas con una remera de Sigur Ros que están sentadas contra la reja que separa el escenario de la pista, donde colgaron una bandera de Paraguay. Parecen haber encallado ahí, por voluntad propia. El show dura media hora y rápidamente entra Carisma a escena. Es un buen set y lamento que no haya más gente para bailar. Lamento que la gente no haya decidido venir temprano para aprovechar a los otros artistas, pero esa falencia habla más de la organización que de la ausencia de asistentes. ¿Acaso el festival estuvo armado en torno a un único artista “convocante”? Carolina Stegmayer e Ismael Pinkler, los integrantes de Carisma, tocan mientras saludan a los amigos que van llegando de a poco. Trato de enfocarme en la música. Hay mucho espacio disponible. Literalmente me siento abriendo una pista en las primeras horas de la noche, pero recién son las cuatro de la tarde.

Antes de que termine el show de Carisma, salgo a dar una vuelta. La señalización es nula. Busco el nombre de las carpas en vano, ya que hay pocos carteles y mal señalizados. Algunos de los que vigilan las entradas de las carpas siquiera saben qué espacio es. No es muy difícil, no hay tanta variedad, solo son tres. En fin. Lo que si es visible es la larga línea de foodtrucks ejerciendo su derecho a poner la comida a precios absurdos. Sesenta hamburguesas de marca salen, en Mercado Libre, aproximadamente 1450 pesos; 72 panes 390 pesos. Es decir: el costo total de cada hamburguesa para la venta, sumando ingredientes varios, no puede exceder los 34 pesos. Si la hamburguesa sale 150 pesos, implica que se vende a 4 veces su precio. Aún así hay gente que compra. Cuando veo a las personas haciendo fila, entiendo que el evento hace un corte de clase. Los precios son prohibitivos. ¿Casi 300 pesos para una hamburguesa y una lata de cerveza de supermercado chino? Al parecer, por lo que indican los precios, este festival es territorio uruguayo. Precio uruguayo, pero sin sus beneficios. Encuentro, casi de casualidad, un cartel con los line-ups. Aún falta para Catnap, así que voy de nuevo al SonarClub a ver al chileno Alejandro Paz, que está por empezar.

Conozco a Alejandro Paz como Dj del sello Cómeme, pero ahora presenta su nuevo LP llamado Sin llorar, acompañado de una banda. Este nuevo trabajo está bajo el sello argentino Gaiser Discos y tiene un formato más y tradicional. Cuando empiezan a tocar automáticamente vienen a mi mente un par de asociaciones. La primera es Virus. Un sonido electrónico, un poco más rockero que Ibiza Pareo, pero mucho más lúgubre. ¿Un defecto? La performance del cantante, es decir, de Alejandro Paz. Ser un frontman implica otro tipo de compromiso con la performance. Hay Djs que suelen dejar eso de lado, cosa que no me importa, porque uno se enfoca más en la música que en la personalidad, si de verdad le interesa lo que sucede en la pista, pero un formato banda implica determinado culto a la personalidad. Hay alguien canalizando la atención del público mientras canta. ¿Otro defecto? El bajo desarrollo lírico de las letras. Mantienen el ritmo, pero eso no es suficiente. Si vas a forzar la atención de los oyentes a escuchar una letra, al menos tiene que tener algo. Las letras son tan áridas y taciturnas como la performance de Alejandro. Pero bueno, aún tiene un largo recorrido y la banda suena muy bien, lo que no es poco.

Es la hora de ir hacia el SonarComplex, un auditorio techado en forma de teatro griego en miniatura. Justo se encuentran preparando el sonido para Catnapp. Amparo Battaglia es argentina, pero canta en inglés, el esperanto de la industria cultural. Hace unos años se fue a Berlín a trabajar, a desarrollar su carrera como artista, cosa que en Argentina suele ser algo bastante difícil para cualquiera, salvo que seas artista plástico y pertenezcas a algún tipo de elite. Si cumplís con esos requisitos podés exponer un “Jenga” hecho de galletitas en un ArteBA, que vas a poder hacer plata. Antes de su exilio artístico, había entrevistado a Amparo en la casa de una amiga. En esa entrevista ya dejaba entrever la potencial carrera que había para desarrollar en el exterior. Acá parece haber solo dos estados de mercado: ausencia o saturación monopólica, que se retroalimentan para producir un under bastante endeble y cortoplacista desde hace un tiempo a esta parte. Por otra parte, Berlín es, hace más de diez años, la meca de la cultura mundial, sobre todo en música electrónica, aunque no se limita a eso. Hoy en día Berlín es lo que fue París en el siglo XIX. Es el lugar de las oportunidades, donde la producción experimental de arte puede ser suficiente para la supervivencia. Igual, no es novedad. Siempre está presente el cipayismo del público argentino que solo valora aquello que ha triunfado afuera, como si nunca hubiera existido hasta ese momento. Son las 17:45 h y Catnapp ya está en el escenario. El set up es mínimo. La magia de la era digital: todo lo que necesitas para hacer música cabe en un par de equipos. Su show es muy enérgico: ritmos, texturas, hip-hop y desplazamiento sobre el escenario. Su voz me hace acordar un poco a Yolandi, de Die Antwoord. Un registro muy agudo lanzando frases a un ritmo muy rápido, en vivo y en directo. Lamentablemente la gente no baila, la disposición del mini-teatro griego hace que el espacio delante del escenario sea muy pequeño y que resulte también un poco intimidante exponerse. Todas las luces están prendidas. Pese a eso, poco a poco la gente que entra se posiciona adelante y empieza a bailar, invitando a que la gente se vaya sumando. Catnapp hace una buena performance. Sería absurdo cuestionar su elección lingüística. Si bien implica cuestiones muy complejas que ponen en juego las relaciones de fuerza en la cultura nacional y global, y la ubicación en un espacio más hegemónico de las dinámicas de la circulación del arte, eso no le resta calidad. No son pocos los argentinos que le deben lo mejor de su carrera a otro país, que les ha dado la oportunidad que nosotros no supimos dar. Nadie siembra en el páramo.

