Hallar el pasado en fragmentos del presente

por Adrián Giorgio

La habitación está a oscuras, salvo por las pequeñas luces que se sacuden al compás de la música. Su movimiento frenético, impredecible, solo permite vislumbrar la silueta vaga de sus portadores. Pronto su vaivén cesa. Quienes bailaban en la violencia del anonimato comprenden que no están solos. Del otro lado de la puerta ventana, el público los observa. La penumbra se suaviza poco a poco, se hace menos envolvente, y se descubren diez rostros contra el vidrio.

La puerta ventana se abre. La voz resurge.

Ninguno sabe por qué está ahí, ni qué debería decir o hacer. Pero una necesidad, que se hace urgencia, los reúne. Tienen una historia que los atraviesa, que se anida en su garganta y les quiebra la voz. Sospechan que de alguna manera compartirla con los demás les ayudará a exorcizar sus demonios. La palabra se presenta como catarsis y bálsamo. El escenario para su modesto experimento: una mesa, algunas sillas, instrumentos musicales, amplificadores, cables y una valija.

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Hablan por turnos. Cada vez que lo hacen se enfocan con la pantalla de sus celulares, aunque también sus compañeros colaboran con sus propios dispositivos móviles, como si la luz acompañará a la revelación y la historia personal fuera al mismo tiempo la de todos. El espacio va de lo oscuro a lo claro y sus personajes de lo individual a lo colectivo.

Está quien lee la carta de su antepasado francés en la guerra, la que da cuenta del hallazgo de una lagartija, quien llora al releer el libro donde habita su abuelo, el que narra sus habilidades para hacer la vuelta de carnero, entre otras historias.

En sus relatos regresan a sus primeros miedos; a los acontecimientos que, de un modo u otro, los han marcado; a aquellos momentos que han sido bisagras en su vida o en la de sus parientes, porque en muchas ocasiones los recuerdos son heredados. La disparidad de sus temas se unen bajo un mismo anhelo: hallar en el pasado fragmentos del presente. Eso que no se ve y que, sin embargo, los determina.

En este sentido, La bestia invisible interpela al espectador y propone una búsqueda de la identidad a través de la práctica de la memoria, un volver sobre los pasos para comprender quiénes somos. En estos tiempos vertiginosos, donde la fugacidad parece ser la premisa de la supervivencia, la obra invita a la introspección y la reflexión.

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