Pablo Lago, un trabajador de la escritura

Por Leonardo Murolo

Pablo Lago es escritor y guionista, junto con Susana Cardozo –a quien denomina como su “pareja creativa”– es autor de series televisivas como Locas de Amor, LaLola, Tratame Bien, Hospital Público y La Leona. Las historias que cuenta se caracterizan por tocar temas sensibles y problemáticas sociales. Su éxito radica en construir personajes poco estereotipados que desafían al televidente apelando a la identificación basada en diversos aspectos de la condición humana.

Charlamos con Pablo Lago sobre el rol social de la ficción, los planes estatales de fomento a la producción audiovisual, los nuevos medios y las nuevas formas narrativas. Usuario asiduo de las redes sociales, nos habla de la escritura en tanto trabajo y describe el escribir como investigación, experimentación, obsesión, pasión y amor.

La mayoría de tus trabajos tocan temas sociales, desde Locas de Amor, pasando por Tratame Bien, hasta La Leona. ¿Cómo es el proceso de investigación para escribir una ficción de estas características?

Se ha dado esa casualidad que para mí es una causalidad, que nos ha tocado escribir ese tipo de programas porque se dan dos cosas: generalmente cuando hacés un producto de determinado tipo, los productores te llaman para escribir otro más o menos en la línea. Si estás con una comedia, es probable que después te llamen para otra comedia. Si hacés un programa un tanto más social, como paso de hecho con Locas de Amor, lo mismo. Vieron que habíamos escrito Hospital Público para América TV y nos llamó Adrián Suar. Y de ahí te llaman para otra. Uno como autor por su lado también elige y se identifica o no con los proyectos. Si hemos hecho esos proyectos como La Leona, Locas de Amor, Tratame Bien, que también tenía que ver con terapia, justamente es porque nos interesan esas temáticas. Ha habido ofrecimientos a los que hemos dicho que no porque no nos interesaban las propuestas.

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Cuando te proponen abordar un tema como la locura o si vas a contar la problemática del vaciamiento de una fábrica textil tenés que estudiar e informarte por los medios que sea: revisando diarios, bibliografía, entrevistándote con psiquiatras, terapeutas, con trabajadores que han formado cooperativas, etc. Cuando nos propusieron hacer Locas de Amor no teníamos la más pálida idea de cómo se desenvolvía un psiquiatra. Habíamos hecho algo de terapia, pero una cosa es un psicoanalista y otra cosa es un psiquiatra. Para hablar con cierto conocimiento y propiedad de esos temas tenés que meterte en ese mundo, ir a visitar clínicas psiquiátricas, ir a visitar fábricas recuperadas, te tenés que meter en el mundo que vas a contar. En el palacio de tribunales si vas a contar una de abogados, para poder hablar con la terminología y conocer los gajes propios de cada oficio. Porque es lo que te va a nutrir, lo que va a ser peculiar a ese mundo y distinto a otros. Ahí se va a distinguir justamente tu trabajo. Cuando los personajes accionan como sólo opera un abogado o un psiquiatra, y no un actor haciendo de abogado o de psiquiatra.

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¿Qué lugar creés que ocupan los temas sociales en la ficción?

Me parece que hay un lugar, pero ese lugar se lo hacen a veces los mismos hacedores de esa ficción. Hablando de cine, hace poco fuimos con Susana a ver La Cordillera. Ahí hay una ficción que es social y política más allá del mero entretenimiento. Hay algo que está contando ese narrador. Mitre, el narrador, se escribió esa película y consiguió financiársela, producírsela, y la contó. Es raro eso. Pasa también que venga alguien y te diga “che, vamos a escribir el caso Marita Verón”, por ejemplo, que fue algo que se contó en Telefé. Me acuerdo el caso porque fue una historia que con Susana le propusimos a Telefé y la terminó haciendo otra gente. Cosas que pasan.

¿Estamos hablando de Vidas Robadas?

Vidas Robadas es una historia robada. Pero no pasa nada, ya lo superamos. Uno puede ir, proponer una idea o también te puede llamar el productor. Caben las dos opciones. Me parece que hay un lugar en la ficción nacional e internacional, hay un lugar para contar las cuestiones sociales, que a mí me resultan muy atractivas.

¿Cuánto de las repercusiones que tuvo La Leona, que fueron muchas, era lo pensado y esperado por ustedes como autores y cuánto los sorprendieron?

