El más reciente terror argento

por Patricio Chaija

El terror argentino es un ámbito en constante crecimiento. Si bien el gusto por lo macabro y lo sangriento remite al comienzo de nuestra literatura como nación (ya se ha dicho que “El matadero” está considerado como el primer relato de terror en la Argentina), desde hace pocos años hemos visto una proliferación de autores, cada uno con su propia poética, haciendo un aporte interesante al género. Para entender esta eclosión actual hay que considerar a la influencia de autores anglosajones como fundamental. Alberto Ramponelli publicó dos novelas increíbles, El último fuego (2001) y Viene con la noche (2007), antes de que el terror fuera más aceptado.

02 El último fuegoEl propio Ramponelli confesó dejar de lado la obra de King hasta que, ya no pudiendo obviarla más, leyó It y consideró que sus propias letras deberían seguir un camino acorde. Mariana Enríquez publicó en 2009 Los peligros de fumar en la cama por el sello Emecé, lo que le dio visibilidad a un género muy dejado de lado por las editoriales y el público. Luego confirmaría su lugar en el canon actual con la publicación de Las cosas que perdimos en el fuego. En 2012 la irrupción de Celso Lunghi, ganador de un concurso patrocinado por Página12 y el Banco de la Provincia de Buenos Aires, sirvió para jerarquizar el terror nacional. Me verás volver llegó a varios rincones del país respaldado por el premio. En 2010 nació la editorial Muerde Muertos, fundada por los hermanos José María y Carlos Marcos. Con la publicación de Los fantasmas siempre tienen hambre, del propio José María Marcos, se abre una vertiente en el mercado editorial que hasta el momento no existía.

terror-seis-buitres-celso-lunghi-D_NQ_NP_346615-MLA25273944247_012017-OLuego vinieron títulos que engrosaron el corpus oscuro: Mondo Cane y Los ojos de la divinidad, de Pablo Martínez Burkett, El fantasma del rosario, de Marisa Vicentini, y Hay que matarlos a todos, de Pablo Tolosa. El catálogo de esta editorial podría pensarse como la columna vertebral de un monstruo que sigue extendiendo sus tentáculos. Vale ejemplificar la “summa” Osario común, editada en 2013, que reúne varias voces nuevas en el ambiente de la feliz atrocidad verbal y las posesiones demoníacas cimarronas. Quizás la más destacada sea la pluma de Ignacio Román González, quien un año antes había ganado un importante premio de cuentos de Editorial Planeta con “Alte killer!”. El jurado, compuesto por Samanta Schewblin, Mariana Enríquez y Fabián Casas, y la casa editorial que publicó ¡Alte killer! y otros relatos dieron amplia difusión a los textos finalistas de dicho concurso. Y no podemos dejar de mencionar al pergaminense Rubén Risso, quien aportó un grado de oscuridad más al publicar su novela El jardín de los lobos, un barroco testimonio de terror psicológico y fantasía oscura. Su libro de relatos Once cáscaras, publicado el año pasado, es una delicia de asesinatos y tragedias sobrenaturales.

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Pero es en 2015 en donde el terror explotó más aun su calidad. Y se dio de la mano de la publicación de dos obras, y la salida de una colección de cuentos de terror. La Colección PDP –ex Colección PelosDePunta–, que convocó a más de cien autores argentinos que, en trece antologías, conformaron un muestrario de la materia oscura con que se trabajaba por estos años. Las dos obras que le dieron una madurez, por su calidad, al género de terror argentino, son Los hombres malos usan sombrero, de Lucas Berruezo, publicada por Muerde Muertos, y La caída de Las Lechiguanas, de Narciso Rossi. En la novela de Berruezo el miedo nos cala hondo por la estructura de la narración, transportándonos en el devenir de un protagonista que no tiene escapatoria. Esa misma sensación se transmite al lector, y es el mayor acierto del escritor. La caída de Las Lechiguanas es una novela extensa, alambicada, con muchos personajes e infinidad de historias que se cruzan y van y vienen. Es la mejor novela de terror escrita en el país.

Otro autor destacado dentro del género es Juan José Burzi, un estilista que busca lo chirriante en sus escenas fantasmagóricas. Tal vez él desdeñe participar en este catálogo, pero sus personajes deformes, sus situaciones límite y repulsivas merecen ser mencionadas acá. Su imaginación es una exhibición de atrocidades que todo lector valiente debería enfrentar.

Entre los últimos textos terroríficos publicados en el país podemos contar La casa de los eucaliptus, de Luciano Lamberti, Skrik, de Alan Souto, y La muerte está ahí, de Esteban Dilo, jóvenes autores que refrescan con su imaginación y su prosa el panorama de la actual narrativa oscura argentina, un espacio en expansión que goza de muy buena salud.

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