Psicotrópicos y nootrópicos

por Alan Ojeda

Hay una pregunta que parece evitarse cuando se habla de las “drogas” o “estupefacientes” (ambos términos cargados de moralina) ¿Qué función cumplen en la sociedad? ¿Qué función cumplen en el hombre en tanto individuo y en la sociedad? ¿Qué relación hay entre determinados tipos de “drogas” y el poder? Estas preguntas son incómodas porque impactan directamente en los fundamentos del pensamiento de la sociedad occidental y su particular visión sobre la razón, la consciencia y la productividad. Es por esa razón que pensar en estos términos posee una importancia primordial en el contexto en el que nos encontramos.

¿Por qué hablar de las drogas como tecnologías? Porque no hay ninguna razón válida para no hacerlo. Siempre que nos referimos a las drogas, sean sintéticas o no, al momento de interactuar con la humanidad se transforman en un “para-algo”. No importa su finalidad sino el hecho de que el imaginario técnico del hombre le ha encontrado una utilidad y, a partir de ahí, debe desarrollar un “saber-cómo-usarlo” relacionado a su descubrimiento. Gracias a que la raza humana parece ser la única capaz de relacionarse con los objetos en tanto tales, es capaz de transformar cualquiera de ellos en “herramientas” o “tecnologías”. Bajo esta perspectiva es que la pregunta sobre ¿Para qué drogas? toma cuerpo. En uno de los últimos textos de su carrera, Michael Foucault bosquejó una teoría sobre las “tecnologías del YO”, que “permiten a los individuos efectuar, solos o con ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, sus pensamientos, sus conductas, su manera de ser; es decir, transformarse con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, de pureza, de sabiduría, de perfección o de inmortalidad“. Bajo esta perspectiva podemos englobar desde la cafeína hasta el 5-Meo-DMT, pasando por el opio, la cocaína, el LSD, la Ketamina, los hongos e infinidad más (descubiertas y por descubrir). Las más consumidas parecen tener un fin mucho más accesible: café=mantenerse despierto, alcohol=placer/distenderse, nicotina=calmar la ansiedad. Ahora ¿Qué tipo de operaciones nos permiten efectuar el resto de las drogas consideradas, en su mayoría, prohibidas? Para esto será necesario hacer un recorrido más amplio que nos permita dar cuenta por qué desconocemos su uso.

Por un lado, encontramos las drogas legales y las recetadas. Ambas forman parte del día a día de casi todos los humanos sobre la tierra: desde azucares refinadas hasta benzodiacepinas (tranquilizantes). Estas, sometidas al uso cotidiano han perdido su “efecto sorpresa”. Todas estas drogas tienen un efecto previsible que, a largo plazo, puede volverse imperceptible a menos que nos hallemos en ausencia de ellas. Un claro ejemplo de esto son las drogas de prescripción y uso psiquiátrico. Al poseer un efecto prolongado que desarrolla su potencia plena a los 60 días de comenzado su consumo, el usuario promedio no llega a darse cuenta del momento en el que su consciencia comienza a funcionar bajo los efectos plenos del químico. Esta ausencia de conciencia sobre los efectos impide cualquier tipo de proceso reflexivo del paciente, cosa que, en casos graves como el de Estrés Post Traumático, es contraproducente y obliga al usuario de drogas psiquiátricas a consumirlas de por vida bajo la amenaza del despertar del mal y el sufrimiento. Algo similar se observa en el uso de tranquilizantes para paliar los efectos de los ataques de pánico. En ninguno de los casos la terapia ataca el quid de la cuestión ya que, de manera contraria a la que explica Foucault, impide que el usuario efectúe una operación consciente sobre sí mismo y, más que ser un consumidor, éste se transforma en un “consumido-por-la-droga”. La psiquis del paciente se encuentra en un aletargamiento indefinido sin ninguna solución. Es por eso que estas drogas no son consideradas “peligrosas”, incluso conociendo el abuso que hace de ellas gran parte de la sociedad. Un claro ejemplo de eso es el abuso de analgésicos derivados del opio. Los adictos consumidores de analgésicos superan ampliamente a la suma de los adictos a la cocaína, el crack y la heroína.

