La hora de las travas

IDENTIDADES TRANS EN LA PANTALLA DEL SIGLO XXI

por Iván Paz

“reivindico mi derecho a ser un monstruo
y que otros sean lo normal”
Susy Shock

En el canon normativo de “diccionario”, las definiciones sobre las identidades de la disidencia sexual trans* se resumen en dos conceptos reconocibles: transgénero y transexual. Transgénero corresponde a aquellas personas cuya identidad de género no se adecua a su sexo asignado biológicamente. A su vez, la transexualidad refiere a aquellas personas que tampoco se sienten definidas por el sexo que les fue asignado, pero que, médicamente, han cambiado su sexualidad física con el fin de adecuarla a su género deseado. Ahora bien, en nuestro país, la tradición sudaca de lo travesti ha logrado conformar a lo trava como una identidad más dentro de la disidencia que, simplificadamente, se podría corresponder con la definición canónica de lo transgénero pero que es, en sí misma, una categoría más en términos de identidad, y es una identidad política. El ser-travesti como identidad se separa de las pretensiones de adecuarse a la binaridad sexo-genérica, en tanto no hay en las travas intenciones de constituirse a sí mismas como mujeres o varones, sino que la militancia que las caracteriza parte de la lucha por considerar a lo travesti como algo separado de aquel binarismo, y como identidad en sí misma. La mayor exponente en los últimos años en términos de la constitución de lo trava fue la gran Lohana Berkins, quien supo sintetizar en su cuerpo y su militancia lo que es la identidad travesti. Lohana se preguntaba, textualmente, por qué elegir entre los dos géneros, “como si estos géneros fueran la panacea del mundo, uno por opresor y la otra por oprimida”. Su autopercepción, que se ha ido modificado con el correr de los años, partió de la lucha por el derecho a decirse mujer, y culminó, hacia el final de su vida, con la reivindicación de lo travesti por sobre toda otra identidad normativa. Lohana se sentía, se decía y viviía como trava. En consonancia con el imaginario social, aquí lo travesti está (por su historia) asociado al trabajo sexual, es decir, al flagelo de la prostitución. Como tal, se constituyó desde sus orígenes, como mencionábamos, en una identidad muy política.

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Lohana Berkins fue una activista transgénero argentina, ​​ defensora e impulsora de la identidad transgénero.

Ahora bien, en la tradición yankee, de la cual proviene gran parte de la teoría epistemológica de lo trans*, el término transvestite refiere a cualquier persona que viste de formas que convencionalmente pueden ser atribuidas al sexo puesto, y que actúa en consecuencia. Es un término que no deja de estar ligado a concepciones médicas, al igual que la transexualidad en sí misma, que está ligada a percepciones medicalizadas de las identidades de las personas. No refiere tanto a una identidad, más sí a una práctica. Lo transvestite está asociado a la práctica de aquello que denominan cross-dressing, y refiere más que nada a hombres, usualmente heterosexuales, que llevan a cabo susodicha práctica con fines sexuales (fetichistas) o como una forma de desafío de los estándares sociales, podríamos pensar, como el personaje de Max Klinger en la vieja serie M.A.S.H.

Como vemos, este intrincado juego de definiciones e identidades presenta una complejidad en sí mismo que, en muchas ocasiones, presta a confusiones. Actualmente, en nuestro país, los movimientos de la disidencia sexual se están cuestionando a sí mismos ciertos límites y ciertas costumbres en lo que hace a sus propias conformaciones como movimientos. Así como las mujeres de los feminismos exigen que sus espacios de lucha sean ocupados por mujeres, y exigen a los hombres que su militancia comprenda un cuestionamiento de sus privilegios, los movimientos trans* han comenzado a cuestionar el problema de las voces. ¿Quién puede hablar sobre las personas trans*? ¿Tienen los hombres y mujeres cisgénero derecho, formación, experiencia suficiente como para estudiar a lo trans*? ¿Los hombres gays, como miembros de las comunidades sexuales disidentes, pretenden tomar palabra en los estudios de lo trans* y hablar por todas aquellas personas que, en última instancia, quedan reducidas a sujetos de estudio?

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Naty Menstrual es artista integral, escritora, artista plástica y diseñadora.

