Feminidades y patriarcado en las nuevas series

por Emiliano Román

“Ser libre es no tener miedo”
 Nina Simone

Es interesante, cómo en los últimos tiempos, el espacio de representación de las mujeres en varias ficciones narrativas audiovisuales, está comenzando a denunciar que ciertos conflictos subjetivos se deben al lugar de opresión producto de la lógica patriarcal y no tanto por cuestiones de género per se. Eso, que las mujeres sufrían solo porque eran histéricas insatisfechas, narcisistas, ingenuas, enamoradizas, malvadas, madres o esposas abnegadas, o no lo suficientemente amadas por el varón.

En la última década, el auge de las series de televisión implicó un fenómeno global de masividad en espectadores y calidad. Tanto las producciones cinematográficas como la de series comparten el hecho de ser relatos audiovisuales, por lo tanto podríamos ubicarlas dentro de lo que Teresa de Lauretis llamó Tecnologías del género.

“La construcción del género prosigue hoy a través de varias tecnologías de género (por ejemplo, el cine) y de discursos institucionales (por ejemplo, teorías) con poder para controlar el campo de significación y entonces producir, promover e implantar representaciones de género”.  Plantea que en el cine, los personajes femeninos quedan excluidos de la representación de sujeto, ya que los procesos subjetivos solo se relacionan en función al deseo masculino.

Históricamente en Hollywood, la representación femenina es solo a modo de objeto. El cine de vanguardia o independiente y sobre todo el feminista ha comenzado a deconstruir estas no-representaciones. Pero lo que nos convoca hoy, es saber qué pasa actualmente, dentro de la maquinaria mainstream, como aparato reproductor de ideologías del estado. Por eso, es interesante abordar series con súper producciones para las grandes cadenas de canales o plataformas.

En el 2017, se estrenaron varias series de gran calidad artística e importante impacto en lo popular, que confluyen en un denominador común: el lugar de las mujeres sí es representado y el machismo aparece como uno de los factores más determinantes en el conflicto y padecer de sus personajes protagonistas. Estamos hablando de 13 Reason Why, Big Little LiesFeud – Bette & Joan y The Handmaid’s Tale.

13 REASONEn 13 Reason Why, una adolescente de 17 años decide suicidarse, pero antes le manda grabaciones a cada una de las personas que estuvieron involucradas de alguna manera, más o menos directa, en esta decisión. La protagonista se llama Hannah Baker, (Katherine Langford),  los conflictos comienzan cuando se envía una foto viral de ella con un chico besándose, luego entra en un listado meritorio como el mejor culo de la clase, para desencadenar finalmente en una sucesión de violaciones. Transmitida por la plataforma Netflix, la historia alcanzó tanta masividad que se convirtió en la ficción más vista de esa cadena, y tuvo repercusión por varios medios, donde muchos especialistas opinaban livianamente sobre el suicidio adolescente.

En el cine, los personajes femeninos quedan excluidos de la representación de sujeto, ya que los procesos subjetivos solo se relacionan en función al deseo masculino.

Lo interesante es que las mayorías de los debates se armaron alrededor de la figura del bullying,  pero en realidad lo que la historia está denunciando es la violencia de género como raíz del problema. A partir de una foto y de una elección arbitraria sobre su culo, el cuerpo de Hanna pasó a ser propiedad pública, el machismo se apropió de él. La condición de mujer de Hannah es lo que la expuso a los posteriores acosos escolares. Cuando decimos condición de mujer, no nos referimos al sexo biológico, sino a relaciones sociales de género producto del discurso hegemónico que son las que constituyen y legitiman la opresión sexual hacia ellas.

El concepto de perfomatividad de género que introduce Judith Buttler,  tiene que ver con un modo de actuar en función de ciertos mandatos sociales que nos exceden y anteceden, no es un hecho aislado de su contexto, es una práctica social, el sujeto no es el dueño de su género, y no realiza simplemente la “performance” que más desee, sino la que le es impuesta y sancionada.