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Al final del show encuentro de casualidad a unas amigas que vinieron a ver a Sigur Ros, pero aprovecharon para ver también otras cosas, sin mucho entusiasmo. Decidimos ir a sentarnos un rato, mientras hablamos, nos quejamos de la organización, de los precios y de la extraña oferta de artistas que puso en su line-up el festival. Observamos alrededor. Una de mis amigas señala la increíble uniformidad estética de los asistentes. Casi todos parecen vestidos por la misma marca o conjunto de marcas de ropa. Miro a mi alrededor y veo algunas personas que conozco, y con las cuales comparto poco y nada. “¿Qué hago acá?”, me pregunto. Pero la respuesta es fácil: “No pagaste la entrada”. No suelo ir a eventos masivos: el precio siempre es exorbitante, el trato y la organización pésimos. Siento que el público tiene una relación con los festivales que limita con lo sadomasoquismo. Hay un pacto implícito: dejaré que me traten mal, me quejaré, pero igual volveré a pagar un promedio de 100 dólares de entrada por festival.

Después de terminar las elucubraciones y esperar la noche, decidimos visitar nuevamente el SonarClub, donde estaba mezclando el británico Gilles Paterson, acompañado de MC Earl Zinger, que bailaba como una versión sexagenaria de Bez, de Happy Mondays, mientras improvisaba las vocales que acompañaban al set. Con un número mayor de personas en la pista, un groove mucho más fuerte y rápido, una selección de temas muy heterogénea que parecía realizar una propia historia del sonido bailable, el clima se transformó en algo mucho más festivo. Paterson estaba en su salsa. Mezclaba con actitud festiva, arengando a la gente a bailar. El clima festivo se mantuvo, quizá, hasta el momento en el que la deconstrucción musical derivó en un pseudo-carnaval retro. En ese momento decidimos irnos nuevamente al aire libre. Esta vez esperaríamos hasta minutos antes de Sigur ros, que cerraba el show con un espectáculo de casi dos horas.

La noche está animada. Se puede ver mucha gente caminando o esperando sentada en el pasto. Ya sin el sol pesado y omnipresente de toda la tarde. Es un momento especial para hidratarse con los microvasitos de agua que ofrecían en algunas partes del predio. Obviamente casi nadie vino a ver otra cosa que no sea Sigur ros. Visto así parece un show central con 23 artistas teloneros. Ninguno de los que llego a observar parece interesado en ver a alguno de los otros artistas que están casi cerrando el festival: Tangana, Melero y Pantha du Prince, que está desarrollando antes de la entrada de Sigur, mientras nosotros esperamos y esperamos.

Alrededor de las 21:50 h decidimos ir al SonarClub para conseguir un espacio. Adentro ya están preparando todo, incluso unas columnas raquíticas con forma de esqueleto de árbol que se distribuyen a lo largo del escenario. Sigur ros son solo tres músicos. ¿Podríamos decir un power-trio? La banda entra y se posiciona. El lugar ya está lleno, sin embargo, hay suficiente espacio como para conservar una mínima burbuja individual en la cual oscilar un par de centímetros para cada lado sin estar empujando. No es muy necesario el espacio en esta oportunidad. No habrá pogo, pero habrá un éxtasis quieto y generalizado.

Sin mucho preámbulo, Sigur Ros empieza a tocar. Las estructuras esqueléticas del escenario comienzan a iluminarse y a realizar una coreografía de luces lentas y suaves que se mueven como en una lluvia de estrellas o una aurora boreal. Pese a estar a una distancia considerable del escenario y encontrarme separado de él por una masa humana de cientos de personas, cada golpe de la batería arrasa a los cuerpos como una pared sonora. Cada golpe se siente en el pecho, sobre el plexo solar y en los líquidos del estómago. El contraste entre los golpes de la batería y la guitarra y voz sirenáica de Jónsi, genera un efecto dramático y épico. Alterna entre el sonido emocional de la música celta y algo que me remite a lo que, en mi imaginario, al menos, es una percusión de guerra vikinga. Los paisajes de mezclan. Mientras Jónsi despliega un paisaje sonoro extenso y llano que bien podría sugerir una pradera, los golpes de la batería realizan un corte abrupto que presenta la sensación de un preludio a la guerra, como el momento previo a que Leónidas se enfrentara a los persas en la batalla de Termópilas. La tensión es continua. En cada tema se renueva la expectativa de una revelación, como la espera de un orgasmo. La gente se mantiene en un poco habitual quietismo. Mientras hay música se mantiene casi en silencio y pendulan de derecha a izquierda. Son anémonas de mar arrastradas por la corriente. Todos están sumidos en un éxtasis contemplativo. Sólo alguna voz aislada aparece de vez en cuando, de entre el público, con un “Gracias, Jónsi”, o algo por el estilo.

El tiempo se condensa y se estira. Ya no sé cuánto pasó desde que comenzó el show. Miro mi celular y el show está a punto de terminar. Me acerco a la puerta para estar cerca de la salida y salir lo más rápido posible. No se muy bien qué pasó en el escenario, pero sé que fue bueno. Ahora me queda un viaje de más de dos horas, tres colectivos, y un paisaje extraño en la memoria.

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