Sense8, la mónada de las mil ventanas

por Iván Paz

“El deseo es revolucionario porque siempre quiere más conexiones y más agenciamientos”
Gilles Deleuze

La fiebre de Netflixfilia, en su edición 2017, trajo consigo uno de los retornos más esperados: el de Sense8. De la misma manera, semanas después del estreno de la segunda temporada, nos enteramos inesperadamente de su cancelación. Entre bronca e incertidumbre, el análisis de Sense8 parte, en estas líneas, no sólo de lo que fue, sino de lo que nos deja. El regreso de la creación de las hermanas Wachowski (madres de grandes criaturas como la trilogía Matrix, V for Vendetta y Cloud Atlas, entre otras muchas) supuso no sólo la renovación del vínculo con los viejos fans sino que llevó a mucha gente a ponerse al día, maratón mediante, para llegar a esta segunda temporada con el mismo nivel de genuinas ansias.

En términos generales, Sense8 pareciera tener una constitución perfecta: personajes adorables, jóvenes y atractivos que se enfrentan a las más disímiles circunstancias fortaleciendo, siempre, el vínculo transhumano que los une. Incluso en situaciones donde sus propios límites morales se ven jaqueados, los sensates salen airosos haciendo homenaje a aquello que el director Alexander Kluge caracterizó, alguna vez, como el happy-ending yankee. Quizás con más sutileza, la resolución heroica de las dificultades y el abrazo fraternal (entre ellos y con nosotros, los espectadores) siempre está presente. El éxito de Sense8 parte de adoptar estrategias de otras atractivas series, y llevarlas al extremo romántico que nos propone su narrativa: al igual que Mr. Robot, está constantemente en jaque la constitución de la realidad efectivamente objetiva, con la diferencia de que Sense8 no juega con lo confuso entre ilusión y realidad, sino que nos plantea distintos puntos de fuga que convergen, finalmente, en un desenlace en común. A la Game of Thrones, serie que nos interpela y nos conduce a tomar conciencia sobre la fragilidad de nuestra propia existencia (aún desde la más extrema ficción), Sense8 cala hondo en nuestras subjetividades, nuestros sentires, pero invirtiendo la fórmula. Lo que se pone en cuestión, idealismo mediante, es una nueva forma de pensar las identidades y la posibilidad de vinculación que surge a partir de ellas. Con referencias de ensueño que nos hacen, bordeando lo peligroso, salir a enfrentar a la vida con una dosis demasiado alta de romanticismo, Sense8 pone a temblar enteramente nuestras estructuras y nos lleva a preguntarnos por qué no es posible esa vinculación entre personas que exceda los sentidos, que nos lleve a enamorarnos a primera vista, que nos haga experimentar deseos y sentires en una forma enteramente virtual. Quizás la respuesta sea que nuestros sensates no son como nosotros humanos, sino que su constitución como homo sensorium (y no sapiens) los lleva a una esfera superior a la que nosotros, realmente, no podemos acceder. En Sense8, observamos en su máxima expresión la posibilidad de que el deseo se complete a sí mismo arropándose en el camino de los placeres, creándose y formándose a sí mismo, agenciando los afectos como propios allí donde antes no había nada. La experiencia intensa que, como espectadores, sentimos al ser testigos de la historia tiene una íntima relación con la consideración de un placer que, completándose, tiene acceso a nuevas potencias.

Sense8 (1).jpg

En su acepción filosófica, el concepto de mónada hace referencia a una unidad en su sentido originario, sin división, para la totalidad de los seres. La propuesta pluricultural de Sense8 enfrenta sus consecuencias negativas, que se resumen básicamente en reducir sus personajes a una serie de clichés narrativos (el macho oficial de policía yankee, la coreana experta en artes marciales, el pobre africano con un gran sentido de la dignidad, por ejemplo), los cuales son fácilmente olvidados teniendo en cuenta la disponibilidad de cada personaje a que su debilidad sea la fortaleza de otro. Quizás lo más atractivo de Sense8, que nos hace olvidar incluso la poca estructura argumental de estas mágicas interacciones entre los personajes, sea la aparición de cada uno de ellos no sólo ante circunstancias adversas de los demás (Sun con Capheus enfrentando a las mafias africanas, el amor entre Kala y Wolfgang en sus respectivos contextos, las intensas escenas entre Lito y Nomi) sino en los momentos en que todo se resume en juntarse en alguna fiesta y bailar hasta perder el control. Podemos pensar, como nos enseña Marx, que no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino que el ser social es lo que determina su conciencia. El ser-sensate no parte exclusivamente de la individualidad de cada personaje, sino que las vivencias de las mil ventanas de Sense8, que nos muestran las historias específicas de cada uno y las historias que se desprenden de ellas, se remontan hacia una unidad originaria que es la constitución propia de los homo sensorium, de los personajes que se prestan a esta nueva forma sensorial, superior, de vincularse.

