Fuck Loyalty: GAME OF THRONES y el comienzo del fin

 por Iván Paz

“cuando cae la nieve y sopla el viento blanco,
el lobo solitario muere pero la manada sobrevive”
EddardStark

El calor de nuestras heridas aún abiertas nos recuerda el poco tiempo que transcurrió entre el desarrollo de esta nota y el final de la séptima temporada de Game of Thrones. Esta polémica temporada comenzó (con nuestra reina Daenerys tocando por primera vez el suelo westerosi) y culminó (con los Otros derrumbando el muro con un dragón-zombie y pisando, también, el mismo suelo) con escenas que a cualquiera le parecerían dignas de la épica a la que estamos acostumbrados. Sin embargo, la llamo polémica porque ha logrado algo impensable: llevar la tensión y el odio que caracterizan a su narrativa hacia afuera de la pantalla, a nuestro mundo. Las intrincadas peleas y discusiones entre el propio fandom respecto de la pureza argumental de esta temporada ha estado a la orden del día, casi tan predominantemente como el jolgorio y la desazón que nos suele generar GoT en nuestro invierno. Ahora bien, ¿qué podemos decir de esto? En el último episodio, Brienne recurre a Jaime, en un acto desesperado, pidiéndole que haga razonar a su hermana respecto de la potencial tregua entre bandos. Jaime le respondé que no sabría qué decirle, que acá es todo una cuestión de lealtad. Y la respuesta de Brienne es la que nos inspira aquí: fuckloyalty. Que se pudra la lealtad.

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Recapitulemos: el final del libro A dance with dragons nos deja con la muerte segura de Jon a manos de sus hermanos de la Guardia, lo cual coincide, sabemos, con el último episodio de la quinta temporada. Siguiendo estos cálculos, con la que acaba de terminar serían ya dos temporadas enteras fuera del universo de los libros. Volviendo a leer el primer libro, siempre me sorprendo de la fuerza de aquella lealtad a las letras en la primera temporada, llegando incluso a reproducir diálogos, eventos y secuencias en el mismo exacto orden y con una fidelidad absoluta. Podríamos decir que, en la primera temporada, lo que encontramos es aquello que el filósofo idealista objetivo Josiah Royce denomina lealtad hacia la “lealtad misma”, la cual sería base suficiente para construir un sistema ético. Con el transcurso de las temporadas siguientes, por supuesto, el éxito de la serie televisiva le permitió cobrar una cierta autonomía y una libertad en términos de la narrativa, ya sea omitiendo personajes (los Hijos de Hierro, Lady Stoneheart), matando anticipadamente a otros (Jojen Reed) o incluso cambiando las apariencias y devenires de varios de ellos. Promediando la serie, podemos decir que lo que predomina es, entonces, una cierta lealtad cuyo valor reside, como sostiene el teórico político irlandés Philip Pettit, en su capacidad para motivar a las personas, exclusivamente, a realizar actos que las beneficien, una especie de Ley Natural hobbesiana de la autoconservación.

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Dudo que alguien se atreva a pensar que dichas libertades que se ha tomado la serie no hayan sido en pos de fomentar actos que “la beneficien”, que enriquezcan su propia construcción narrativa. Ahora bien, en un país como el nuestro con una tradición histórica y política tan particular, el concepto de lealtad no significa cualquier cosa. Como sabemos, salió a luz aquel 17 de octubre peronista de 1945, cuando aquellas masas populares leales a su líder salieron a las calles a puro clamor a exigir su liberación, lo cual dio comienzo a la aventura que lo llevaría, poco después, a la presidencia. Luego del golpe de Estado de 1955 y el exilio de Perón que lo alejaría del país por casi 20 años, el concepto de lealtad se convirtió puramente en un acto de resistencia. Podríamos pensar, extendiendo la metáfora, que el golpista George R.R. Martin decidió dejarnos también sin alegría popular quitándonos los libros que nos faltan. Podemos hipotetizar: no sabemos si está esperando a que la serie termine la historia por él, o está deseando un final catastrófico para luego cambiar de plano toda la historia en los libros. Lo único que sabemos, hasta ahora, es que el dueño del Trono va a ser el mismo (o la misma), y nada más. En las últimas dos temporadas, también privada de su líder espiritual y político, la serie ha decidido pasar de la lealtad a la resistencia: la construcción de una nueva narrativa de ficción no es peor que la anterior, dependiente de los libros, pero sí distinta. ¿Podemos pensar que ya no es leal? ¿Nos importa? La respuesta a ambas preguntas es no. Las temporadas 6 y 7 no están privadas de aquello que el jurista George Fletcher llamó el “yo histórico” (los lazos pasados que constituyen nuestra identidad) y que ejercen una determinada influencia sobre aquello a lo que somos leales, aunque el acto de lealtad misma sea, en última instancia, decisión nuestra. La serie, que sigue siendo leal a sí misma y a todo aquello que la llevó a convertirse en uno de los pocos éxitos comerciales y culturales del siglo, no ha olvidado su yo histórico, aquello que la convirtió en lo que es, pero tiene, en última instancia, la potestad y la libertad de hacer honor a su causa (como los movimientos de resistencia peronista, sin su líder pero con su historia) de la forma que considere más pertinente. Por todo esto, le hacemos caso a Brienne: que se pudra la lealtad.

Los ataques a la última temporada por parte de los fans devenidos críticos y los inconformistas de siempre tuvieron dos objetivos: lo que podemos denominar la espectacularidad hollywoodense, y el fanservice. Respecto al primero de ellos, esta temporada probablemente haya sido la que más dio uso a elementos dignos de un buen filme de acción yankee: el escuadrón suicida de Jon cruzando el muro a la Silvester Stallone, Daenerys llegando a todos lados con sus dragones en el justo momento en el que podía salvar todas las crisis, coincidencias espacio-temporales que nos beneficiaban a todos, e incluso nuestro propio deus ex machina encarnado en Benjen Stark que así como llegó, se fue, sin explicarnos nunca qué estaba pasando. El problema de la temporalidad en la serie es algo que viene de lejos, no sólo en la séptima temporada, y creemos obedece a la necesidad de contar enteramente una historia que está llegando a su fin. A todos aquellos que preferirían ver episodios de 4 horas donde les cuenten cada minuto de cada viaje, les decimos basta, y les pedimos que consideren la posibilidad de que cada escena de la serie no sea inmediatamente posterior a la interior. ¿Pueden haber pasado muchos días entre que Davos, Gendry y Tyrion salieron en bote de King’sLanding hasta volver a Dragonstone? Sí. ¿Nos importa? No. Como tampoco nos importa cuánto tardó Gendry en correr hacia el muro, cuantos amaneceres y atardeceres transcurrieron en medio. El goce estético que nos produce lo sublime de la serie se ha convertido, para algunos, en la necesidad de responder dudas sobre la temporalidad que no hacen a la trama, que no satisfacen nuestra necesidad de fuego y sangre, que sólo calmarían pensamientos racionales que, a la hora de sentarse a sintonizar Game of Thrones, poco deberían interesarnos, y que responden a una supuesta lealtad que ya decidimos sacarnos de encima. Respecto del fanservice, es decir, aquellas situaciones pensadas y diagramadas exclusivamente para satisfacer hasta nuestros más irracionales deseos de felicidad, ha tenido su estallido en esta temporada, considerando que hablamos de una serie que nos tiene acostumbrados a un sinfín de tragedias que parecieran nunca acabar, y que se resume, considero, en la figura de la familia Stark. Pareciendo estar destinada, desde el comienzo, al fracaso y la desaparición, la familia Stark se ha reivindicado en la séptima temporada a base de mantener su poder en el Norte, nombrar a su propio Rey, eliminar de un saque a Littlefinger (en un juego psicológico y magistral entre las favoritas del público, Arya y Sansa), e incluso en la extraña figura de Bran que, desde el comienzo, estuvo ahí para develarnos, con un par de palabras, verdades que nos hacían falta. El diálogo entre las hermanas, dos sobrevivientes de la manada, resume lo que el fanservice nos dio en esta temporada: estamos bien. Decidimos salir más allá del muro, pero cumplimos la misión y estamos bien. Nos mataron a Viserion, pero estamos bien, seguimos de pie. Perdimos a todos nuestros aliados, pero llegamos a la cumbre de King’sLanding, estamos bien.

