IT: Los espantos de lo queer

por Iván Paz

“De inmediato Beverly alcanzó el segundo orgasmo, algo que nunca hubiera creído posible, y la ventana de la memoria se abrió otra vez. Vio pájaros, miles de pájaros que descendían en todos los tejados, en todos los tendidos telefónicos, en todos los buzones de Derry, pájaros de primavera contra un cielo blanco, y había dolor mezclado con el placer.”

26957El devenir primaveral le trajo a la Argentina, con algo de retraso, el estreno tan esperado de It (Eso), dirigida nada más y nada menos que por nuestro compatriota, Andrés Muschietti. En poco tiempo, el filme se convirtió en un blockbuster de la industria cultural cinematográfica, logrando posicionarse, a nivel global, como la película del género de terror más exitosa de la historia (superando en cifras monetarias a El exorcista, de 1973); y logró en nuestro país, en su primer día de estreno, llevarse el 78% de entradas vendidas. Tamaño éxito tiene una muy simple explicación: Stephen King. Como sabemos, el filme es una reversión de aquella miniserie de horror de 1990, que dejó en la memoria de fóbicos y fanáticos al Pennywise de Tim Curry, y ambas son, a su vez, una adaptación del best-seller del aclamado escritor estadounidense. Si bien, a lo largo de su carrera, las diversas adaptaciones cinematográficas tuvieron recepciones diversas (este mismo año, por ejemplo, con el fracaso de The Dark Tower y el éxito de la adaptación que Netflix hizo de Gerald’s Game), It ha logrado, en sus dos versiones, convertirse en un rotundo para todos los fans y los no tan fans del maniático universo de King. La versión de 1990, con una narrativa exquisita y muy atrapante (a pesar del corto presupuesto y de los efectos especiales que se quedan algo cortos), logra adaptar con mucho éxito una novela imposible y muy compleja de más de mil páginas. La versión 2017, a mi juicio, da un paso más en la indagación de aquella compleja estructura narrativa para resumir, en algo más de dos horas, aquello que en 1990 tomó dos partes de hora y media. La esencia de la historia es la misma: monstruo-demonio-alienígena, que llegó al mundo en forma de meteorito en la pre-historia y que, al despertar, se comenzó a alimentarse de sus víctimas en un ciclo que transcurre y se repite cada 27 años. Adoptando una forma que se adapta como la entidad que manifiesta los peores terrores del individuo que lo ve, el trasfondo de la historia presenta una faceta que podríamos denominar ritual, la cual encarna las formas en las que esta entidad (al parecer ciertamente omnipotente) se manifiesta y se reproduce, y a su vez la forma en la que los miembros del Looser’s Club encuentran para combatirle. La figura de Pennywise puede considerarse mítica en términos del filósofo Mircea Eliade, en tanto es una figura verdadera (existe realmente) y sagrada (es obra de lo que denomina seres sobrenaturales, o bien es uno en sí mismo); y, sobre todo, en tanto vive ritualmente. Como afirma el antropólogo Bronislaw Malinowski, “no existe magia importante, ni ceremonia ni ritual sin creencia”, y justamente es en el reino de lo ritual, del valor simbólico y de las tradiciones que se da la lucha entre los Perdedores y el monstruo-antagonista. La crítica más oportuna que puede hacerse a la adaptación 2017 es la de, justamente, romper con muchos de los preceptos de dicho carácter ritual que en la adaptación 1990 sí estaban muy presentes: en los túneles, el hecho de enfrentar a Pennywise con los aros de plata, por ejemplo, o el desarrollo narrativo que tienen los miedos de cada uno de los personajes. Incluso, el grupo descubre que una forma de defensa contra el monstruo es armar una especie de abrazo grupal en el que todos se aúnan en forma de círculo, dificultando las posibilidades de que Pennywise interactúe maliciosamente con cada uno de ellos. En la adaptación 2017, el combate contra los temores (y en última instancia contra el monstruo) decanta simplemente en tomar un objeto contundente y, literalmente, partirle la cabeza. Si bien hay una instancia en la que el grupo (sobre todo Richie) decide que su deber es permanecer junto a Bill, y recién entonces es cuando pueden ejercer violencia física contra Pennywise, lo ritual se ve opacado por una cierta facilidad que hay al poder acceder físicamente al monstruo, y liberar a la lucha del carácter metafísico que ciertamente le daba lo ritual.

