Juan Mattio, entre la ficción y el periodismo

por Gustavo Grazioli

La literatura inscripta a las fuerzas del lenguaje y al propio trabajo de no quedarse con las primeras palabras que aparecen con el fin de cimentar una historia. Juan Mattio, quien publicó su primer trabajo Tres veces luz (Alquina, 2016) para la colección Negro Absoluto, describe procesos que involuntariamente están enmarcados en una soledad extrema donde solo quedan el texto, el tiempo y la maduración que esas palabras puedan ir adquiriendo en las instancias de corrección. Este autor de tradiciones heredadas, trae un acento nuevo para seguir complejizando el campo donde se disputan la lucha por los sentidos.

Mattio, además publicó, junto al escritor Kike Ferrari, la novela Punto Ciego. Así entonces, entre palabras y lecturas, su labor transcurre siempre bajo el manto de las prosas, porque también es periodista. Aunque él diga en su twitter “a veces periodista”. Este escritor parece determinar su terreno y de esta forma se pueden entrever algunas lecturas que se inscriben en el tranco de William Faulkner o Joseph Conrad, entre otros. Son marcadores que se cuelan en el medio de paradigmas que hasta ahora desembocan en Tres veces luz.

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En tú opera prima partís de una investigación para Infojus sobre unos polizones congoleños asesinados en un buque de carga ¿Cómo trabajaste ese cruce entre periodismo y literatura?

En principio la literatura y el periodismo pueden tener cruces más fuertes, en el sentido de las novelas de no ficción. La tradición de Walsh: usar la forma narrativa de la novela para contar una historia verídica. Mi plan no fue ese sino que fue partir de un hecho verídico que más o menos conocía. Sabía que habían pasado unos hechos de determinada manera. Nunca se supo, igual, quienes eran los polizones y ahí arriesgo que eran tres niños y un hombre, pero bien podrían haber sido otras edades u otras personas.

¿De qué manera trabajaste con el lenguaje?

Necesito partir de una situación real, por eso la pregunta de cómo funciona el lenguaje en esa situación es la que me sirve de punto de inicio para empezar a rascar la historia. Lo que me pregunté fue: ¿Qué pasa con el lenguaje en una situación tan límite? ¿Cómo se habla? Qué se dice en el medio de una situación así: encerrados en la bodega de un barco, adentro de un conteiner con pocas posibilidades de sobrevivir. Alejándote kilómetros y kilómetros de tu país, de tu familia. Ahí es donde empieza la ficción. Los personajes que construyo, que son directamente un revolucionario y un niño de la calle, tienen formas distintas de relacionarse con el lenguaje y pasar algo entre ellos. Van a funcionar como compañeros pero también como antagonistas.

¿Se puede pensar esta novela como una posible resolución del caso que te sirvió como disparador y de un posicionamiento ideológico sobre el mismo?

Al ser la primera novela que escribo tenía bastante temor de que se confundiera la ficción con la política. La construcción de esta historia me parecía que se podía llegar a tomar como una denuncia de los refugiados y no era mi intención. No pienso la ficción de esa manera ni la leo, sobre todo, de esa manera. Lo que me pasó fue que me parecía válido, si uno piensa en Faulkner y ve esclavos libertos y ve generales del norte y generales del sur, nadie impugna ese imaginario. Es un material como cualquier otro. Me parece que en nuestro país los revolucionarios tienen un lugar un poco mítico, o sea entre las cosas que nos pasaron como país hay un lugar de cierto heroísmo. Para mí, entonces, el militante revolucionario era una forma de compromiso con el lenguaje en particular. De cierta esperanza que lo encuentra en un momento que está desencantado, pero que sigue formado en esa esperanza. No sabe vivir de otra manera. En cambio el niño de la calle es como lo contrario a esa forma de ver el mundo. Es el desencanto total. Y ese era el choque que a mí me interesaba.

Necesito partir de una situación real, por eso la pregunta de cómo funciona el lenguaje en esa situación es la que me sirve de punto de inicio para empezar a rascar la historia.

18947289_10212066098184478_665717856_o.jpg¿Qué lugar ocupa la política en la ficción? ¿Se puede pensar a la ficción como una herramienta de cambio?

Me gusta pensarlo como de formas invertidas. Me parece más interesante pensar las formas literarias en relación a la política. Es interesante no pensarla de una forma inmediata. Es muy poco probable que un libro de ficción pueda intervenir en política. Para eso tiene que generar como una mala lectura. Algo así como una especie de Bovarismo. Hay ciertos libros que te hacen actuar la lectura. Por ejemplo, pienso en Madame Bovary que actúa las novelas que lee, pienso en Quijote que actúa las novelas de caballería, pienso en Walsh pidiéndole a Operación Masacre que actúe de alguna manera en la realidad. Para eso él abandona la ficción. Por eso no creo que un libro de ficción pueda actuar en la realidad inmediata. Ni por sus temas ni por sus formas. Lo que sí pienso es que las formas tienen que poder contarnos en el mundo que vivimos, que de por sí es un mundo muy complejo. La forma debería acompañar esa complejidad. Tener un narrador omnisciente en tercera, lineal, de principio a fin hoy me parecería muy difícil.

La materia social más profunda que tiene la literatura es el lenguaje. Generar un efecto de extrañamiento sobre el lenguaje es más o menos lo que uno le pide a la poesía. Que a las palabras de todos los días nos la devuelva convertidas en otra cosa. Esa me parece que es la función política de la literatura. Que no te deje tranquilo en relación al lenguaje, que no te hable desde el lugar común, que no te hable desde cliché, que pueda mover el leguaje que usas todos los días y lo pueda volver peligroso.

¿La decisión sobre el género que utilizaste te facilito la forma de pensar ese lenguaje?

El esquema de género negro me sirvió más que cualquier otro para contar eso que quería. O sea la oposición de los dos lenguajes: uno de un hombre formado en la esperanza revolucionaria, en el optimismo de la voluntad, como dice Gramsci; y un niño que no conoce esperanza y que ha sido expulsado de casi todos los lugares de donde puede ser expulsado una persona: su casa, su familia, su país. Por eso me sirvió el género negro para contar esto, por el tratamiento que hace sobre ciertas situaciones donde te permite cierto realismo.

Hay un análisis interesante que es pensar al género como un esquema que te permite contar una historia que se deje. El autor usa al género y no se inscribe en el. Uso el fantástico, uso el policial, uso la ciencia ficción o uso la gauchesca porque lo que quiero contar es potenciado por ese género que estoy utilizando y no al revés.

18945172_10212066098304481_335857597_n¿De qué manera pensas que opera la crítica literaria a la hora de decidir la lectura de un texto?

Siempre que se entra al territorio de las escisiones literarias, se entra en el terreno de la política. O sea la política literaria se hace ahí: en las facciones, las poéticas. Algo del orden de: este crítico defiende tal poética entonces posiblemente retome este libro e invisibilice este otro. Ahora se cumplió un año de la aparición de Tres veces luz y todas las reseñas que leí fueron muy generosas. Aparecieron en medios que van desde La Nación hasta revistas de baja circulación o blogs. Estoy agradecido a todo eso. No sé cuánto influye en la venta eso, lo que creo es que la mejor forma para que un libro circule es el boca en boca. Cuando se está hablado de un libro es muy difícil pararlo. A mí me llegó Quema de Ariadna Castellarnau de esa manera. No leí una reseña. Empecé a escuchar y lectores que respeto la admiraban, entonces accedí a ese libro más por el boca en boca que por otra cosa. Me parece que un lector se genera sus propias lecturas de referencia. Por eso, creo, que una reseña no garantiza nada.

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