La historia está ambientada en la escuela preparatoria estadounidense ¿Preparatoria para qué? ¿Para actuar la performance asignada a cada género? Es así, como lo varones participan del campeonato de básquet y su virilidad está asegurada de acuerdo al rendimiento deportivo, a las mujeres les queda ese lugar de porristas, celebrando con coreografías las proezas de los machos. Hannah, al no cumplir a raja tabla con estas representaciones, teme quedar excluida y su necesidad de aceptación e inclusión por parte de sus pares la lleva a exponerse a situaciones de riesgos.

Feud – Bette & Joan, transmitida por Fox, creada por Ryan Murphy, recrea la relación de enemistad que tenían dos estrellas mujeres de la edad de oro de Hollywood: Bette Davis y Joan Crawford, encarnadas de manera sublime por otras dos grandes actrices: Susan Sarandon y Jessica Lange, respectivamente. La cuestión es que ellas tenían más en común de lo que aparentaban. Habían sido de las actrices más prestigiosas y reconocidas del séptimo arte. Bette envidiaba la belleza de Joan, y Joan envidiaba el talento de Bette, pero al rondar los sesenta años de edad, las grandes productoras las consideraban dinosaurios, no conseguían papeles significativos y sus carreras venían a pique. No pasaba lo mismo con las estrellas varones, un actor famoso tenía asegurado trabajo en la industria. La cuestión es cuando una mujer deja de ser el objeto rentable para los productores, en tanto explotación de su sexualidad, ya no es atractiva para la cámara y con lo cual descartada.

La serie es una denuncia al sexismo en Hollywood, todavía hoy imperante.  Ambas actrices de jóvenes fueron objeto explotable de la industria con un vacío de significado como sujetos. La estrella femenina es construida en la narrativa cinematográfica, desde la imagen como objeto de la mirada, a través de la iluminación, encuadre, constituyendo al cuerpo femenino en depósito de la sexualidad y el placer escópico.

Joan, en un momento de búsqueda de algún guión que le interese interpretar dice: “todo lo escrito para mujeres parece tener solo tres categorías: ingenuas, madres o arpías”. Interesante definición que encierra el rol estereotipado y objetivado de las mujeres en el cine. Feud también refleja el lugar de las mujeres como productoras, hay una secuencia donde la ayudante de dirección escribe un guión y tiene intenciones de filmar su propia película, aspiraciones rechazadas de plano no por la calidad narrativa de la historia, sino por su condición femenina.

FEUD

Ya desde los títulos de apertura, se puede ver en animación escenas de la película que filmaron juntas por esos años What Ever Happened to Baby Jane? (1962), y momentos en la que dos mujeres son encerradas y manejadas como títeres por una figura monstruosa que metaforizaría el aparato patriarcal de la industria cinematográfica. Donde la Mujer es puesta como objeto de espectáculo, sede de la sexualidad y del deseo masculino, cuando esto ya no ocurre, el único lugar que le queda es la maternidad o la exclusión. “No habría mito sin una princesa por casar o una bruja por vencer” dice De Lauretis.  Por eso es importante diferenciar Mujer de mujeres.

Por mujeres se entiende a sujetos históricos reales que no están definidos por formaciones discursivas hegemónicas. Este es el intento del cine de vanguardia feminista, con el fin de desconstruir estas narraciones discursivas objetivantes y reconstruir un modo reivindicativo de lo femenino en el cine. Estas series, a pesar de ser industriales, van también es esa línea: sus personajes son mujeres reales insertas en un contexto discursivo patriarcal, donde cada una es una subjetividad distinta fuera del rol objeto de la Mujer.