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Eddy a solas con Pennywise

Ahora bien, más precisamente, en el plano mismo de lo ritual en el que la perspectiva de género puede encontrar importantes falencias en ambas adaptaciones, que se dan en una de las costumbres clásicas del mundo cinematográfica, la del ocultamiento. Judith Butler, una de las referentes de la teoría queer, afirma al desarrollar su teoría de los actos performativos que, respecto a la identidad de género, esta misma es en sí un resultado performativo que se da compelido por la sanción social y el tabú. Precisamente, si hay algo tabú en la pantalla (avalado por consenso social) es cualquier tema legado a la sexualidad, y especialmente lo que podríamos denominar la “sexualización de la infancia”. Si hay algo que el discurso conservador (socio-político o clerical, por ejemplo) condena es ligar cualquier tipo de discurso sobre la sexualidad a la infancia-juventud, con pretensiones de castidad hasta el matrimonio, heterosexualidad, monogamia, y todas aquellas costumbres que constituyen una vida sana y moralmente correcta. Justamente, aquello que atañe a la “ideología de género” es un discurso que promueve una sexualización temprana apelando a un supuesto carácter prístino de la infancia. Aquellos que hayan leído la novela de Stephen King saben que la sexualidad es un tema recurrente. Para aquellos que no, en ambas adaptaciones, pero sobre todo la de 1990, se observa una leve tendencia a molestar con insinuaciones a aquella matriz heterosexual normativa, que podemos denominar el “discurso del sentido común” y que se encarna, sobre todo, en el personaje de Beverly. En la adaptación de 1990, podemos observar actitudes de Beverly que dicho discurso podría considerar promiscuas o poco ubicados para una niña-adolescente, que se reflejan en una afectuosidad exaltada de ella para con los miembros del grupo, y que decanta en demasiados besos, demasiado contacto físico y muy poco pudor. En la nueva adaptación, si bien esta supuesta desenfrenada sexualidad de Beverly está un poco más controlada, adopta desde el comienzo una actitud desafiante y provocadora para con su entorno social (probablemente como respuesta al abuso que sufre en su propio hogar) que le permite asumir por momentos ese rol matriarcal en el grupo y que, hacia el final del filme, decanta en un desenvolvimiento del interés amoroso por Bill. Sin embargo, si bien la adaptación 2017 logró ser R-rated a nivel mundial (calificación Restringida en Argentina, es decir +18), comenzando de plano con la brutal imagen del brazo de Georgie siendo devorado completamente por el monstruo; y si bien la adaptación 1990 se atrevió a ir unos pasos más allá en esta sexualizada desfachatez de Beverly, hay una escena en particular del libro que pareció ser demasiado controversial para ambas adaptaciones. Como bien sabemos, Stephen King no rehúye a la controversia y ha indagado en las más descolocantes facetas de la sexualidad con detalle gráfico en varias de sus novelas, llegando incluso al extremo del abuso sexual infantil y la necrofilia. Nunca menos, en la novela It se da una situación un tanto excepcional: tras derrotar al monstruo, el Looser’s Club se encuentra completamente perdido en los túneles, perdiendo paulatinamente aquella magia del grupo que les permitió salvarse de las más extremas situaciones (incluso, sí, derrotar a una bestia transdimensional). El único camino que el grupo encuentra para poder volver a unirse (espiritualmente, podíamos decir) lo suficiente como para escapar es a través de una idea que se le ocurre precisamente a Beverly, la cual consiste en generar una unión indisoluble entre ellos a través de una orgía en la que todos los miembros del club deben perder, entre ellos (y a través de Bev como instrumento), su virginidad. En la novela, King se dedica a describir por una extensa cantidad de páginas la incómoda situación de un grupo de niños perdiendo su virginidad y todos, a su vez, con la misma mujer.

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Beverly, un paso adelante.

“Mike se acerca a ella; después, Richie, y el acto se repite. Ahora Beverly siente cierto placer, un difuso calor en su sexo infantil, aún no maduro. Cierra los ojos cuando le toca el turno a Stan y piensa en los pájaros, la primavera y los pájaros.”

La escena es gráfica, pero no deja de ser un aspecto más de aquel plano de lo ritual que hace, en esencia, a la historia, a la resistencia y la supervivencia del Looser’s Club. Para una adaptación cinematográfica importante, de la industria cultural y que ya se sabía exitosa, evidentemente existen ciertas limitaciones. No sólo lo moral que responde a aquel “discurso del sentido común”, sino lo legal: poner a un grupo de adolescentes que interpretan a adolescentes a llevar a cabo una escena orgiástica está descartado de plano. Sin embargo, la insinuación a una cierta “precocidad” sexual de Beverly no pareciera suficiente para reponer este aspecto sexuado se lo ritual que, para Stephen King, evidentemente era necesario e importante. La legalidad es, desde ya, un impedimento, pero la complicidad con aquella supuesta pervertida sexualización de la infancia pareciera apoderarse de la censura contra una escena que, en el libro, es primordial. La ruptura de la adaptación 2017 con aquél (indispensable) carácter de lo ritual encuentra su punto álgido en un vínculo entre nuestros héroes que, en ambos filmes, es ignorado. El espanto de lo queer, la constitución de las identidades da por seguro que, para todos nosotros, el descubrimiento de la propia sexualidad es algo que ocurre exclusivamente in foro interno y que las historias que bordean esos límites están directamente por fuera de lo avalado. ¿Es esto censurar aquello que, por otro lado, es tan “natural”? ¿Cuál es la forma de dar cuenta de estos hechos que hacen a la narrativa original sin romper con el pacto de lo legal-moral que debe subyacer a todo producto exitoso de la industria?

