Guillermo Pfening: Un personaje hecho a medida

por Leo Murolo
fotos por: John Harris

Guillermo Pfening es actor y director, sus trabajos en cine, televisión y teatro se destacan por la profundidad en la construcción de los personajes, dimensión que lo llevó a obtener premios como el Cóndor de Plata en 2013 por Wakolda y el de mejor actor por su protagónico en Nadie nos mira en el Festival de Cine de TriBeCa de Nueva York, creado por Jane Rosenthal y Robert de Niro en 2002. El jurado estuvo integrado entre otros por Willem Dafoe, quien acompañó el premio con elogiosas palabras hacia su trabajo.

Vimos su rostro en películas como Wakolda, Caíto, El Patrón, Nacido y Criado, Tiempo Muerto, entre otras. Por estos días estrenó en Argentina Nadie nos mira, una comedia dramática en la que compone a Nicolás, un personaje “construido a su medida”, según Julia Solomonoff, la directora del film. Su personaje es un actor argentino que huye de una historia de amor inconclusa y emigra a Nueva York con la promesa de realizar una película que nunca se concreta. En la eterna víspera se ocupa de cuidar el hijo de su amiga. Como babysitter ocasional experimenta una vida ignota diferente a la de celebridad televisiva que tenía en su país. El duelo por un amor que no quería ser mirado signa sus contradicciones.

En la presentación de la película en Buenos Aires la directora decía que tu personaje se trata de un rol hecho a tu medida. Sabiendo que te involucraste en la realización desde el comienzo, ¿Cómo fue la génesis de la película y cuánto te involucraste en ese proyecto?

La génesis fue casi en el 2010 cuando el proyecto era diferente, cuando nos juntamos con Julia en un bar con otra productora que no es la que terminó siendo y era la historia de dos hombres y una mujer. Después, un día Julia me mandó un mail donde me dijo que la película iba a ser otra. De alguna manera creo que Julia fue encontrando la película. Si bien el guión estaba totalmente escrito, creo que este proceso de filmar durante cuatro o cinco meses -porque tuvimos que esperar cada estación- Julia lo terminó aprovechando de una manera muy jugosa porque terminó descubriendo mucho más qué es lo que de alguna manera quería contar y cómo lo quería contar. Entonces esto que ella dijo como un traje hecho a medida, es algo que de alguna manera fuimos confeccionando en el rodaje. También en ese traje a medida hay cosas que se quedan afuera. Me siento muy parte del proceso de toda la película porque estuve muy involucrado pensando junto con Julia qué necesitaba el personaje y lo que aportaba era desde mí, después Julia lo acomodaba a su película.

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Cuando se realiza un traje a medida tiene muchas pruebas en el medio, por lo tanto también se va modificando. A la vez uno cree desde afuera de la actuación que todo rol es un desafío, ¿qué desafío presentó para vos tener que componer a Nicolás? 

El desafío es porque pareciera que uno nunca sabe qué le está pasando a Nicolás y eso es difícil para un actor porque es un montón de cosas: es un actor, es babysitter, tiene esta cosa de mentirse a sí mismo, de mentirle a los demás, de crear una vida que no es, y a la vez parece que nada de eso es tan importante. Me parece que lo más difícil a veces de interpretar son las cosas que son un poco tibias, la vulnerabilidad, porque enseguida uno puede caer en una víctima y creo que Nicolás, como es un poco todo, por momentos es víctima por momentos es héroe. Cuando arranca la película cree que está bien o muy fortificado, de a poco se va derrumbando y de repente le encuentra una vuelta al final. Eso me parece lo más difícil, de alguna manera el tono me parecía complicado.

¿Cómo fue filmar en Nueva York, cómo fue ese escenario, formó parte de la película como un personaje más? 

Fue mucho más sacrificado que filmar en Buenos Aires. Primero porque el presupuesto que teníamos para filmar en Nueva York era mínimo. Para Argentina puede ser mucho, pero para Nueva York es mínimo. Cuando vas a Nueva York todo lo multiplicás por quince, como cada agua que tomás. Todo termina siendo carísimo. Algunas cosas terminan siendo al mismo precio que acá, pero lo que quiero decir es que nos las tuvimos que ingeniar en un montón de cosas. Por ejemplo, un permiso lo teníamos durante cuarenta minutos en un lugar porque sabíamos que la policía en ese momento no iba a estar ahí y había un montón de cosas que teníamos calculadas. A la vez fue muy lindo y muy fluorescente, como descubrir una ciudad que al menos no conocía de esa manera.

