La identidad urgente

por Valentina Vidal

El 8/4/17 encontraron a Micaela de 21 años, muerta. A minutos de darse a conocer la noticia, empezó la búsqueda de responsabilidades. El juez Carlos Alfredo Rossi dejó en libertad condicional al principal sospechoso y doble violador Sebastián Wagner, cuando debía cumplir una condena de nueve años (nueve años por arruinar la vida entera de dos personas). Las culpas empezaron a distribuirse hacia el juez y por supuesto, al asesino. Hasta acá, los primeros manotazos del sálvese quien pueda intentaban a prueba y error, salpicar lo menos posible otros ámbitos. Las razones son variadas. Un juez que es quien hace valer las leyes que el estado está obligado a cumplir y que Micaela era una militante de la JP Evita.

Una esperaría que un tema como este, no se utilizara políticamente. Error. No pasaron más de diez minutos para que los trolls, esos usuarios fantasmas de las redes sociales que todo gobierno contrata, ligara automáticamente este femicidio con la gestión anterior. Una vez más, la ética y el humanismo se dejan de lado para evitar cargar con el costo político de un estado ausente.

En la Argentina tenemos un femicidio cada diecisiete horas. Dicho en otras palabras, matan a tres mujeres cada dos días.  En 2012, fue sancionada la Ley 26.791, “que incorporó al Código Penal como figura agravante del delito de homicidio simple, el caso en que sea cometido por un hombre contra una mujer, mediando violencia de género, y cuando el homicidio se cometa con el propósito de causar sufrimiento a una persona con la que se mantiene o ha mantenido una relación de pareja o exista un vínculo de consanguinidad ascendente y/o descendente”, pero es muy difícil hacer valer esta Ley si el estado no acompaña.

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La primera marcha de Ni una Menos del 3/6/2015, comenzó con el femicidio de Chiara Páez, la adolescente de 14 años, asesinada por su novio de 16 y enterrada viva en el patio de su casa. Este caso fue titular en todos los medios. Lo mismo ocurrió con Ángeles Rawson, Lola Chomlez, y Melina Romero, éste último, un homicidio impune, ya que no quedó ninguno de los acusados detenidos por falta de pruebas. Desde entonces, el seguimiento y la concientización acerca de la violencia de género está en manos de las mujeres. Porque el estado, que es quién tiene que sostener y alimentar una estructura que haga valer la ley, con campañas de prevención en los medios, en las escuelas, en los hospitales, generando redes de contención para las víctimas y sus hijos, padece de una negación extrema.

En la Argentina tenemos un femicidio cada diecisiete horas

En la marcha por el Día de la Memoria, la verdad y la justicia del 24 de marzo último y todavía con los pies latiendo, me puse a escribir sobre lo visto y vivido. Encendí la TV, y busqué por diferentes canales. Solo dos transmitían desde la zona.  Entré a las redes y las imágenes se multiplicaban. Me preguntaba si eran fotos de los usuarios. Me preguntaba, también, acerca de la necesidad de afirmación de lo real, de lo vivido en carne propia a través de las imágenes de otros.  Una realidad que está puesta en duda constantemente, dependiendo de quién la reproduzca. Y entonces, ¿cómo mostramos la realidad?  ¿Cómo la vemos?

La permanente insistencia en reafirmarnos en nuestra ideología rebota por los innumerables muros y time lines de twitter. Vuelvo al recuerdo que acabo de tocar con los pies calientes. Eso es lo real, lo palpable. Iba en el subte. Todos juntos hacia un mismo destino y con la misma premisa: son treinta mil. Cantábamos. Nos sonreíamos por encontrarnos, por ser tantos.  Fuimos a defender un número que nadie había puesto en duda hasta ahora. Días atrás había ido a la tercer marcha de Ni una menos de este 8 de marzo, dónde hubo una resistencia inexplicable desde algunos sectores que ven el pedido de basta de violencia contra las mujeres como una especie de insurrección hormonal, por salir a pedir que la justicia funcione. La marcha fue multitudinaria y pacífica. Utilicé el mismo método. Llegué a casa y encendí la TV. La sorpresa de encontrarme como única imagen de la movilización, a los disturbios en la Catedral me dejaron desconcertada. Los zócalos rezaban un “se volvieron locas” en varios canales. No era lo que habíamos vivido en seis horas de caminar pacíficamente desde Rivadavia y Callao hasta Plaza de Mayo. La modificación de la realidad una vez más al servicio de los intereses políticos. Después, las detenciones y maltratos a mujeres que ni siquiera estaban en el lugar y la negación. Quisieron ridiculizar un reclamo en el que la población entera debiera estar unida y que cualquiera en su sano juicio entendería que el estado debería apoyar: que no nos maten.

