Sandra Buenaventura y el viaje a través de la literatura

Por Pablo Stanisci
Foto: Página 12

Entre la tupida selva de editoriales independientes llama la atención del buen observador una portada multi cromática. Al acercarse, descubre sorprendido que no se trata de solo un libro sino de un frondoso jardín literario poblado por los títulos de Editorial Metalúcida. Una joven casa de letras que se encuentra dirigida por la poeta y Doctora en Letras de La Sorbonne, Sandra Buenaventura.

El inicio de una charla con Sandra puede asociarse a la más pura incertidumbre y cada respuesta convertirse en un micro relato, ya que no solo responde a una pregunta sino que genera un universo gramatical profundo y propio. Queda en el lector comprobarlo mediante esta entrevista que, con la inmensa generosidad que la caracteriza, tuvo la amabilidad de aceptarnos entre los cierres de edición.

¿En qué momento sentís que nació tu pasión por la literatura?

Creo que la primera vez que sentí que leer era un “vivir en” fue cuando en la escuela primaria dije que me llamaba Becky Thatcher. Fue algo inconsciente, yo no sabía que eso era la literatura, pero yo ya estaba ahí, en ella, disfrutando y siendo y, sobre todo, enamoradísima de Tom Sawyer. Hasta en la universidad firmé un final como BeckyThatcher, y varios mails. Ese fue mi momento literario fundacional, creo. Luego tuve otro, pero más brutal, y fue con Santuario, de Faulkner, que leí muy temprano, y no sé si entendí todo en ese momento, pero sí me marcó un camino, el saber que la literatura tiene que moverte el piso, tiene que molestarte, carcomerte y sacar lo más negro de vos, hacer que vos misma te recorras, te persigas y que nunca te alcances. Otro momento en que toqué la cima de los comienzos fue con la novela de Sylvia Plath, nunca podría olvidar el final de La campana de cristal, ni a Esther. Ni a Lol V. Stein que me dejó sin respiración. Ni a mi adorada Carson McCullers, toda ella, toda su letra. Los momentos fundacionales son una constelación y todos brillan a la vez.

Tu tesis doctoral que desarrollaste en la Universidad de La Sorbonne está dedicada la obra de Alejandra Pizarnik ¿qué encontraste en sus textos que te llevó a trabajar sobre ella?

Me acuerdo una vez que escuché a mi padrino decir ese nombre, Alejandra Pizarnik. Yo no sabía quién era, ni me preocupé en saberlo. Pero me quedó resonando, como un efecto de cascada. Después tuve ese paso caso obligado por ella, en la adolescencia, me sentí abducida, estaba en terreno canalla, roto. La dejé. Mucho tiempo. Leí compulsivamente a AnneSexton, Sharon Olds, Paul Celan, Sylvia Plath. Pizarnik parecía perdida para siempre, creo que en el fondo la detestaba. Incluso perdí unos libros de ella que había conseguido en librerías viejas de Barcelona, no los encontré más, no sé qué les pasó. Cuando llegó la hora del proyecto de tesis mi primera elección fue Blanca Varela. Pero ya había hecho un máster sobre Pizarnik, y había que ir hasta el fondo. Otra vez me molestaba, me pinchaba, era mi mosca verde particular. En una noche me leí de nuevo su poesía completa y una parte de sus diarios. Es más, el eje principal de investigación lo elegí en esa noche, porque no podía ser al día siguiente. Fue un flash de noche. En total pasé cinco años analizando la obra de Pizarnik. Analizar es destruir. La investigación es construcción. Defendí la tesis y cerré Pizarnik. Hace muy poco volví a leerla, después de casi seis años. Fue una lectura breve, transparente. Increíble que Pizarnik me haya sido, por unos momentos, transparente. Pero lo fue.

Este año publicaste tu primer libro de poemas A dónde vas con tu brilloso auto en la noche por la editorial Alto Pogo ¿por qué escogiste la poesía para expresarte en tus ideas?

No puedo decir que empecé a escribir poesía de chiquita. Nada que ver. Sí escribía un diario, a ratos, por épocas. En cualquier parte, no sé por qué le llamo diario porque escribía las entradas en cualquier lugar, desparramadas, y no se podía leer como tal, un fragmento detrás del otro, y la mayoría de las veces no las encontraba después. Así que era un diario poco territorial, muy volador, viajero. Y ahora que escribo esto me doy cuenta de que eran más poemas que experiencias rotuladas con fecha y hora. Yo quería ser prosaica pero parece que salía otra cosa. La poesía, creo, tiene que ver con la sensualidad de la palabra, con la concentración máxima de significado en una palabra, en una línea de verso, que yo la vivo como una explosión erótica. Si la palabra no me abre a lo sensual, no hay escritura poética para mí. Agarrar la palabra y soltarla y que sea sucia, eso es sensual para mí, y un poema es ideal para eso, agarrar y soltar, enchastrar la palabra y que otro pueda limpiarla, o embarrarla y que nunca salga de ahí, del barro, o que pueda besarla y pasarle la lengua y hacerse nacer con ella en la noche. Tal vez por eso escriba poesía, para captar y captarme en las grietas sensuales, si existen. Y esas grietas tienen mucho que ver con la música que me gusta, con el cine. Mucho con el cine. Soy obsesiva con algunas películas, y pienso en ellas, en sus colores, en sus historias, cuando quiero agarrar alguna palabra y la quiero destruir. Termino tirándola por los pastos amarillos que siempre me gritan y por alguna tierra desértica con sus cactus que la pinchan y  que me la devuelven, o la voy a buscar.

