El nombre no es destino

por SaSa Testa

Simone de Beauvoir supo decir algo que hoy es casi un refrán: Mujer no se nace, se hace y se llega a serlo. Bueno, hombre tampoco se nace. Bienvenido, siglo XXI. En realidad, no podemos decir que “se nazca algo”. Solamente se nace.

Y sin embargo, lo que tenemos entre las piernas nos asegura que tendremos un nombre y no otro. La biología no será destino, pero sirve de bautismo nominalista. Por esa razón, las personas que me engendraron decidieron ponerme “Sabrina” y, como el apellido que se carga siempre es el de la subjetividad que porta el pene (no necesariamente falo), me apellidaron “Testa”.

Mis progenitores, así como sus progenitores habían hecho con ellxs, intentaron hacerme aquello que mi nombre y la biología decían que tenía que hacerme: mujer. Mi primer recuerdo vívido es de cuando tenía tres años y mi vieja me encajó un vestido de jean, con unas medias largas de color blanco y zapatos tipo Guillermina. Lloré toda la tarde hasta que me lo sacaron. El inicio de mis memorias viene de la mano del llanto y de la negación a hacer de mi cuerpx un eterno femenino.

El paso por la escuela no fue más amable conmigo que aquel recuerdo primigenio: como iba a una escuela privada (sí, yo caí en el escuela privada y, encima, religiosa), tenía que usar un uniforme que tenía pollera, camisa y corbata. Mis sentimientos estaban divididos: amaba la parte de arriba; odiaba la parte de abajo.

Por suerte, nunca fui muy fácil de llevar y en cuanto tomé conciencia de que me estaban obligando a vestirme como el sistema decía que tenía que hacerlo, me rebelé y le pedí autorización a lx directorx para dejar de ir con pollera y empezar a usar el pantalón de educación física. Me dijo que sí, pero que tenía que usar la camisa y la corbata arriba, en lugar de la chomba institucional. Genial. Pantalón, camisa y corbata. Y así empecé a ir al colegio, a pesar de que la mitad de mis compañerxs se cagaban de risa porque parecía unx ridículx. A mí me importaba un carajo. Mi comodidad valía más que sus burlas. Tenía once años, para doce.

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Para esto, ya me había sacado los aros abridores que mis viejxs me habían puesto al nacer, para que se notara que “Sabrina” era una “nena”. Tenía ocho años y le dije a mi mamá que por qué me había puesto esos aros sin haberme dejado elegir primero. “Sacámelos”, le dije. “Nunca más me voy a volver a poner aros”, le dije. Y así fue.

Mi niñez y mi adolescencia fueron el inicio de la deconstrucción de aquella construcción armada desde el nacimiento y antes del nacimiento, por herencia cultural y por el atavismo propio de la pertenencia al grupo familiar. Y como no podía ser de otra manera, salí del closet a los 17 y les dije a todxs que me gustaban las minas. Las lesbianas no son mujeres, dijo Monique Wittig. Y tenía razón…

Definirse como una persona de género fluido, en una época que solo busca certezas, es, cuando menos, la apuesta política por un futuro sin categorías que excluyan. Y es, ante todo, hacerme cargo de quién soy. Yo no soy solamente Sabrina. Yo también soy Santiago Testa y puedo hablar de mí, declinando la /o/, la /a/, la /e/ o escribiendo con /x/. Porque si hablamos de declinar, lo primero que se tiene que caer es el sistema heterocispatriarcal, que sigue sosteniendo la lógica de la dominación y del abuso de lxs cuerpxs, de la violencia amparada bajo la impunidad de un poder judicial que cajonea transfemicidios, travesticidios y femicidios, mientras condena a prisión a una mujer lesbiana que se defiende de sus agresores sexuales y después la larga, porque la presión política pudo más, pero todavía tiene que pensar si la absuelve o no. Lo llamativo es que eso no nos hace ruido.

Estas situaciones están naturalizadas al punto tal de que los medios hegemónicos de comunicación las pasan por alto. Total, las cosas son así. Unxs matan, otrxs mueren. Es la ley capitalista de lx más fuerte. Ahora, si te dan el espacio para decir que tu identidad autopercibida puede vivenciar varias experiencias simultáneas de lxs génerxs, y que por eso te llamás Santiago y Sabrina, te volvés objeto de escarnio, de patologización y de burla. Porque es más normal que nos maten a que nos dejen vivir como se nos cante el culo. Sí, el culo, ese lugar de lx cuerpx que nos iguala a todxs, a todEs.

Mi niñez y mi adolescencia fueron el inicio de la deconstrucción de aquella construcción armada desde el nacimiento y antes del nacimiento, por herencia cultural y por el atavismo propio de la pertenencia al grupo familiar.

IMG_20170715_220019Y si hablamos de igualación, no debemos olvidarnos de que la lengua, en tanto sistema de signos, no es algo dado sino que se hace y se deshace en una práctica cotidiana (y, ahora que lo pienso un poco mejor, la lengua también suele darnos un placer de esos que mejor ni mencionar). Por lo tanto, es innegable que la manera en la que hablamos hoy no será la misma que la que se hable mañana. Y no es cierto que el lexema “todEs” no exista. El lenguaje inclusivo está acá, entre nosotrxs, y si hoy ciertos sectores con una conciencia lingüística anacrónica se debaten acerca de este, evidentemente la pacatería es prueba fehaciente de un germen de existencia que, así como cualquier discurso, puja por el reconocimiento de la comunidad de hablantes. Pero existe, sí, y nos hermana. Que las instituciones no quieran legalizarlo, eso es otro cantar.

Y ahora que me acuerdo, la palabra “homosexualidad” no estuvo incluida en el archivo discursivo sino hasta fines del siglo XIX, época en la que las instituciones le dieron espacio y también el carácter de patología. Pero las prácticas homoeróticas ya se daban desde que el mundo es mundo. Hoy, tenemos matrimonio igualitario y Ley de Identidad de Género, entre otros tantos reconocimientos ganados a costa de deconstruir ciertos discursos. Lo mismo, tal vez, pase con el lenguaje inclusivo, y llegue un momento en el que, sin darnos cuenta, abramos el diccionario y descubramos que la legitimidad lingüística no es solo para algunEs sino para todEs. Igualmente, no necesitamos de un libro de definiciones para saber que somos, que estamos, que habitamos, que luchamos y no descansamos.

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