La primera marcha de Ni una Menos del 3/6/2015, comenzó con el femicidio de Chiara Páez, la adolescente de 14 años, asesinada por su novio de 16 y enterrada viva en el patio de su casa

Previo a la marcha de Ni una Menos, había sido el acto de la CGT y la marcha de los docentes. Busqué en vano la información acerca de la cantidad de gente que fue a cada una. Al día de hoy, con las innumerables opciones en el acceso a la información, resulta peculiar no encontrar ese dato.  Después de varias búsquedas, se podría afirmar que en quince días salieron casi tres millones de personas a la calle y hubo un paro nacional, con diferentes pedidos hacia un estado que en vez de dar respuestas, niega la existencia de los reclamos desestimándolos, que propone una marcha supuestamente auto convocada desde los velos torpes de la tecnología, a “favor de la democracia”. Y acá se juega el significado y el significante. Si genero una movilización a favor de la democracia, como la del #1A, es porque entiendo que una democracia puede estar en riesgo por la participación popular para discutir reclamos sociales y laborales que la constitución nacional prevé en estos casos, algo muy extraño para un gobierno democrático. Y no importa que la cantidad de gente haya sido muchísimo menor que las demás movilizaciones, la visibilidad se multiplicó multimediaticamente alcanzando un grado visibilidad ineludible. Lo mismo ocurre con decir que “desalojaron” y no que “reprimieron” a los docentes que buscaban poner una carpa itinerante sin cortar calles. En el hecho de “desalojar”, queda implícito de manera subliminal que lo que allí se estaba haciendo era ilegal. Ya no importa si los docentes tenían la carta del pedido formal para la implementación de la misma, no tendrá posibilidades de competir con la interminable repetición de las distintas formas de imponer la idea única de desalojo.

El gobierno con todos los medios a su favor, elige no ver, no escuchar. Eliminar, dejar de seguir, bloquear, en una especie de Facebook atrincherado. No lo ve y no sucede. Suplanta la realidad de los otros por la propia o su anhelo de ella. Se mueve dentro de un círculo autista. Se desliga de las responsabilidades que pudieran afectar el funcionamiento de una estructura caprichosa y excluyente. El negacionismo, como conducta humana, es exhibido por individuos que eligen negar la realidad para evadir una verdad incómoda. El autor Paul O’Shea lo define como “el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable. Es en esencia, un acto irracional que retiene la validación de una experiencia o evidencia históricas”.  El autor Michael Specter, define el negacionismo grupal cuando “todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable”.

La negación de los 30.000 desaparecidos, del terrorismo de estado, en un país donde todavía se buscan familiares y nietos de desaparecidos, la no difusión de los tres millones de personas en la calle con diferentes reclamos, la sordera explícita con respecto a la proliferación de los femicidios,  y la reciente línea de pensamiento dónde corre a viva voz entre cierto sector opositor a la gestión anterior, el deseo de volver a proscribir al peronismo, (aunque en la actualidad resulte una empresa utópica) responden todos a este mismo sistema de negación. No lo veo, no lo escucho, no sucede.

A la vez, las calles, el trabajo social y las expresiones artísticas vuelven a ser la mejor herramienta para ser reales y concretos. Para ser vistos. Para sacar la cabeza por fuera del agua. Dejar de lado el onanismo y la individualidad. No permitir que el deseo de declamación del yo, nos gane en un orgasmo narcisista de me gustas en el muro de una red social y solo nos deje ganas de fumarnos un cigarrillo mirando Netflix. Desde cada ámbito que nos toca, social, artístico o laboral, la creación de una identidad es necesaria y urgente. El lugar de la resistencia como seres, como identidad, del cuidado de nuestra mejor expresividad humana nos guía como un enorme faro en el medio de tanto caos y oscuridad. Los centros culturales proliferan, hay lecturas literarias cada día de la semana, encuentros, asambleas, mesas de género, organizaciones sociales dentro de las villas, entre cientos de actividades que se comunican de boca en boca. Marchar sirve. Salir a la calle sirve. Ya no estamos para seguir a falsos ídolos. La generación política dirigente es una farsa en todo su arco. Lo rancio de sus ideales vetustos sentados arriba de montañas de dinero ya no nos convence. Es por eso que es una premisa encontrarnos, no dejar librado al azar y a la construcción de un relato por sobre otro para anularnos y diluirnos. Tal vez sea la única oportunidad para salir de una nueva etapa de oscuridad que vamos a lamentar por décadas.

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