Sin embargo, no olvidemos nunca dónde estamos: el juego de tronos, donde ganás o morís, no hay punto medio. Por un lado, lo sublime de esta temporada estuvo en su propia constitución narrativa que fue, desde el comienzo, como un auto de Fórmula 1 sin frenos dirigiéndose directamente a un paredón de hormigón. Todo lo que pasaba, sabíamos, nos estaba conduciendo directamente al cataclismo, desde el momento en el que Bran cruza el muro, rompe el hechizo y permite que este caiga, tiempo después, derretido por el fuego azul. Lo vimos cuando Dany y Tyrion deciden jugar (recordemos, “shallwebegin?”), y Ellaria y Olenna se van, y Drogon enciende en llamas a todo el ejército Lannister, y los Tarly también se van. El juego de tronos funcionó en su máxima expresión, y se recostó en calma en la figura de Cersei y sus múltiples caras: aquella magistral Reina que, anticipadamente, envió a Euron a buscar a su ejército de asesinos; también aquella otra que, teniendo la oportunidad, no pudo deshacerse de sus hermanos y se quedó, finalmente, sola. Los diálogos magistrales que dan la esencia a la serie también estuvieron presentes: Cersei y Tyrion viéndose a la cara otra vez (y dejándonos en duda, ¿hubo algo más ahí? ¿Algún pacto, quizás?), e incluso el monólogo  final de Olenna, una de las muertes más lamentadas, la catarsis entre Jon y Theon en el episodio final, el cuidado encuentro entre Dany y Melisandre y el posterior intercambio de esta última con Varys.

El maquiavelismo que caracteriza a cada situación, de la misma manera, nos deja abiertos millones de interrogantes a los que, para 2019, seguramente estaremos esperando con ansias. El mayor de todos seráaquel al que miramos atentamente desde las sombras, como Tyrion escondidos bajo la escalera. Probablemente, el comienzo de la última temporada nos muestre a Jon y Daenerys marchando por el Kingsroad hacia el Norte, aquel del que Jon ya es Guardían y no Rey (resultado de haber accedido, de una vez por todas, a arrodillarse). ¿Cómo los recibirán los norteños? ¿Ya estará Jaime ahí, preparado para unirse a la resistencia, o vagará por Westeros convertido en una especie de Jedi gris? Lo más grave, quizás, sea no saber qué será de nuestra nueva (e incestuosa, digamos) relación de amor entre la tía Daenerys y nuestro legítimo Rey Aegon. Como sabemos, Jon no está interesado en reinar sobre nadie, y probablemente menos lo esté ahora que plegó todas sus lealtades (como nos deja claro en la carta que envía a Sansa) al reinado de Dany. ¿Funcionará esa química? ¿Tendremos una especie de co-gobierno familiar, como aquel de Aegon el conquistador con sus hermanas, dando comienzo a una nueva dinastía? Siempre resuenan en mí las palabras que Daario le dice a Dany en el sexto episodio de la temporada 6: “no estás hecha para sentarte en una silla. Sos una conquistadora, DaenerysStormborn”. No olvidemos, tampoco, que los Otros cruzaron el muro y su primer destino sea, probablemente, Winterfell. El final feliz de la familia Stark puede también haber marcado a fuego su destino, siendo la primera parada obligada de los conquistadores-zombies. Podemos preguntarnos también qué será de Cersei, nuestra jugadora n° 1, aislada como nunca y decidida a aguardar en el sur a la debacle para iniciar su propia cacería. ¿La lucha por el trono será entre el hijo Lannister y el hijo Targaryen? ¿Y qué será del bastardo Baratheon?

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Podríamos proseguir ad infinitum con las preguntas, las teorías y deducciones. Queda en claro nuestra propuesta para una nueva filosofía como espectadores: fuckloyalty. Y dejamos en manos de la serie el devenir que, en un par de años, tendrá esta fascinante historia, que probablemente quede, por el resto de los tiempos, en cualquier pantalla y cualquier pergamino, como uno de los fenómenos más importantes que nos han dado la literatura de ficción y la tradición televisiva. Si existe algún tipo de lealtad en todo esto, es la nuestra: somos los sacerdotes y sacerdotisas rojas de Game of Thrones, predicando el juego por todas las tierras del mundo.

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