Si la palabra no me abre a lo sensual, no hay escritura poética para mí. Agarrar la palabra y soltarla y que sea sucia, eso es sensual para mí, y un poema es ideal para eso, agarrar y soltar, enchastrar la palabra y que otro pueda limpiarla, o embarrarla y que nunca salga de ahí, del barro, o que pueda besarla y pasarle la lengua y hacerse nacer con ella en la noche.

Desde el año 2014 Editorial Metalúcida crece en su oferta literaria año a año, ¿cómo surgió el proyecto de iniciar la editorial?

A las editoriales argentinas las seguía desde París, donde vivía. Una vez, en el 2007, si bien recuerdo, mi adorada amiga Pilar venía de visita a Buenos Aires. Yo había visto en la web un libro con una portada que me fascinó. Una chica con guardapolvo parada sobre un televisor, cielo celeste de fondo y muchas manzanas rojas suspendidas. Pilar me lo trajo. Lo puse sobre la mesa, de frente, como una estampa. Jamás leí la novela. Quedó como un fetiche. Cuando me fui de París, una de las pocas cosas que recuperé fue este libro. Hoy lo tengo en mi biblioteca. Yo regresé en el 2012, después de haberme ido de pequeña. A los pocos días de llegar la idea de editorial surge de una conversación en tres tiempos: “¿Cuál es tu sueño? Montar una editorial. La hacemos.” A los cinco minutos ya estaba el nombre. Yo tenía un blog, La vida metalúcida de B. (ya no existe) y la editorial solo podía llamarse Metalúcida. Fui a buscar el libro de las manzanas y el cielo celeste, tenía que saber quiénes habían diseñado la tapa. El estudio Trineo creó el diseño gráfico de Metalúcida. No podía ser de otra manera.

El catálogo de Metalúcida posee una esencia especial, que se percibe desde el diseño de la portada hasta el contenido ¿qué factores guían tu selección al momento de escoger un autor?

Mis lecturas más exaltadas ocurren de noche, son rápidas, me dan vértigo, quiero terminarlas ya, quiero que no se vayan nunca, que queden, que me hagan soñar, que renueven ese sueño del origen que jamás existió, que me rompan y me cosan despacito, que sea tan difícil despegarse y volver a ser una, que me hagan caminar por el lado oscuro de mi pasillo interior, que el lenguaje sea roto y eléctrico, que la norma sea un olvido y que ese olvido sea brote de otros lenguajes, porque hoy soy un lenguaje y mañana otro, que la noche sea un brillo para tirar para arriba, que un momento de intuición sea el brillo acumulado de lecturas y que una pueda identificarlo, que nunca esté segura, porque quiero las tablas tambaleantes del decir, y sobre todo las del no decir, que sea la experiencia de un atravesarte el cuerpo, y que yo quiera vivir siempre en esa noche, en esa palabra, en esas líneas y en esa historia, y en ese narrador y en esa narradora, y en ese libro de esa autora, y en ese libro de ese autor. Y que yo quiera vivir en esos finales que me hacen besar el cielo, o la tierra, o mi tajo en el dedo

Entre los títulos se hallan autores internacionales poco conocidos en nuestro país ¿qué te impulsa como editora para dar a conocerlos?

La literatura es un viaje. Al menos a mí me hace viajar. Y para mí, en un momento, fue un viaje real. Yo quería ser la versión chica de Mowgli, o princesa india arriba de un elefante y vivir mi propio Libro de la Selva. Fui a India, a realizar mi deseo literario. Fue un poco más oscuro que en mi imaginación: me enfermé, mis orificios nasales llenos siempre de hollín, me perdí, subí a un elefante, sí, pero un chico le pegaba en la cabeza al animal y no me gustó nada. Y me congelé día y noche en un refugio cerca del Himalaya, entre otras cosas. Mi experiencia princesa Mowgli se redujo a la compra en una librería muy vieja de Connaught Place, en Delhi de TheJungle Book, tapas desvencijadas, edición de los ‘70, hojas sueltas. Hoy está en mi estante agarrado con banditas elásticas. Siempre me gustó pensar el texto literario como trastorno, de una alteración del estado, tanto del lado del que produce como del lado de la recepción. Desde mi lugar de arrojadora de voces a las zonas de activación literaria tomo en cuenta lo que me modifica, lo que me saca de la normalidad y me lleva a los espacios de lo patológico (como opuesto al grado cero). Y el viaje es una patología, como, por ejemplo, también puede serlo un autor o autora de otro país que te mete en otros lenguajes, en otros ser-en-el-mundo. Y si, además, hay traducción de por medio, los ser-en-el-mundo se rioplatenizan, vienen acá, al castellano rioplatense. NicolasBouvier, en su impresionante libro Los caminos del mundo, dice algo como “creemos que vamos a hacer un viaje, pero enseguida es el viaje el que te hace, el que te deshace”.

La literatura es un viaje. Al menos a mí me hace viajar. Y para mí, en un momento, fue un viaje real.

Tanto como escritora y editora ¿qué proyectos tenés para el futuro próximo que nos puedas rebelar?

Nuestras dos próximas publicaciones son las novelas de dos autores nigerianos. La primera, Highlife, sale en septiembre, del premiado autor en Francia, LeyeAdenle. Y para principios del año que viene, la divina novela de Sarah LadipoManyika, finalista del GoldsmithsPrize y para la que aún no tenemos título en castellano. Luego estoy leyendo autores y autoras argentinas, y estadounidenses, de otros países de Latinoamérica, y algún francés, en lo inmediato.

Por mi parte estoy en plena escritura, tal vez un día llegue a conformar un nuevo libro de poemas.

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