Hay una escena más de los libros ignorada en ambas adaptaciones que comprende un aspecto más de los espantos de lo queer. En la novela también están presentes dos de nuestros antagonistas: Henry Bowers y Patrick Hockstetter. El personaje de Henry, si bien es el líder del grupo de los bullys tiene un origen de víctima circunstancial, producto en parte de un paternalismo abusivo; Patrick, por otro lado, pareciera tener una maldad algo más internalizada, natural, que le resulta descolocante incluso a sus propios compañeros de aventura. La escena a la que hacemos referencia, en la novela, se da a través de un encuentro entre ambos en el que Patrick avanza sexualmente hacia Henry, respondiendo a sus incongruentes despertares de deseo, y son espiados por Beverly mientras intercambian un inocente handjob, el cual es indisimuladamente disfrutado por Henry que decanta en Patrick intentado convertir este intercambio en sexo oral. La propuesta es rechazada de plano por Henry, quien quita a Patrick del camino e incluso lo insulta con lenguaje homofóbico incluido. Este encuentro, evidentemente, va en dirección de indagar en la represión sexual y la confusión que podría tener todo bully en su propia malicia, incluso formando parte del auto-descubrimiento sexual de todo adolescente. Así y todo, en ambas adaptaciones no hay siquiera insinuación de algo semejante. El personaje de Henry está construido de tal forma que cualquier experiencia homosexual ni siquiera sea visible en su horizonte narrativo. En ambas, además, el personaje de Patrick es eliminado directamente de la historia mucho antes de que en el libro, e incluso su propio desarrollo emocional ni siquiera está explicitado: es simplemente un malo más, un apoyo al antagonismo rimbombante de Henry. ¿Será que la homosexualidad es tan grave como la sexualización de los jóvenes? ¿O son, también, demasiado jóvenes para hablar de gays?

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Henry Bowers seducido por el globo.

Por último, no menos importante, el mencionado rol matriarcal que Beverly pareciera asumir por momentos (tomando la iniciativa, decidiendo pasar al frente e incluso desarticulado brillantemente con deducciones los misterios de la propia historia) se ve completamente opacado en la adaptación 2017. En primera instancia, como sabemos, el rol de ideóloga y de objeto de una orgía que les salva la vida está descartado de plano. Sin embargo, las referencias a la sexualidad de Beverly vienen justamente siempre del lado de la reputación: el rumor de que sería “bastante zorra” está presente, constantemente. Si bien esta acusación está claramente infundada, ella consigue, revalidándose, hacer uso de ella para, por ejemplo, seducir al farmacéutico y que el grupo pueda llevarse la medicación que necesitaba. Sin embargo, este supuesto empoderamiento tomando control de su sexualidad, incluso al enfrentarse a sus peores temores y al salir victoriosa al enfrentarse a su abusivo padre, es algo controversial. La peor faceta del fracaso de Beverly se da, de todas maneras, con el desvío que el final de la historia implica en su personaje. En la adaptación 1990 son ella y su perfecta puntería las que permite asestarle el golpe final al monstruo en su versión arácnida. En la nueva versión, si bien da muestra suficiente de ser quizás la miembro más fuerte del grupo, no puede evitar caer en el mero rol de la damisela en peligro, el eslabón débil del grupo, la dama a la que hay que acudir en rescate. La versión 2017 tenía la oportunidad y el respaldo narrativo para poner, acorde a los tiempos de lucha que vivimos, en primer plano a un personaje femenino fuerte, de armar a su propia Eleven, y sin embargo el filme hace muy poca justicia a esta oportunidad. Además, como mencionamos, la imagen de la salvación en los túneles es aquel beso de amor verdadero de cuento de hadas entre Bev y Bill: matriz heterosexual normativa a todo trapo. ¿Era necesario que, una vez liberada de las garras abusivas de su padre, termine decantando en ser objeto de otro acto sexual no consentido, como es el beso que le da Bill? ¿No hay algo descolocante, un poco Disney, en Beverly siendo rescatada y salvada por medio un beso que nunca pidió? Afortunadamente, al final de la historia el beso real entre ella y Bill, consentido y genuino, sí es producto del deseo y la pasión entre ambos. Que un personaje aguerrido y desfachatado como el de ella se quede con el amor juvenil monógamo si es, quizás, demasiado poco pedir, considerando los vaivenes de la historia original. Sin embargo, sabemos que, en lo que respecta a las exitosas producciones cinematográficas, los espantos de lo queer siempre están a la orden del día, aquellos espantos que son demasiado para nosotros pero no para Stephen King, los espantos que no nos dan miedo sino que, peligrosamente, hacen temblar nuestras (demasiado heteronormadas) estructuras.

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