La ficción que logra abordar el lugar de las femenidades como subjetividades reales es Big Little Lies, de David E Kelley, transmitida por la cadena HBO. Nos cuenta la historia de tres mujeres que viven en una ciudad californiana, quienes ofrecen el estereotipo de vida perfecta. Un crimen en el medio, comienza a develar la trama que sus vidas son realmente atormentadoras. Reducidas a rol de madres, perdieron aspiraciones profesionales y el deseo subjetivo aparece desdibujado, casi extinguido. Con formato de thriller, la narración nos va a conducir por diferentes caminos y obstáculos que deben atravesar cada una por la performance discursiva de la ideología de género hétero patriarcal.

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La vida de ellas comienza a cambiar cuando entablan una amistad y forman una alianza de sororidad. Una experiencia fraternal que contribuye a cuidarse de las distintas formas de opresión, esta solidaridad mutua les posibilita cierto empoderamiento, aunque en algunos casos con gran costo de sufrimiento por enfrentar situaciones traumáticas.

La experiencia de la sororidad entre estas tres mujeres es lo que permitió reconstruir sus identidades que devenían de lo performativo, por esas cadenas de repeticiones que van más allá de la intención del sujeto. A medida que avanza la trama, la identidad de madre exclusiva, comienza a cuestionarse. Las -y entre- las tres, tejen tramas para poder salir de ese mandato opresor. La violencia de género que sufre el personaje de Nicole Kidman comienza a ser desnaturalizado y deja de ser negado. El papel de Shailene Woodley empieza a intentar tramitar y resolver un pasado siniestro de violación, pero el cual le dio a su hijo. Reese Whiterspoon encarna a una mujer que comienza a interpelarse su lugar en la maternidad, y en la pareja. La interpelación, produce una significación nueva de todo el pasado de la persona. Tiene un efecto retroactivo.

A diferencia de la alianza de estas tres mujeres que permiten nuevas posiciones en el entramado social más prometedoras, Joan Crawford y Bette Davis mantienen una enemistad alimentada por la industria, a pesar de padecer la misma violencia simbólica. Quizás una sororidad entre ambas les hubiese posibilitado otro tipo de destino menos injusto, por ese motivo la historia juega con una escena onírica ficticia en el último episodio, donde ambas actrices pueden reencontrarse y reconocer que podrían haber sido amigas.

Claramente, todas estas prácticas hay que saber leerlas, no están tan expuestas, porque se realizan a través de modalidades llamadas micromachismos, que son esas acciones cotidianas y naturalizadas, tan sutiles, hasta suaves, que pasan desapercibidas pero que garantizan la dominación de género, la desigualdad y el control de las subjetividades femeninas.

Quien supo interpretarlas y darle un aspecto ficcional sin ningún tipo de velo, fue la escritora canadiense Margaret Atwood, que en su novela El cuento de la criada” (The Handmaid’s Tale, 1985), narra una distopía patriarcal basada en un régimen totalitario que despoja a las mujeres de cualquier esbozo subjetivo y toma a la Mujer, en el sentido estricto de objeto de goce y de procreación de la especie.

La novela tuvo una adaptación cinematográfica bastante fallida, en 1990, a cargo del alemán Volker Schlöndorff. Pero este año, la plataforma Hulu estrena The Handmaid’s Tale, creada y producida por Bruce Miller, que fue inicialmente rechazada por Netflix, y ahora tiene todo para ser la serie del año, con muchísimas nominaciones a los premios Emmy. Hacer una nueva adaptación del libro en tiempos en que el mundo está dando un giro hacia la derecha, resignifica la lectura de la realidad narrada por Atwood hace más de treinta años, y le da cierto carácter de actualidad medio aterrador.