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La recorriste en bicicleta, Nicolás anda mucho en bicicleta.

Claro, anda mucho en bicicleta. Cruzar todos esos puentes en bicicleta, que en la película se me ve una vez pero lo crucé como diez veces justo cuando pasaba el tren y un montón de cosas que eran muy agobiantes. Tomarme el subte a las seis de la mañana y volver a mi casa a las nueve de la noche, cero comodidades. No digo lujo, porque uno no está acostumbrado al lujo en Argentina, pero al menos estás en tu ciudad. De alguna manera se me metió el personaje eso es lo que me ayudó a estar tanto tiempo allá. Inclusive la producción me mudó de barrio -más o menos cada un mes me mudaba- eso me ayudó a tener una comprensión un poco más global de lo que era la ciudad, estar en diferentes barrios y de alguna manera en diferentes maneras de vivir.

Una ciudad muy diversa, Harlem, Bronx, el Centro, son lugares muy diferentes. 

Muy diferentes, es como que Nueva York pareciera una ciudad que es el mundo. Un parte representante de cada país está ahí. Es lo que pasa todo el tiempo, era impresionante cuando me tomaba el subte a la mañana, a la noche o a la tardecita para volver a mi casa, había personas de todas partes del mundo, lleno de latinos y luego depende para dónde vayas. Si vas para Queens está lleno de latinos y de orientales, no había un americano. Tenías que hacer una cuadra para encontrar un americano. Es una ciudad que la mueve la inmigración, que de alguna manera son quienes laburan.

Después de ver la película hablé con algunas personas que coincidían en que les había generado una suerte de tensión, de una angustia constante, ante aquel escape de un desamor. Al margen de estar contaminado de haberla hecho, ¿qué te genera a vos ver la película como obra?

Esa sensación de angustia… Es como que ya me fijo en otras cosas. Nunca me puedo relajar como para ver la película. A mí me divierte mucho verla, lo que sí pienso es que quedó como una obra que tiene sentido en sí misma. Es decir, si vos la desmenuzás -yo la vi siete veces- entendés como un motón de cosas, inclusive cosas del vestuario. Pudimos hacer una obra que tiene sentido en sí misma, de alguna manera da una vuelta entera. Siento que es una película que habla básicamente del amor y del desamor, y creo que básicamente es una película que habla de una persona en crisis. De alguna manera es como la superación de una crisis, eso es lo que me cayó más de la película.

Sos un actor premiado, ganaste el Cóndor de Plata, como director ganaste de muy joven el Festival George Méliès. ¿Cómo son esos acontecimientos, los sentís como bisagras, como incentivos?

Fue muy loco porque siendo actor el primer premio que recibo es como director. Y recién en Wakolda, que fue en 2013, es que recibo un premio como actor. No me interesaban tanto los premios. Sí hay algo de los premios que te legitima, que piensen en vos.

A veces se cometen injusticias con los premios, creo que hice un buen protagónico al menos para que se haya tenido en cuenta como revelación en los premios y se pasó por alto. Después te das cuenta que nominan a gente para que vaya al evento ¡a cada actor o a cada actriz! Entonces ahí decís me chupan un huevo los premios, pero después cuando te los dan te gusta (risas).

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¿Cómo fue haber ganado el premio al mejor actor en el Festival de TriBeCa de Nueva York?

Estrenar la película en Nueva York con todos los compañeros ahí fue algo increíble. El premio fue re loco, fue muy mágico y muy lindo. También que Willem Dafoe, que había sido el jurado, observe tu trabajo con detenimiento y te diga las cosas que me dijo, de alguna manera todo cobra sentido. A veces en Argentina se desdibuja un poco eso, las prioridades o los órdenes están un poco trastocados. Está buenísimo, es un mimo.

Viendo tu recorrido en películas y cortos, como actor y director, ¿Podemos decir que sos más del cine que de la tele?

No sé, se está dando así de alguna manera, digamos que se fue dando así. En realidad hice antes cine que televisión, fui un poco mixturando la cosa. Una cosa fue trayendo a la otra, pero me gusta el teatro, me gusta la tele y me gusta el cine. La verdad que me gusta hacer todo.

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¿Estás pensando en dirigir otra película?

Sí, estoy escribiendo dos películas. Una es la continuación de Caíto y la otra es una película sobre cirugías estéticas, que trata sobre lo plástico como una manera de envejecer. Un interés que viene por cosas que observo de la realidad y que lo ves cuando prendés la tele.