Nosotros teníamos mucho contacto por Twitter. Hoy con las redes cualquiera llega adonde quiere. Había una repercusión que era la esperada porque se trabajaba a conciencia con Susana, con la productora, con Pablo y Nancy, Martín, el productor, Gustavo Marra. Sabiendo el cuento que estábamos contando percibíamos que iba a hacer ruido. Sabíamos también quiénes contábamos ese cuento, quiénes eran los protagonistas y que entonces iba a haber repercusión.

Te sorprenden cosas como la que nos pasó hoy: nos escribió una chica de Rusia que está traduciendo ella sola los ciento veinte capítulos de la novela. Los está doblando al ruso por su cuenta y los cuelga en YouTube. Nadie le paga por eso. Pasan cosas como esa. Me escriben de Italia y me dicen “acá está pasando lo mismo”. O te escribe alguien del Conurbano y te dice “a mi padre lo echaron como a Pedro Leone y se murió igual”. Te pasan todas esas, mil anécdotas de esas. Hasta que Juan Gil Navarro se encontró con una Sara Liberman, que le dijo “yo soy Sara Liberman y tuve una textil”. O el otro día que nos contactó un abogado en derechos humanos que investiga crímenes de lesa humanidad y nos contó que había una caso de una fábrica donde los Miller eran los dueños y había un Leone desaparecido. Entonces nos dicen “ustedes se inspiraron en eso”. No, la primera vez que escucho esta historia. Han pasado todas estas cuestiones que te cuento y más. Sorprende porque es totalmente inesperado. Que iba a haber revuelo en las redes, que iban a decir “es una ficción política”, y sí. Sabíamos que es una ficción política. No es partidaria, pero sí es política.

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Nombrabas las redes sociales en relación a tu trabajo ¿Cómo es tu uso y qué lugar le das en tus manifestaciones públicas?

Te iba a preguntar si me hablás como persona o como autor de un programa, pero la verdad es que no distingo mucho. Si bien tenía Facebook de antes, Twitter creo que lo saqué más específicamente para la novela. No lo entendía, no me gustaba, no sabía qué era. Con el tiempo me gustó más. Durante la emisión de la novela lo usamos mucho e intercambiamos mucho con la gente. Eso me pareció muy rico, muy fructífero, muy interesante. La Leona se emitía tarde, cada vez más tarde, y la gente se quedaba charlando, intercambiando hasta las tres o cuatro de la mañana. Era raro y a su vez muy atractivo e interesante poder intercambiar con la gente. Después también genera que uno exponga mucho su pensamiento y eso siempre tiene buenas y malas. Vivimos en un país un tanto prejuicioso, si alguien opina de tal manera es probable que alguien no vaya a ver tu trabajo porque pensás de esa manera, más allá de tu talento. Es una imbecilidad para mí, pero cada uno es como es y maneja la cosa como puede. Sabiendo que cierto sector de la sociedad es así y uno puede poner en riesgo su continuidad laboral, yo tendría que decir “bueno, me tengo que callar lo que pienso” y a mí no me sale. Hay gente que usa un nick o un alias falso, un fake, lo que fuere, otro muñequito, otro avatar. A mí no me sale, eso va en cada uno. Pero me parece que las redes, como todo, tienen su lado positivo y su lado no tan bueno.

Tienen su lado positivo en esto que decías de conectarte con el mundo, con fanáticos realizando subtítulos para la serie. Los productores de Lost fueron de los primeros en escuchar a los públicos y cambiar el rumbo de la serie. ¿Las audiencias cuánto poder tienen, por ejemplo, para poner a un personaje secundario en un lugar más importante? ¿El guionista escucha, lee esto, ve esto y modifican la serie?

Sí, totalmente. Se podría hacer. No fue el caso nuestro en La Leona porque estaba toda escrita antes de salir al aire, pero seguramente si hubiésemos estado escribiéndola mientras salía al aire, hubiéramos tenido repercusión inmediata y te empiezan a decir “funciona tal o tal personaje, o tal relación” uno no puede hacer oídos sordos a lo que está diciendo y pidiendo la gente, y generalmente inclina un poco la balanza para ese lado. Eso ocurre, es así.