¿Faltan personas trans* en la academia, o sobran personas de la academia que se arrogan el derecho a hablar de lo trans*? Todas estas preguntas, así como aquellas que refieren a las alianzas entre los movimientos trans* y los feminismos, entre otras cosas, se encuentran constantemente en boga. En términos culturales, el uso del arte como herramienta política es algo muy común en dichas comunidades de nuestro país: como experiencia dentro de lo travesti, tenemos a la Cooperativa Arte-Trans, fundada y dirigida por la artista trava Daniela Ruiz, que nació como medio de lucha contra la marginación. También, contamos con la performer transudaka Susy Shock, a quien podemos ver asiduamente en Casa Brandon, en la Ciudad de Buenos Aires, regalándonos su voz, y del mismo palo proviene Naty Menstrual, otra transgresora artista integral. Marlene Wayar, discípula de la política Lohana Berkins y exponente de la comunidad trans*, estaría de acuerdo en considerar al arte como medio de expresión de las comunidades, como herramienta de lucha (http://www.revistaanfibia.com/cronica/fluidos-trans-arte-y-performance-queer). Nuestra tradición cinematográfica, como fue mencionado en el artículo Cine argentino y diversidad sexual  ha dado cuenta de un activo rol del travestismo en la narrativa de nuestra ficción. En la segunda parte de dicha nota se sigue indagando al respecto. En la televisión, muchos recordaremos al no tan feliz personaje de Florencia de la V en Los Roldán, una de las pocas (sino la única) experiencia trans* que nos ha narrado la pantalla chica. Como vemos, para ser un país que alberga a la tradición trava como identidad política, la historia de nuestro cine responde, contadas pero no por eso despreciables veces, a las demandas de la historia. Nuestra televisión, no tanto. Partiendo de todos estos cuestionamientos, yéndonos desde nuestra tradición hacia los terrenos de la industria cultural masiva, indagaremos cómo las identidades trans* son tomadas desde las pantallas (el cine, las series televisivas) y cómo, en este siglo XXI testigo de la queerización de las comunidades, les debemos a las identidades trans* más historias de las que podamos reconocer.

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Flor de la V, actriz, conductora y directora trans, en la piel de Laisa Roldán. Los Roldán, 2004.

transparent (1).jpgEn principio, ¿qué ha sido, en los últimos 20 años, de la representación de lo trans* en la pantalla hegemónica? Para comenzar el análisis, propongo tomar lo que considero son dos casos paradigmáticos sobre el tema: la serie televisiva Transparent, y la premiada película The Danish Girl. Transparent, la también cuantiosamente premiada serie de Amazon Studios creada por Jill Solloway, nos narra la historia de la tardía conversión de Mort, el personaje principal interpretado exquisitamente por un talentosísimo Jeffrey Tambor, a Maura. Ex profesor, padre divorciado de tres hijos, la serie comienza por mostrarnos los primeros pasos de la metamorfosis de Morth hacia Maura, la mujer transgénero con la que compartiremos las primeras tres temporadas. (Ex) patriarca de una disfuncional familia californiana, Mort/Maura nos plantea emocionantes facetas de una mujer trans* que comienza por no saber cómo “salir del clóset” (de las travas) ante sus hijos, y que culmina, hacia el final de la tercera temporada, planteándose a sí misma la necesidad de someterse a una cirugía de cambio de sexo. Con tintes de comedia y no pocas situaciones dramáticas, llevándonos a recorrer además la vida de sus hijxs y la influencia de la familia en la constitución de Maura como persona, Transparent es una propuesta transgresora y, personalmente, una de las series que más me ha conducido a pensar los vínculos entre el género y la pantalla. Por otro lado, The Danish Girl, protagonizada por un Eddie Redmayne nominado a mejor actor en los premios Óscar, nos cuenta la historia del drama de la pareja de artistas daneses Einar y Gerda Wegener, cuya vida da un inesperado giro cuando Einar, sustituyendo a una de las mujeres modelos femeninas de su mujer, comienza a tomar un gusto especial por sus apariencias femeninas, y es testigo de cómo los retratos de su mujer son un éxito comercial. Lo que en principio comienza como una aventura decantará, a lo largo del filme, en una metamorfosis intensa e inesperada para Einar, quien nos relata en primera persona las vivencias de su verdadera yo, Lili Elbe. Como vemos, ambas historias narran la transición en dos personas que, en primera instancia, ostentan determinados privilegios de clase. Esto es, quizás, lo que les permite contar historias que trasciendan a la mera supervivencia, a las condiciones materiales de existencia, y se encaminen directamente en los sendos caminos de la más pura subjetividad. En ambas historias, además, hay muchas otras cosas en común: transformaciones inesperadas, lugares comunes y poco comunes, hombres que dejan de serlo, mujeres que devienen, y dos aclamados y brillantes protagonistas. Sí: dos hombres. Dos hombres interpretando a personas trans*.