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Una guerra civil en Estados Unidos, funda la República de Gilead. Un régimen totalitario, fundamentalista, teocrático, basado en valores puritanos. Las mujeres pierden todo tipo de derechos de ciudadanas civiles, y ahora son propiedad del estado. Ya no son habilitadas para tener trabajo, autonomía e identidad. La crisis de natalidad basada en factores ecológicos, tecnológicos y morales, hacen que queden muy pocas mujeres fértiles. Estas son tomadas como criadas por familias acomodadas, cuyo único valor son sus ovarios para quedar embarazadas y darles hijos a los comandantes. Las lesbianas son acusadas de traidoras al género (los homosexuales también), y por lo tanto exterminadas, a no ser que sean fértiles, porque así le son útiles al estado.

La serie de diez episodios, elige un rostro para contarnos la historia, a través de la épica actuación de Elisabeth Moss, quien interpreta a June, una chica que antes era independiente con una pareja y una hija, aunque no se veía venir lo que estaba por acontecer. Con el golpe de estado, es separada de su familia, y entregada a la pareja del comandante Waterford (Joseph Fiennes), y su esposa Serena Joy (Yvonne Strahovski), como esclava sexual, solo con fines reproductivos. Todo esto, es justificado por el relato bíblico de Jacob, donde Rebeca, estéril, le ofrece su criada para darles hijos a él.

June, que ahora es rebautizada Offred, no tiene salida ante un patriarcado tan opresor que logra una población sumisa y funcional a un estado monstruoso. Es vestida como criada y solo le quedar armar alianzas entre pares, que forman una especie de casta de mujeres que solo sirven para repoblar el planeta. Es ahí donde la resistencia comienza a emerger, desde la absoluta clandestinidad. Hay esbozos revolucionarios “No deberían habernos dado uniformes si no querían que formásemos un ejército” afirma la protagonista.

La historia es una crítica social que posibilita contextualizar a cada uno de los personajes, tan complejos y contradictorios,  que hasta el espectador termina sintiendo empatía con los villanos cuando demuestran sus flaquezas o dudas. En especial por Serena Joy, la esposa obsesionada porque Offred la convierta en madre, o la Tía Lydia, una entrenadora de las criadas, tan tirana como fundamentalista, aunque por momentos vacila.

Si bien, estamos ante una historia de ciencia ficción distópica, no se aleja mucho del objeto sexual y reproductor que se le adjudicó a las mujeres de manera monopólica, a través de los siglos. El patriarcado, se sirvió para disciplinar el cuerpo femenino y exhibirlo cuando es objeto de consumo, o taparlo cuando debe ser “sagrado”. El régimen dictador de The Handmaid’s Tale, está fundamentado en relatos biblícos, que son las raíces de nuestra cultura judeocristiana, y esto fue reproducido a partir de las performatividades de los géneros. Es un relato del efecto que produce el miedo en la población, ante las pérdidas de derechos: la sumisión, la indiferencia y el negacionismo. June se pregunta: “¿Cómo dejamos que nos hicieran esto?” Eso familiar que pudo ser advertido y ahora se vuelve opresor es lo que le da su efecto de siniestro.

Las luchas del feminismo durante estos años, se encargaron de visibilizar la opresión patriarcal,  y están dando sus frutos dentro de los productos culturales de alcance masivo. Estas ficciones, tan vistas alrededor del mundo, ubican a los personajes desde el punto de vista femenino, insertos en un contexto que refleja la violencia machista al que son expuestas las mujeres en su vida cotidiana. Posibilita la interpelación de un sistema de relaciones sociales de género que está naturalizado y aportar a un proceso de deconstrucción de cierta lógica hegemónica.

Aunque falta mucho camino por recorrer, en el cine maisntream los personajes femeninos, todavía tienden a ocupar ese rol de objeto puesto para la mirada, no así en el cine independiente. También, si bien es un avance, este tipo series desarrolla historias centradas en mujeres blancas, heterosexuales y cisgénero. El trayecto a posibilitar la apertura a personajes protagónicos en series industriales de identidades lésbicas y trans, aún es largo, aunque hay ejemplos como Sense8 de las hermanas Wachowsky  que han abierto el juego y eso podría ser un buen signo.

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