Hemos mencionado a Susana Cardozo, que es con quien escribiste estas ficciones, ¿Cómo es escribir con alguien más, de a dos, en equipo?

Con Susana estamos juntos hace 17 ó 18 años, además de ser pareja. Entonces nos conocemos mucho. Después de esos 18 años o 20 años juntos, obviamente ha habido un montón de momentos de la pareja creativa donde ha variado también la forma de trabajo. En principio tiene que haber una suerte de admiración por el otro y el pensamiento del otro. En la capacidad del otro siempre vos tenés que ver cosas que te sorprendan, que te maravillen, que te estimulen. Porque si tu pareja creativa es una pared de nylon que no va a devolver ninguna pelota que le tires, no te sirve. Si es una malla y un arco de fútbol, la pelota entra y ahí queda. Ahora si es una pared que te devuelve con velocidad, te propone y con la cual podés discutir creativamente en el afán de enriquecer, ahí la sociedad creativa siempre se potencia. Eso me parece que con Susana lo hemos tenido siempre. Hay momentos donde hay uno que se sienta más a la máquina y otro piensa más desde afuera. Momentos que por el contrario nos sentamos los dos juntos con la computadora o momentos donde primero charlás mucho sobre el programa, sobre los personajes, sin escribir una sola letra y después uno se sienta a escribir algunos personajes y el otro escribe otros personajes. La clave es la retroalimentación, tu primer lector es tu pareja creativa, lo va a leer y va a haber cosas que le van a gustar, cosas que no y que te va a sugerir cambiar. Si su opinión es superadora para el producto que ambos quieren hacer, la tenés que tomar. Si la tuya es mejor y lográs demostrarle al otro que da más jugo al cuento que está contando, primará la idea. La base es el respeto y el ansia de contar un buen cuento. Si está eso, todo suma, todo es para arriba.

En la autobiografía intelectual de Stephen King, Mientras Escribo, les responde a quienes lo critican por producir tanto. Y cuenta que cada ocho meses termina una novela porque todos los días de su vida escribe mil palabras. ¿Qué pensás de esa forma de entender el trabajo de la escritura?

Muy cierta. Yo la usé varios años. Muchos años también trabajé así. Ahora no trabajo así y no me va tan bien (risas). Es real, no hay nada que hacer. Si vos escribís, escribís, escribís, vas a meter algo, no hay “tutía”. Eso va en una suerte de obsesión, pasión, amor, por el laburo que cada uno lo tiene en alguna medida. Durante muchos años hice eso, levantarme a las ocho y escribir, no sé qué pero sentarme a escribir. Hoy no lo hago, pero todo va en cada uno. Corresponde a determinados momentos de la vida donde priorizas más una cosa que otra, pero sí creo fervientemente en eso de que la inspiración viene cuando estás laburando. Es tal cual. Cuando uno produce es como un músculo y si vos escribís y escribís, tenés más posibilidades de que broten mejores cosas.

¿Qué pensás de las políticas públicas en relación al fomento audiovisual como las de INCAA, CIN, Programa Polos Audiovisuales, las iniciativas como CDA –ahora Cine.ar?

Me parece que la política pública estaba muy bien como iniciativa y que el Estado tiene que apoyar todo lo que sea cultural, no hablo sólo de la ficción televisiva, todo lo que sea en beneficio de la cultura y de nuestra idiosincrasia. A veces veo gente que no apoya tal emprendimiento del Estado o tal negocio. Uno quiere que el Estado apoye desde una fábrica de camisas, de caramelos o de lo que fuera, a emprendimientos culturales.

Me parece que los productos culturales benefician a todos los habitantes del país. Cuando trabajás problemáticas culturales que atraviesan a la sociedad -no digo que sean mejor ni peor- es distinto y eso merece el apoyo del Estado. Ese Estado apoyaba, dio un montón de trabajo, se generó una multiplicidad de contenidos que sirven también para insertarse en el mundo, mostrar el país y atraer inversiones.

A veces puede haber hechos de corrupción, productores truchos, sobreprecios sobre un producto televisivo. También existe gente que se ha aprovechado de algún concurso y que ha tenido una mordida de guita en beneficio personal y no en el producto artístico. Eso también es innegable. No por esos hechos vas a dar por tierra toda una política cultural. Estoy a favor y creo fervientemente en el apoyo del Estado en función de los productos culturales y creo que tiene que haber una suerte de control para que las cuentas cierren bien, que no haya afano de ningún tipo. Después el producto puede gustar o no gustar, ser mejor o peor, pero justamente de eso se trata, multiplicidad de miradas, experimentación con formatos, problemáticas no abordadas. A veces no funcionan del todo bien, pero bien vale la pena que sean exploradas.