UK_DanishGirl_Payoff_1Sheet.jpgEn este siglo, la industria cultural pareciera haber tomado partido por la necesidad de contar la historia de las personas trans*, sobre todo las mujeres. Considero a Transparent y The Danish Girl como ejemplos paradigmáticos de esto no sólo por las múltiples nominaciones y premiaciones que han recibido, sino por las excelentes performances que nos presentan y las muy bien narradas historias que las componen. Sin embargo, haciendo un recorrido por el principal repertorio de historias trans* en la pantalla, notamos que la tendencia se profundiza: hombres y mujeres cisgénero, en la mayoría de los casos heterosexuales, interpretando a hombres y mujeres trans*. Lo hemos visto a comienzos de siglo, por ejemplo, en Todo sobre mi madre (1999) de Pedro Almodóvar, cuya historia se basa en la travesía del personaje de Cecilia Roth tras la muerte de su hijo para encontrar al padre del mismo, una mujer trans* llamada Lola e interpretada por Toni Cantó, cuya amiga Agrado, otra mujer transexual, es interpretada por Antonia San Juan. Lo vemos también en Boy’s Don’t Cry (1999), la biografía de Brandon Teena, un hombre trans* que fue violado y asesinado en Nebraska y que es interpretado en la pantalla por Hilary Swank, rol por el cual fue premiada por la Academia (además de aquel reconocido de Million Dollar Baby). En la adaptación fílmica del musical Hedwig and the Angry Inch (2001), John Cameron Mitchell adopta el doble rol de director y protagonista al ponerse en la piel de una transgénero alemana líder de una banda de rock que sobrevivió a una fallida operación de cambio de sexo, contándonos la historia de sus desventuras en el amor y los negocios y llevándonos a explorar su pasado y su identidad. Normal_FilmPosterTenemos, también, a Normal (2003), que nos narra la historia de Roy, de cómo se constituye como mujer encerrada en el cuerpo de un hombre (casado con Jessica Lange, vale mencionar) e interpretado por Tom Wilkinson; Transamerica (2005), película independiente estadounidense que nos cuenta cómo Bree, una mujer trans interpretada por la mujer cis Felicity Huffman descubre, a punto de someterse a una vaginoplastía, que tiene un hijo que busca a Stanley, su identidad “anterior”; y no podemos olvidarnos, por supuesto, del éxito de Jean-Marc Vallée, Dallas Buyers Club, y el personaje transexual de Ryon interpretado mágicamente por un inspirado Jared Leto. Como vemos, el patrón se repite. También más al norte, desde Canadá, e incluso desde París, en el viejo contintente, hay dos películas, en mi consideración, excelentes: Laurence Anyways (2012) de Xavier Dolan, y une_nouvelle_amie_the_new_girlfriend-829295087-large.jpgUne nouvelle amie (2014) de François Ozon. La primera de ellas nos narra la historia, ambientada entre fines de los ’80 y principios de los ’90, del amor imposible entre una chica llamada Frederique (Fred), y Laurence, un novelista y profesor de literatura que nos va develando su profundo deseo de convertirse en su verdadero ser, una mujer, y que es interpretado por el francés Melvil Poupaud. A lo largo de casi tres horas, nos ubicamos en la perspectiva de Fred para entender cómo la vida de Laurence ha sido una mentira, teniendo que comportarse como hombre sin sentirlo realmente, y cómo es que toma la decisión de rectificar dicha situación, acompañado obviamente por los dramas y contratiempos que debe afrontar. La obra de Ozon, una fiel muestra del estilo rebelde y transgresor del director, se aleja quizás demasiado de la épica espirituosa de Dolan (que ya nos devela con el propio nombre de la película, la cual acaba con la bella alocución “c´est Laurence Anyways” y que hace referencia constante a la importancia de la esencia real de las personas) y se centra en las fronteras del drama erótico, narrándonos cómo el personaje de Claire descubre el secreto mejor escondido de su fallecida amiga Laura, el cual comprende la verdadera identidad del marido de ésta última, David, ex príncipe azul devenido en mujer transexual, Virginia. La amistad clandestina que se forjará entre ambas, interpretadas por Anaïs Demoustier (Claire) y el francés Romain Duris (David/Virginia), sienta las bases de un subversivo y entretenido filme quizás demasiado poco político. En ambos casos, distintas perspectivas sobre personas trans* en distintos lugares del planeta se aúnan, nuevamente, con la tendencia que venimos analizando: personas trans* (muy bien) interpretadas por hombres cisgénero.