¿Qué creés que tiene de distintivo el cine argentino en comparación con otros?

En general es una mirada de autor, que todos los cines de todos los países tienen porque hay un cine norteamericano independiente que también tiene eso. Me parece que el cine de autor tiene cierta honestidad, no sé si es “verdad” la palabra pero depende de quién lo mire también porque hay gente que se identifica directamente con una película yanqui de estudio y se identifica con esos tiempos y con ese sistema de montaje porque están acostumbrados a eso. Una de las grandes falencias que tenemos en Argentina es que el público no está educado con nuestro cine, no está educado con nuestras imágenes, no hay en la escuela primaria una educación audiovisual y para contrarrestar lo que se te mete todo el tiempo de afuera. Hay pibes que no conocen otra manera de ver, de pensar, de escuchar el cine. Que hay otros temas. Está todo muy mediatizado, y eso les entra por todos lados, entonces cuando ven algo con otros tiempos, con otros colores, con otro sonido, les aburre.

¿Qué pensás del rol del Estado en relación a la actividad audiovisual?

Estoy de acuerdo con que el Estado tiene que regular algunas cosas, en este caso las industrias culturales. Te puedo contar que tengo millones de amigos que ahora están en crisis económica, crisis de todo, dando de baja cosas que estaban establecidas en sus vidas desde hacía años, porque no pueden solventar la vida como “nos hicieron creer que podíamos”. Como eso que dijeron que “les hicieron creer que podían comprar un plasma”, bueno, a nosotros nos hicieron creer que podíamos vivir de lo que queríamos y hay un montón de gente que tiene que volver a trabajar en un bar.

Porque la industria audiovisual se cayó, se desplomó, y eso es lamentable. Y no creo que sea por errores que se cometieron que tienen que ver con adjudicaciones de créditos en un concurso. Por ejemplo, todo lo que pasó con Andrea del Boca -que la novela era paupérrima-, con la excusa de que se iba a elevar la telenovela argentina en el mundo y la verdad es que fue un bochorno. Los mismos actores que la estaban haciendo se reían de lo que hacían. No sé si eso no hubiera pasado, no estaríamos pagando el precio de que los concursos se hayan bajado directamente. Pero esta democratización del audiovisual que había en cuanto a que cada provincia pudiera contar su historia, su orígenes y podía plasmarlos en una pantalla de tele o de lo que sea se cayó a pedazos. Entonces ahora todo vuelve a estar centralizado en Buenos Aires y hay poca producción. Ojalá que esto sea un traspié por lo que tenemos que pasar para ir a otro lado, porque es una industria muy grande, son un montón de familias que comen y viven de esto.

  • NADIE NOS MIRA: ENTRE SER Y ESTAR La directora Julia Solomonoff (El último verano en la Boyita) presenta en Nadie nos mira una película a la que no le sobra nada: una escena, un diálogo, un escenario. Filmada casi íntegramente en Nueva York, la historia transita las cuatro estaciones situando la ciudad como un personaje más. Se trata de una historia de amor, de desamor, identidad y furia.

    La metáfora de no ser visto atraviesa la película entre escenas propias de la comedia y del drama. Un amor negado por uno de los amantes relega al otro a la huida. Es allí cuando el personaje de Nicolás (Guillermo Pfening), un actor muy popular en Argentina por protagonizar la telenovela del horario central, emprende un viaje incierto. No ser visto implica en primer lugar dejar la popularidad y la fama para recluirse en la posibilidad de filmar una película en Nueva York que nunca se concreta.

    Nicolás trabaja como babysitter del hijo de su amiga Andrea (Elena Roger) y de mozo, mientras busca de manera incansable la posibilidad de oportunidades como actor. La construcción de su personalidad se asienta entre la mentira y la realidad. Por un lado el relato de una vida que no existe pero que erige para contarle a su madre, a amigos y compañeros de trabajo. Asimismo, su mismidad puede encontrarse en la relación que genera con Theo, el bebé que cuida, tan cercana y genuina que sus miradas parecen construirlos el uno al otro.

    No ser visto en televisión, en cine ni en las cámaras de seguridad de los supermercados donde roba pequeñeces, son las metáforas más cercanas. No ser visto, finalmente, por Martín (Rafael Ferro), la persona que ama y que lo niega ante la mirada de los demás, es el grado cero del dolor que lo motoriza para buscar y buscarse tan lejos de su país en donde no está pero el único lugar donde puede ser él mismo.

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