Me parece que la política pública estaba muy bien como iniciativa y que el Estado tiene que apoyar todo lo que sea cultural, no hablo sólo de la ficción televisiva, todo lo que sea en beneficio de la cultura y de nuestra idiosincrasia.

No se trataba en su mayoría de producciones que iban a ser llevadas al mercado para ser líderes de taquilla o de rating, sino para mostrar una mirada diferente a la agenda de temas.

A mí me parece que había de todo. Tenías desde pequeñas series web sin mayores pretensiones comerciales, y amparados bajo ese mismo sistema también surgían productos que han tenido mayor repercusión, llegada o inserción en otros mercados. Así que me parece que ofrecía un abanico de posibilidades que hoy no existe o está mucho más limitado. Creo que ha habido algún concurso en esta nueva administración, pero por lo que sé muy tibio en comparación con los anteriores. En lo personal considero que a este gobierno la cultura mucho no le interesa porque están los números a la vista. Demuestra permanentemente que no es una de sus prioridades.

Mencionaste las series web ¿Viste algunos de esos contenidos, qué opinas de ellos?

He sido jurado del BAWEBFEST. Escribimos con Susana una suerte de novela en Twitter hace tiempo para Pantene. Es algo que hicimos hace dos o tres años, muy raro y en ese momento no tenía Twitter. No sabía cómo se usaba Twitter, pero nos cayó esta propuesta de  una novela de treinta y cinco capítulos de ciento cuarenta caracteres. Ya tengo casi cincuenta años, a mí me gusta más el formato largo que corto, me interesa más el formato de serie, aunque sea tres o cuatro capítulos de una hora. Los ingleses hacen mucho de esto, la BBC y demás. Pero me gusta más el formato de serie de diez o trece capítulos. Con estas nuevas tecnologías vienen los relatos más cortos y uno se tiene que adaptar. Nada de lo que he visto me ha volado la cabeza. Pero tampoco quiero ser injusto, por una cuestión generacional hay cosas que no sé o me cuesta más ver. No voy a andar clickeando para buscar una serie web a mi edad, a mis cuarenta y ocho. Tengo hijas adolescentes que no miran televisión de aire ni a patadas, como mucho se ven un título atrás de otro en Netflix. Pero igual me parece que son formas nuevas y súper válidas de contar historias. Bienvenidas sean. A mí me gustan con actores reconocidos, la serie web diría que tiene mucho amateurismo.

¿Están en el campo de la experimentación?

Sí, cosa que está bárbara. Pero a mí me gusta algo con un poco más de producción, me parece que es algo más generacional que una cosa de hacer juicio de valor si está bien o mal. Son gustos que obedecen a la edad de cada quien.

De las series que generan fanatismo como House of Cards, Game of Thrones, Breaking Bad. Como guionista ¿Cuál es la mejor y por qué? ¿Dónde como televidente puedo señalar que lo bueno de esta serie es el guión?

A mí me pasó con Breaking Bad porque era querer ver un capítulo tras otro. Eso es lo que generó adicción, más allá de la posibilidad del streaming. Me parece que lo que tenía Breaking Bad es la historia de un tipo que se está muriendo y en su peor momento sale de sus cenizas para construir ese imperio de falopa, de cristal, que lo iba haciendo episodio a episodio. Revelaba características nuevas de cada personaje, te metía más en un mundo que resulta fascinante para el espectador que está sentado en la casa con el control remoto y un vino, una cerveza o un whisky en la mano. Ves a un tipo de clase media, como en mi caso, un profesor universitario que se está metiendo en una que es un viaje. Era verdaderamente un viaje del protagonista y vos lo acompañaste y te identificás con él, querés que le vaya bien. Tiene esa dualidad: es un buen tipo, pero a su vez es flor de hijo de puta porque le está dando veneno a un pibe, vendiendo esta basura. Por el otro lado lo hace por su familia, pero se tienta con la guita como te tentarías vos. Trabaja un montón de contradicciones humanas que para mí le da muchísima verdad.

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