Como buena regla, dicha tendencia tiene también sus excepciones. En la pantalla grande, la película Tangerine (2015) de Sean Baker (padre del delirante Greg the Bunny) presenta a Sin-Dee Rella, una trabajadora sexual transgénero que descubre a su novio y proxeneta engañándola con una mujer cisgénero. Filmada en primera persona íntegramente con smartphones iPhone, la película nos propone un divertido drama a través de la aclamada performance de Kitana Kiki Rodríguez, la mujer trans* encargada de dar vida a nuestra protagonista. Escapándonos a la TV, este año pudimos ver a la ambiciosa producción When We Rise, una miniserie basadas en la autobiografía del mismo nombre escrita por Cleve Jones, viejo pionero y militante de los derechos LGBT en EE.UU. quien trabajó, entre otras cosas, codo a codo con Harvey Milk. La propuesta de When We Rise es interesante en dos sentidos: por un lado, nos muestra el verdadero rol que las mujeres transgénero (en su mayoría negras, también latinas) tuvieron en los eventos previos que dieron forma a los disturbios de Stonewall, que, como sabemos, fueron la primera ocasión en la historia de los EE.UU. en que la comunidad LGBT luchó contra la opresión del sistema, y que son reconocidas como el nacimiento a nivel mundial del movimiento moderno LGBT. Por otro lado, en la serie podemos ver a la actriz Ivory Aquino, quien interpreta a la activista trans* Cecilia Chung y que decidió, previo a aceptar dicho papel, develar al mundo que es realmente una mujer transgénero. En ambos casos, tanto Tangerine como When We Rise son dos instancias en las que, efectivamente, podemos ver a personas trans* interpretando a personajes trans*. Sin embargo, ¿es suficiente? Por supuesto que no.

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En el año 2016, en la 68° entrega de premios Emmy, Jeffrey Tambor, el protagonista de Transparent, fue (debidamente) galardonado con el premio de mejor actor principal en comedia por su rol de Maura, una mujer trans*. En su discurso de agradecimiento, pronunció unas palabras que no quiero dejar de mencionar, que me llevaron en su momento a pensar con profundidad la cuestión de las identidades trans* en la pantalla, a escribir sendos trabajos sobre la relación imagen-género en Transparent y, en última instancia, inspiraron esta nota. Tambor dijo:

No voy a decir esto bellamente. Pero a ustedes, productores y dueños de cadenas, y agentes, y mentes creativas, por favor den una oportunidad al talento transgénero. Denles audiciones. Denles su historia. Hagan eso. Y también, una cosa más: yo no estaría descontento si fuera el último hombre cisgénero en interpretar a una mujer transexual en la televisión. Tenemos trabajo que hacer.

El desafío está planteado. Desde nuestro lugar sudaca, seguramente le debamos a la furia trava muchas historias que contar. El problema de las voces, del debate de quién habla por quién, está latente hoy en día en las comunidades de la disidencia sexual. El arte y la cultura, tal vez, deberían hacerse un eco más fuerte respecto al rol que queremos que las identidades trans* jueguen en dichos ámbitos, respecto de cómo y para qué. El siglo XXI trajo aparejado un estallido de las luchas de las mujeres, de las reivindicaciones de los movimientos LGBT y los alcances de la recepción que las sociedades tienen para con dichas comunidades. En términos de la pantalla, el cine y la televisión no han quedado exentas de dicha tendencia, y en lo que refiere a las personas trans*, aún menos: de eso hemos intentado dar cuenta aquí. Sin embargo, el hecho de que, como dijo Jeffrey Tambor, aún no podamos garantizar plenas oportunidades a los talentos transgénero es parte del desafío que aún tenemos por delante. Deseamos que el cine y la televisión, en EE.UU. y en Europa y por supuesto aquí, no sólo sientan la responsabilidad de contar historias trans*, sino que también consideren necesario que las cuenten sus verdaderxs protagonistas. El objetivo es que la lucha contra los roles de género, para todos los que sentimos que el arte también es combate, no se quede sólo en las performances, sino que sea también una forma de garantizar el acceso a más oportunidades para todxs aquellas personas que, ya sea dentro o fuera del binario, desean expresar lo que realmente son. Queremos más Jeffrey Tambor, más Eddie Redmayne haciéndonos reir y emocionar hasta las lágrimas, sí: pero también queremos más Kiki Rodríguez e Ivory Aquino. Y que sean mayoría. Porque como decía Lohana Berkins, el tiempo de la revolución es ahora.

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