Por otro lado, tenemos las drogas de rendimiento o brío. En esta categoría podemos encontrar desde la cafeína hasta la cocaína y las anfetaminas. Todos los químicos que permiten exigir al cuerpo más allá de sus límites energéticos tienen una estrecha relación con el aparato productivo del capitalismo en el que están insertadas. En la sociedad de rendimiento, que es exactamente en la que nos encontramos y que es propia del neoliberalismo (una especie de darwinismo distorsionado), nos vemos obligados a cumplir más allá de nuestras capacidades físicas reales y en condiciones materiales de existencia muy lejanas del nivel óptimo. Un ejemplo claro de esta estrecha relación entre una función social y una droga puede verse en la generación yuppie de los años ochenta en Estados Unidos. Por esos años la cocaína y la bolsa de valores formaron una relación sinérgica. El trabajo demandaba una cantidad de energía y atención sobre humana, puesto que el dinero no descansa y EEUU se encontraba en plena reestructuración económica de la mano de Ronald Reagan. Las películas El lobo de la Wall Street (más allá de su exhibición hiperbólica) y Wall Street (más allá de invisibilizar el tema del consumo) son un buen ejemplo del espíritu de época y por qué la cocaína llegó a niveles de consumo no vistos nunca antes. Es por esta razón que, si bien podemos pensar “La Guerra contra las drogas” como algo que aún se haya vigente y parece tener efectos en el discurso social sobre las drogas, está claro que se enfoca más como un método de marginar a los países de dónde proviene que de observar la estrecha relación que posee ese consumo con el estilo de vida que se plantea como modelo de éxito.

En la misma línea de las drogas de rendimiento encontramos los nootrópicos. Estos son el punto culmine de las drogas inteligentes. Están diseñadas, especialmente, para aumentar la potencia del funcionamiento cognitivo sin afectar directamente al resto del cuerpo. Tanto la cocaína como las anfetaminas, en dosis medias y altas, pueden provocar dificultad de concentración, nerviosismo, bruxismo y daños en los órganos internos como riñones, hígado y tracto digestivo (sólo por mencionar algunos efectos secundarios), lo que las vuelve improductivas a largo plazo. Por el contrario, drogas como el Aderall y la Ritalina (ambas para el síndrome de déficit de atención), el modafinilo (para la narcolepsia) y el Noopept (varias veces más potente que su primo hermano el Piracetam, usado para tratar el alzheimer) producen un aumento del rendimiento mental, pérdida de sueño, aumento de concentración y memoria, no por nada se llaman nootrópicos(deriva de las palabras del griego «nous» [mente] y «tropos» [dirección]. Poco a poco nos transformamos en computadoras vivientes a las que agregamos plug-ins temporales para aumentar nuestras capacidades. Estas drogas tienen gran éxito en el mundo académico de los países del “Primer Mundo”, donde el nivel de competencia obliga a subir químicamente el estándar de rendimiento. De hecho, drogas como el modafinilo han sido utilizadas en el ejército norteamericano para mantener despiertos a los soldados por varios días sin señales de cansancio.

Por último, encontramos las llamadas drogas enteógenas (deriva de la lengua griega, en la que éntheos [ἔνθεος] significa “que tiene a un dios dentro”, “inspirado por los dioses” y génos [γένος] quiere decir “origen, tiempo de nacimiento”) y empatógenas. Dentro de esta categoría podemos ver los hongos mágicos, DMT, LSD, mezcalina, salvia divinorum, MDA y MDMA, entre otras. Estas “drogas”, desde su misma catalogación nos están haciendo referencia a otro tipo de procesos, ajenos al rendimiento, al pensamiento racional y la sobriedad. Todas estas son drogas de enstasis, es decir que, en vez de producir un “fuera de sí”, producen un repliegue de la consciencia hacia ella misma: la contemplación del propio ser, en otra perspectiva. Estos químicos (naturales y sintéticos) tienen un efecto disruptivo y des-automatizador ya que no suelen ser consumidos de manera cotidiana y dura varias horas. Esa particularidad nos permite enmarcar el consumo en un determinado tiempo-espacio que permita ese efecto que señalaba Foucault. Es por esa razón que tanto el LSD como el MDMA han tenido una fuerte aceptación en el área de las terapias. Actualmente el MDMA ha recibido increíbles resultados en el tratamiento del Estrés post traumático, ya que los pacientes, en un periodo de alrededor de un año han podido reintegrar sus experiencias traumáticas a la consciencia dejando de depender de drogas paliativas por completo. Gran parte de los informes relacionados a este campo de investigación puede encontrarse en la página de la MultidisciplinaryAssociationforPsychedelicStudies (MAPS) (http://www.maps.org/).

Las drogas psiquedélicas o enteógenas producen un efecto espacio-temporal de repliegue de la consciencia. La imagen es similar a la que algunas teorías teológicas utilizan para explicar el origen del espacio. Como Dios es todo, y no puede haber nada fuera de él, el espacio-tiempo, como lo conocemos, es un repliegue de Dios sobre sí mismo. De esta manera, cada enteógeno parece establecer un escenario, un crono-topo, sobre el que el hombre se verá obligado a trabajar. Es por esta razón que lo que se produce no es una “pérdida del YO” sino una exploración del YO en tanto espacio-tiempo dentro de la consciencia. Pero ¿Por qué son consideradas drogas de alta peligrosidad si, casi todas tienen un nivel de toxicidad muchísimo más bajo que las cosas que consumimos diariamente? Porque no son drogas productivas en el sistema. De hecho, su actual aceptación en determinados ámbitos laborales a escala global ha sido en micro-dosis (hongos o LSD), es decir, dosis lo suficientemente pequeñas como para generar una mayor actividad cerebral y buen humor sin que esto sea un peligro para la estabilidad del sistema racional.

Desde otra perspectiva, el filósofo alemán Peter Sloterdijk analiza la prohibición de las drogas en occidente como un resultado de la tradición del pensamiento que heredamos de Grecia. En su ensayo “¿Para qué drogas?”, incluido en el libro Extrañamiento del mundo, señala que, en occidente, desde Aristóteles, sobre todo, está más aceptado decir una idiotez sobrio que la más excelsa verdad al estar bajo los efectos de la embriaguez. Esto implica que todo occidente profesa un “pensamiento de la sobriedad” en el que la experiencia importa poco y nada, y menos aún si esa experiencia se encuentra al borde del lenguaje, casi pisando el lado de afuera.

Sin embargo, pese a las múltiples bondades que parecen ofrecernos estas últimas “drogas” (en varios casos milenarias), también tienen su riesgo. Su consumo fuera de un marco o contexto “ritual”, puede transformarse en algo tan hueco y dañino como otras drogas de alta toxicidad. Así como, tiempo atrás, el uso de esas plantas estaba regulado por el chamán, que era el que generaba las condiciones para que esa experiencia se aprovechara al máximo, hoy en día alguien debe hacerse cargo de eso. ¿Los psiquiatras, quizá? Es imposible negar que, en su uso secularizado, las drogas con potencial para la investigación de la psiquis, han entrado bajo la lógica del mercado que, sumada a la ilegalidad, han provocado una ausencia total de consciencia sobre efectos y posibles usos, eliminando así gran parte de los beneficios que se podrían haber obtenido hasta el día de hoy.

Es por todo lo desarrollado hasta aquí que, cada vez que hablemos de una droga y de la forma que es aceptada o no por el sistema, es necesario plantear el problema en un contexto más amplio. La ficción de la guerra contra las drogas ha caído. Los países que ya no quieren ser más víctimas de las políticas norteamericanas y de la DEA dan un paso hacia la legalización, aceptando que es imposible, en un estado que se dice “liberal”, prohibir decisiones personales que no afectan a terceros y que tienen su lugar, la mayoría de las veces, en el ámbito privado. Basta con buscar los datos de muertes por consumo de alcohol y cigarrillo (cifras que poseen seis ceros) para dar cuenta de que el Estado no se encuentra tomando una política de salud pública sino algo más macabro. ¿Hasta qué punto dejaremos en manos del sistema y la ciencia que lo acompaña justificando sus acciones, las decisiones sobre lo que debemos o no consumir?

En el S XIX la ciencia avaló la frenología como método de investigación para los trabajos de criminalística. Esto implicó que todos aquellos que no entraban en el molde del caucásico occidental fuera sospechoso de depravado, asesino o moralmente desviado. Así fue fácil deshacerse de todo aquello que provocaba alguna incomodidad en la sociedad, es decir “lo diferente”, “lo Otro”. Ahora, es momento de preguntarse ¿Por qué prohibir determinadas drogas?

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