Pensar al otro

por Pablo Stanisci

Todos nosotros, a cada momento, vemos nuestras vidas en continua relación con infinidad de sensaciones, sentimientos y acontecimientos. Al salir al mundo, nos vemos envueltos en constantes relaciones personales, donde la mayoría de las veces desconocemos al que tenemos delante. Es el “otro”. No importa cuantas “máscaras de civilidad” usemos para enfrentar lo cotidiano, es imposible no construir inconscientemente figuras impregnadas de todos nuestros prejuicios y temores. Esa construcción, como toda aquella realizada por humanos, no puede escapar al contexto histórico en la que está inmersa.

En este artículo nos ocuparemos precisamente de indagar en la construcción que se hizo de ese “otro” en la Argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX, por parte de un grupo de intelectuales y escritores, posteriormente llamados “Generación del 80”. Un grupo poco homogéneo, sin dogmas o doctrinas en común, pero sí con un contrincante claro: el inmigrante europeo. Quienes pondrán en juego las más diversas herramientas, para conformar aun extranjero que sirva de chivo expiatorio a todos los males de la sociedad argentina. Una sociedad que estos notables pertenecientes a las elites porteñas, practicantes de las profesiones liberales más reconocidas como médicos y abogados, miraban desde arriba, dándose ellos mismos el papel de rectores de las buenas prácticas morales y como los únicos calificados para reinterpretar el pasado joven nación.

Una Argentina en pleno proceso de modernización, donde las transformaciones eran presenciadas y sufridas por sus ciudadanos. Un país que deja cada vez más atrás a su pasado colonial, para enfrentarse al futuro como la mayor potencia agroexportadora de Hispanoamérica. Este alejarse del pasado para abrazar lo moderno, no fue siempre bien recibido por las elites tradicionales, en especial ese relativamente nuevo sistema de gobierno llamado democracia.

Dentro dela “Generación del 80” hubo dos grandes constructores de “otredades”. Uno de ellos fue Miguel Cané (1851-1906), célebre y agudo escritor, famoso por su novela La Juvenilla (1884) y por ser el redactor de la Ley de Residencia. En los textos de Cané se sufre esa nostalgia por el pasado, por el abandono de las buenas costumbres, se lamenta  en Prosa ligera, editado en 1903 “… ¿Dónde [están] aquellos esclavos emancipados que nos trataban como a pequeños príncipes (…) sin más preocupación que servir bien y fielmente?…” Los cientos de miles de inmigrantes llegados a estas tierras eran vistos por Cané como una verdadera “marea”, que todo lo arrasa: tradiciones, modales, costumbres locales y tienen el tupé de reclamar derechos, como puede leerse en la continuación de la cita anterior “Hoy nos sirve un sirviente europeo que nos roba, se viste mejor que nosotros y que recuerda su calidad de hombre libre apenas se lo mira con rigor.”. Aquí no solo aparece la figura del europeo pobre que vive en el conventillo, sino del burgués que triunfa y se acerca a los círculos aristócratas porteños. Estos empresarios son tachados de “…guarango democrático enriquecido en el comercio de suelas…”, el cual dentro del salón de baile no es más que un “grosero ingénito”. El autor observa una invasión cosmopolita incluso en el tratamiento de la mujer, figura que toma como símbolo central para representar todo lo bueno de la patria. El extranjero es asimilado a la bestia que vulnera la entidad inmaculada femenina y demuestra su desprecio en un fragmente del relato De cepa criolla (1884) “No tienes idea de la irritación sorda que me invade cuando veo una criatura delicada, fina, de casta, cuya madre fue amiga de la mía, acosada por un grosero ingénito, cepillado por un sastre, cuando observo sus ojos clavarse bestialmente en el cuerpo virginal que se entrega en su inocencia…”

Otro intelectual que dedicó varias líneas de su obra al inmigrante fue Eugenio Cambaceres (1843-1888). Una vez más el anhelo por el pasado colonial ideal es perceptible. En su novela Sin Rumbo (1885), el dandy que tiene por protagonista, no es más que la figura arquetípica del terrateniente que nada hace por sus campos y que prefiere la frivolidad de la ciudad porteña, el alcohol, el juego y las mujeres. En el otro extremo de la escala social, Cambaceres le dedica al extranjero su novela llamada En la Sangre (1887). En esa obra la influencia del naturalismo y positivismo de la época es inconfundible. Quizás el primer párrafo, donde describe al padre del protagonista, ejemplifique su postura “De cabeza grande, de facciones chatas, ganchuda la nariz, saliente el labio inferior, en la expresión aviesa de sus ojos chicos y sumidos, una rapacidad de buitre se acusaba.” El europeo aquí es una bestia que deja en evidencia su animalidad en cada acción que toma, incluso en la fisionomía y los rasgos. El argumento versa sobre Genaro, hijo de inmigrantes italianos pobres que se casa con la hija de un terrateniente para terminar dilapidando su fortuna, es solo el telón de fondo para desplegar todos los elementos narrativos que le permitan denigrar al “otro”. El personaje, materialista y rapaz por naturaleza, al divisar a la joven piensa “Se había desengañado, la plata era todo en este mundo y a eso iba él…”

Los breves extractos que expusimos sirven como un telón a partir de cual observar los cambios de percepción que se vivían entonces y pueden servir, aunque sin generalizar, para acercarnos a las mentalidades que estaban por fuera del ambiente intelectual. Si bien los juicios de valor poco aportan al racionalizar los hechos del pasado según nuestra óptica moderna, pueden servir como disparador para plantearnos cuánto ha cambiado la percepción que la sociedad tiene hoy del inmigrante. Uno que ya no es europeo sino latinoamericano o africano, en general. Una reflexión que puede llevarnos a observar como todavía el extranjero sigue sirviendo a la clase dominante, sin importar su color político, para convertirlo en el foco de la opinión pública cuando cuestiones como la inseguridad o la desocupación pueblan los titulares de los principales medios. Mientras hacen uso de todo discurso pseudonacionalista para exacerbar resentimientos en el receptor, herramienta ideal que logra desviar la mirada de los problemas de fondo, intentan tornar las subjetividades individuales en otredades generalizadas. Quizás prosa actual, sin importar que sea literaria o periodística,no aborde la cuestión del inmigrante con la crudeza antes citada pero aunque las formas cambien muchos de esos sentimientos perduran.

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