Sense8 pone a temblar enteramente nuestras estructuras y nos lleva a preguntarnos por qué no es posible esa vinculación entre personas que exceda los sentidos.

Entre las escenas difíciles de olvidar, que habrán llevado a más de uno a repetirlas hasta el cansancio, están las famosas orgías entre los sensates. De los muchos giros presentes en la serie, es destacable cómo constantemente recibimos guiños queer que, viniendo de las hermanas Wachowski, no deberían sorprendernos. En las orgías, se establece un punto en el cual el deseo pierde su nomenclatura, en el que cada personaje, en su individualidad, compartiendo intimidad con su pareja, su amante o incluso algún extraño, experimenta el vínculo con los demás sensates en su punto de ebullición más alto. En estas ocasiones, completar un placer necesita de un encuentro, el hecho de gozar es advertir el hecho de una mayor potencia escapando a toda normalización. El aspecto monádico de estas secuencias es evidente: todos somos uno, y uno es todos. Incluso los personajes que sostienen en su cotidianeidad una heteronormatividad clásica (como Will, nuestro macho alfa policía) se ven jaqueados ante estos nuevos vínculos surgidos del deseo anónimo, como observamos en el brillante diálogo entre Will y Lito, hacia el final de la primera temporada, en el que se presentan el uno al otro con un “Sí, tuvimos sexo… y fue muy especial”. La subversión de las identidades normativas se da también precisamente en el intercambio entre Nomi y Lito, en la escena del museo, cuando ella afirma que la violencia real e imperdonable es aquella que ejercemos contra nosotros mismos cuando tenemos demasiado temor de ser lo que realmente somos. En este caso vemos cómo se invierte el rol clásico, en la narrativa de las divergencias sexuales, del hombre cisexual gay colocado en un lugar predominante: en nuestra historia, quien toma la posta para determinar los alcances y la potencia de las identidades es la mujer transexual, quien en las historias (y en la realidad) se encuentra bajo las máximas condiciones de opresión. En Sense8, quien dispone es Nomi, y Lito, junto a quien experimentamos incluso su salida del clóset, es quien aprende. Incluso hay una conformación de familia queer, cuando Nomi y Amanita, huyendo, reciben ayuda de la comunidad de lesbianas butch (que rompen el cánon de lesbianismo femme al que estamos acostumbrados), los tres padres de Amanita y su crianza, la familia que se forma entre Lito, Hernando y Daniela también a través de un deseo anónimo que supera las barreras de lo hétero-homonormativo y lo hegemónico, o bien las encantadoras bromas entre Nomi y Bug respecto del pasado de ella como “hombre”, o la escena de la boda de la hermana de Nomi en la que, ante la adversidad, su propio padre la reconoce finalmente como mujer, reivindicando la propia identidad autopercibida que en ella ya estaba constituida. Observamos la tendencia que toma Sense8 hacia un cuestionamiento general de las normatividades y la conformación de nuevas formas de vínculo entre identidades queer a partir de la experiencia sensorial de nuestros personajes.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Las mil ventanas, cada historia particular con sus diversas causas y consecuencias, convergen siempre en una unidad originaria representada en el nacimiento no biológico de cada sensate, en la conformación de cada cluster, en el vínculo de cada uno no sólo entre ellos mismos sino descubriendo a nuevos homo sensorium con las mismas cualidades. Debimos esperar al último episodio de la segunda temporada para encontrar a todos los sensates en la misma escena. Sin embargo, en cada ventana que nos mostró un mundo nuevo encontramos a la mónada originaria que forma el vínculo de cada uno de ellos con nosotros. Netflix nos deja, al menos momentáneamente, sin saber cómo culmina esta historia. Muchos podrán pensar que el final, en cierta forma, puede ser resignificado en términos de una lucha que llegó a donde quería: su concreción. Otros sentirán que, tras ese final, la declaración ahora interrumpida de una guerra nos despoja de la posibilidad de ser testigos de lo más importante en la historia de los sensates: su redención. Sin embargo, el aporte más significativo que nos deja la historia es la romántica posibilidad de dejar de preguntarnos “qué pasaría si…”: para toda experiencia transhumana, extrasensorial, mágica, para todo aquello que desearíamos alcanzar, tuvimos a Sense8.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: