Un espejo negro y el miedo a lo conocido

por Leonardo Murolo

“el miedo es siempre una experiencia individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida”
Rossana Reguillo

La serie televisiva Black Mirror (Charlie Brooker, 2011) cuenta por ahora con tres temporadas, las dos primeras -de tres capítulos cada una- con una impronta británica no solamente desde su estética y temática, sino en su modo de narrar el audiovisual. La tercera temporada -de seis capítulos- pertenece a la era Netflix y es cuando las historias se tornan estadounidenses tanto en escenarios, referencias, finales felices hollywoodenses, como en la colonización de los géneros cinematográficos en la apoteosis del impacto suspensivo, romántico o bélico.

Sin título.jpg

Black Mirror concibe las tecnologías como determinantes de una sociedad que delega la subjetividad en los aparatos. Por momentos hace pensar en la inevitabilidad de los sucesos de un futuro que es presente y que por ello no da tiempo a elaborarlo. La sincronía de las prácticas muestra al escenario como acrítico ante la posibilidad de comprar un robot que simule a una persona desaparecida, la inteligencia artificial haciendo trabajo por nosotros, la vida dirigida por pantallas en el triunfo del espectáculo como articulador social o el control de la actividad ciudadana por la telepolítica. Esas críticas que propone la serie no se realizan de manera diegéticas –es decir, dentro de la historia- sino que se les dejan servidas en bandeja al espectador para que vuelva mentalmente a los relatos, los comparta, genere teorías, dialogue en foros, en definitiva, se los apropie. Es que Black Mirror es también conciente de sus condiciones de producción y circulación. A la vez que genera fanáticos que elucubran reflexiones cada vez más profundas, no se trata de una serie para ver en maratón. Cada capítulo activa diferentes espacios de crítica: la biopolítica, los medios de comunicación, el poder, la belleza, el bien, el arte, la verdad, la religión, la ciencia, el sexo.

Black Mirror concibe las tecnologías como determinantes de una sociedad que delega la subjetividad en los aparatos.

En capítulos como Caída en picada, por ejemplo, se plantea la crítica a la cultura de la imagen, la cual llevada a un límite hiperbólico propone que la aceptación de los “me gusta” se traduce no solamente en reconocimiento y pertenencia sino también en una moneda de cambio que desafía el fundamento mismo del dinero. Algo así como un postcapitalismo de la banalidad donde las tecnologías como punto último de estilización hacen frente al postulado marxista que sostiene que nuestra clase social se encuentra determinada por el rol que ocupamos en el esquema de producción. En este caso, la estratificación social que propone está ligada al éxito en la construcción de uno mismo como objeto deseable. Un valor de cambio que existe en la actualidad en determinados espacios de pertenencia como en redes sociales virtuales, las cuales no pueden ser ya entendidas como opuestas a “la vida real” sino complementarias de aquello que somos.

nosedive01.jpg

Un espejo negro muestra, por condición, una imagen reconocible pero difusa. Es prueba física a la vez que símbolo. Aunque distorsionada, esa imagen actualiza la parte negada del propio reflejo. Es un negativo, la metáfora de lo oculto: nos grita que aquello que vemos tiene también otra cara.

El espejo negro de las pantallas tecnológicas afirma obstinadamente que más que un avance informático, la digitalización se trata de un proceso cultural e histórico. En definitiva, que las tecnologías son sus usos. Ese proceso que no puede parar porque es de carácter global, sincrónico e inevitable, pero que por momentos, al decidir apagar los aparatos puede obligárselo a un descanso. Lo cierto es que las tecnologías están más tiempo encendidas que apagadas -de hecho hay quienes nunca las apagan- por eso en poco tiempo ya no osamos imaginar una sociedad por fuera de la conexión. Podemos bloquear, silenciar, dejar de seguir, clavar el visto, pero aún así la sociedad hiperconectada estará allí esperando mucho de nosotros: qué pensamos, qué hacemos, quiénes somos. Existe y con solo existir nos modifica, como aquel árbol que cae solitario en el bosque aunque no haya nadie para escuchar su estruendo.

Un espejo negro muestra, por condición, una imagen reconocible pero difusa. Es prueba física a la vez que símbolo. Aunque distorsionada, esa imagen actualiza la parte negada del propio reflejo.

Del otro lado del espejo: una pesadilla. Al contrario del mundo de ensueño de Alicia, Charlie Brooker, ya no como Lewis Carrol, nos enfrenta a universos que aunque por momentos también son oníricos, se presentan como horrorosamente posibles. Este punto nos despierta un alerta ya que esos escenarios protagonizados por pantallas son futuristas –muchas veces ni sabemos cuándo suceden- pero los reconocemos propios del repertorio cultural actual. Esta pertenencia a una matriz de usos y apropiaciones tecnológicas ya incorporadas por los sujetos contemporáneos opera como extrañamiento tanto como empatía con los protagonistas de la serie.

¿Por qué como sociedad nos atraen las perturbadoras historias que presenta Black Mirror? La ficción como manifestación lingüística y creativa tiene su razón de ser en la cultura. Desde la antigua Grecia, las tragedias clásicas, por ejemplo, asumían un rol catártico: asentaban sus fundamentos en el terror y la compasión por el héroe. Los espectadores sentían el terror de que aquello que le acontecía a Edipo o a Antígona les pudiera suceder, al tiempo que experimentaban una profunda compasión por aquél sujeto trágico. La tensión dramática resulta más que disciplinadora, es propia de la condición humana. Tanto como beber, comer, dormir, amar y ser amados, para vivir necesitamos que nos cuenten historias. Necesitamos ser narrados para volvernos a ver tanto en relatos fantásticos como en los escenarios que nos rodean. En este sentido, además de información, comunicación y entretenimiento, la ficción se asienta en nuestros miedos y sueños, en la fibra íntima alojada –siguiendo a Freud- en la huella mnémica del inconciente. Relatos distópicos como 1984 o Un mundo feliz o, más cercanos en el tiempo, Los juegos del hambre, enfrentan al sujeto histórico con sus circunstancias de hacedor de cultura y pero también con sus limitaciones políticas. ¿Cuánto podemos decidir de aquello que nos sucede y, en definitiva, somos?

En Black Mirror parecemos determinados por un poder superior que no muestra su rostro. En capítulos como 15 millones de méritos el poder como entidad representada nunca puede verse más que por sus empleados y gestores. Sujetos mejor posicionados, pero también oprimidos. Los entramados de poder invisibles en Black Mirror metaforizan a un capitalismo extremo: si alguna vez supimos con nombre y apellido quién inventó el teléfono, de tecnologías como el WalkMan nos contaron que las inventó la Sony. Las tecnologías detrás de Black Mirror se presentan opacas, son el sistema, son el poder y punto, pertenecen a un Gran Hermano omnisciente pero invisible y mucho más perverso que el de Orwell.

blackmirror1x02_0209.jpg

Black Mirror pertenece a un momento televisivo de transición, cuando los temas tabú o en los márgenes de la moral televisiva tomaron un lugar preponderante, desafiando a la reiteración de ideas imperante en sagas eternas y superhéroes reeditados en el cine. Esto sucede más o menos desde fines del siglo pasado y principios del actual, desde que Los Soprano tematizaron a un jefe de familia que además de mandar a matar a sus adversarios debía ocuparse de la vida doméstica disfuncional, o desde que en Six Feet Under se tratara un tema tan universal como esquivo para la televisión con la normalidad de una cena familiar, o que en Sex and The City se pusiera en relieve que la mujer no solamente quiere casarse y tener hijos más que disfrutar del sexo porque sí. Desde allí hasta Dexter, un asesino serial al que queremos que le vaya bien, la televisión amplió su umbral de lo decible. En este contexto puede aparecer Black Mirror y poner en discusión de forma hiperbólica nada menos que el lado oscuro de la celebrada contemporaneidad social. Pocas apuestas son más excitantes que pensar las posibilidades perturbadoras del presente y de lo conocido. Ese abismo que se propone transmutar en horroroso aquello que, en definitiva, incorporamos como facilitador de la vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: