Aleksandra Waliszewska: La danza de los condenados

por Cezary Novek

Su trabajo es más conocido que su nombre. Un ejemplo es la preadolescente con piernas de cabra que decora la tapa de Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez (Anagrama, 2016). A simple vista, se puede decir que es a la imagen lo que Chuck Palahniuk a la palabra. Después, que tiene puntos en común con la imaginería de Mark Ryden. Una mirada atenta, devela que lo que en Ryden es cosmética en Waliszewska es brutalidad.

waliszewska_aleksandra_portret_6363474.jpgNacida el 30 de enero de 1976 en Varsovia, Waliszewska es nieta de la escultora polaca Anna Dębska (1929-2014). Estudió en la Academia de Bellas Artes de Varsovia (ASP), en donde se graduó con honores en 2001. En 2003 recibió una beca del Ministerio de Cultura y Arte, además de ganar el premio AECA al mejor artista extranjero en la Feria de Arte ARCO (Madrid). Su trabajo se ha publicado en medios y revistas como: mi danza El cráneo“, “FUKT”, “United Artists Muerto”, “Les Editions du 57”, “Drippy hueso Libros” o “ediciones Kaugummi”. En 2008 abandonó la pintura al óleo para concentrar sus energías en las ilustraciones ejecutadas al guache en formato A4, al ritmo de entre una y dos imágenes por día (basta visitar su Tumblr: http://waliszewska.tumblr.com/, o sus cuentas de FB e Instagram para verificar la frecuencia con la que actualiza). Las termina de una sola sentada, evitando cortar el impulso creativo. En 2010, su obra ya contaba con unas 2000 piezas. Existe una película basada en su propuesta visual, The Capsule (2012), dirigida por la cineasta griega Athina Rachel Tsangari, en la que la propia Waliszewska participó como guionista.

El libro que Aleksandra Waliszewska publicó en 2012 se llama The horse with no name is a horse with no shame: una exquisita colección de atrocidades en la que no faltan animalitos muertos, niñas mutiladas, alucinaciones y belleza.

Igual que su trabajo, Waliszewska es hermosa de una manera extraña, atemporal. Tiene un aire a la actriz Valene Kane, aunque en versión adolescente. Dice tener fascinación por el sexo y la violencia, las patologías del cuerpo y de la mente, los crímenes y las crisis emocionales. Su trabajo se recrea figuras humanas y animales en situaciones extremas. Se puede rastrear la influencia de las estampas japonesas clásicas, debido al tipo de contraste simple que resalta la composición de escenas eróticas bizarras; así como también es evidente la inspiración en las representaciones de los condenados de las pinturas medievales y las danzas macabras. La misma Waliszewska ha reconocido la conexión de sus imágenes con el gótico tardío y los pintores del siglo XV, “sólo que despojadas del aspecto religioso”. Entre sus artistas favoritos se encuentran el holandés Hans Memling (1430-1494) y el francés Enguerrand Quarton (1415-1466). Otra de sus obsesiones son los estados emocionales, aunque no gusta de comentar su trabajo ni explicar sus ideas. Entre las pocas declaraciones que ha hecho al respecto en diferentes entrevistas, asegura que “Las narrativas salen solas. No hay símbolos escondidos en mis pinturas. Hay una excesiva sobreintelectualización del arte en nuestros días. El arte moderno está demasiado pensado, tiene muy poca emoción, resultando de ello obras de un aburrimiento calculado y frío”.

Hay un tono juguetón y un tanto naive en sus trabajos. Sus personajes suelen ser niñas que participan de rituales desconocidos en medio del bosque con la misma expresión que venderían galletas puerta por puerta. Gatos y perros demoníacos que hieren y son heridos con la misma alegría morbosa. Mucho bullying sangriento entre chicas. Salchichas que cobran las formas más inusuales para ejercer una crueldad digna de un cenobita.

            “Adoro el arte del Renacimiento, pero algunos elementos de lo que está pasando en este momento son también una importante influencia. Por ejemplo, no hace mucho tiempo que he pintado una serie de piezas sobre la matanza en la isla noruega de Utoya. Es un poco la necesidad romántica de anclar en un ‘gran tema’ de actualidad, supongo. Todo tipo de influencias, tanto por la pintura del fin del mundo de Memling y extrañas películas de terror japonesas, se mezclan en este punto”, confesó en una entrevista reciente.

Entre colores apagados, adolescentes seducidas por animales monstruosos y hombres misteriosos, la obra de Waliszewska retrata una naturaleza en tensión, a punto siempre de rebelarse contra sí misma. Este tipo de elementos y sus retorcidos autorretratos mutilados de formas diversas son su rúbrica de artista. Muchas veces, al contemplar sus pinturas, es difícil saber quién es la presa y quién el victimario. Las víctimas, en medio de los hechos atroces que representan, tienen expresiones igual de malignas y obscenas que sus depredadores. Hasta los animales tienen rostros astutos, depravados. No está claro qué tipo de motivaciones anima a los personajes de Waliszewska pero es evidente que todo lo que deja a su paso es un rastro de carnicería, tanto física como psicológica.

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