Zdzisław Beksiński, el explorador de las tinieblas

por Cezary Novek

El 21 de febrero de 2005, un hombre de 75 años fue encontrado muerto en su casa con 17 puñaladas en su cuerpo. Poco después, dos adolescentes fueron detenidos y juzgados. Robert Kupiec, el hijo del ordenanza del edificio, recibió una pena de 25 años de prisión. Lukasz, su cómplice, recibió 5. Tiempo antes, el anciano se había negado a prestarle unos zlotys a Kupiec.

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El hombre en cuestión se llamaba Zdzisław Beksiński, nacido en Sanok, Polonia, el 24 de febrero de 1929. Había estudiado ingeniería arquitectónica en Cracovia para luego hacer un máster en Ciencias Técnicas y volver a Sanok en 1955. Durante esa década trabajó para Autosan, diseñando carcasas de minibuses y diferentes vehículos. Por ese entonces, empezó a incursionar en la fotografía, la escultura, el fotomontaje y la pintura. Sus temas recurrentes eran el metal retorcido, los retratos sin rostro, los paisajes desolados y postapocalípticos. Con el tiempo, se fue volcando más a la pintura en acrílico sobre unos paneles de aglomerado que él preparaba. Su formación artística fue totalmente autodidacta, aunque se puede rastrear en su técnica la influencia del enfoque proyectual y exacto de la ingeniería y el diseño industrial.

Sobre el tema de sus cuadros existe una anécdota, hoy imposible de verificar: se dice que en los años ’50 tuvo un accidente con un convoy ferroviario y que estuvo varias semanas en coma. Cuando despertó, dijo haber estado en un lugar espantoso, lleno de enfermedad y muerte, donde criaturas esqueléticas lo perseguían junto con perros infernales. Supuestamente de ese paisaje interior le vendría la inspiración para sus obras. Lo cierto es que jamás le puso título a sus trabajos y evitaba de manera astuta cualquier interpretación posible.

En Youtube hay numerosas entrevistas hechas para la televisión polaca. Se lo puede ver en su estudio, luminoso y ordenado, que podría ser el de un ilustrador infantil. Las paredes cubiertas por cientos de CD’s y casettes. Beksiński era un melómano empedernido que escuchaba entre catorce y dieciséis horas diarias de música. Era la antítesis de su obra: afable, simpático, humilde. Cuando le preguntaban por sus pinturas llevaba la conversación para el tema de las exposiciones, para agradecer a su amigo polaco Piotr Dmochowski, responsable de su reconocimiento internacional: desde que firmaron contrato en 1984, este se dedicó a promocionar sus obras durante muchos años en las capitales de la cultura occidental, especialmente en París. Se deleita hablando de sus compositores favoritos e incluso narra cómo fue que terminó viviendo de la pintura. Menciona a su compatriota Zbigniew Preisner –conocido sobre todo por haber compuesto las bandas sonoras de las películas de Kieslowski– como uno de sus compositores vivos favoritos. La página oficial de Beksiński tiene música original de Preisner en cada una de las secciones. Pero ni una sola palabra sobre el origen o concepto de sus cuadros. Lo más confidencial que dijo fue: “Lo que importa es lo que aparece en tu alma, no lo que ven tus ojos o lo que puedes nombrar”.

En 1979 hizo una selección y quemó más de la mitad de su trabajo hecho hasta el momento. Dijo que eran obras demasiado personales, fallidas o mal acabadas y que por ello no valía la pena conservarlas. Tampoco guardó registro alguno. “Deseo pintar de la misma forma que si estuviese fotografiando los sueños”, dijo para explicar su voluntad de perfección técnica.

Dijo haber estado en un lugar espantoso, lleno de enfermedad y muerte, donde criaturas esqueléticas lo perseguían junto con perros infernales.

Su primera muestra la realizó en 1964 y fue un éxito: se vendió la totalidad del material expuesto. En esos años y hasta mediados de los ’80 desarrollaría su período fantástico, por el que sería más conocido. A mitad de camino entre el barroco –por el tratamiento del claroscuro y el tenebrismo– y el gótico –por los temas representados–Beksiński exploró al máximo su propio universo de horrores.

Sus lienzos son como la prole de un infinito día nublado. Sólo hay tinieblas y desolación, frialdad y espanto. Hay símbolos que se repiten, como la cruz en forma de T (actualmente hay una “Cruz Beksiński” en su pueblo natal, en una casa museo dedicada a él, y otra en el desierto de Nevada), igual que las criaturas sin rostro o con el rostro vendado, el óxido, la mezcla corrupta entre carne, hueso y metal, los esqueletos y seres deformes que se arrastran bajo cielos de colores imposibles, la soledad infinita de un mundo de acantilados y chatarra. Su estética se puede emparentar con Giger por el tratamiento del volumen y la integración de la carne con el metal; con Kubin, por el despliegue de criaturas horrorosas y la cualidad narrativa de sus composiciones; con Dix, por lo desesperanzador, lo truculento y devastado; y también con la cartelería polaca de la época comunista: personajes frágiles sobre fondos oscuros, la aspereza de la línea recta oprimiendo a la curva, el contraste de colores, la desnudez y el desamparo. Los dibujos son sumamente trabajados. Sabía componer con igual facilidad desde la línea como desde la mancha. En sus últimos años, experimentó con el arte digital y el fotomontaje, buscando plasmar sus pesadillas de forma más nítida. Las pinturas y montajes de ese período tardío se caracterizarían por la austeridad, la síntesis y el minimalismo pero sin perder conexión con el realismo mágico de los trabajos precedentes.

Pese al éxito, Beksiński mantuvo un estilo de vida sencillo hasta el final de sus días. Nunca se interesó por la vida social ni por el circuito del arte. No le gustaba asistir a exposiciones y si podía, evitaba ir a la inauguración de sus propias muestras. Los años previos a su violenta muerte estuvieron ensombrecidos por dos desgracias: en 1998 muere Zofía, su compañera de toda la vida. En la navidad de 1999, su único hijo –el locutor, traductor y periodista musical Tomasz Beksiński, muy conocido en Polonia– se suicida y es el pintor quien encuentra el cuerpo.

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Al contrapelo del arte conceptual de nuestro tiempo (Beksiński, después de todo, sigue siendo contemporáneo), donde las obras necesitan un cartel explicativo o toda una instalación alrededor para que justifique lo que no se ve en el objeto, las pinturas de Beksiński hablan por sí mismas. Por más que se lo pueda encasillar fácilmente en el arte fantástico, son obras que trascienden el subgénero porque no se quedan en representar el monstruo: tocan cuerdas interiores del espíritu humano de forma inquietante como el miedo, la soledad, el abismo, la alienación, la decadencia de la materia, el sexo mórbido.

Su técnica es rigurosa, trabajando mucho las texturas y los detalles, sugiriendo todo lo que no vemos por fuera del recorte visual de ese universo. En sus cuadros –siempre de formato cuadrado– predominan las diferentes variaciones del azul, el ocre, las tonalidades terrosas. Cuando se inclina por los colores fríos muestra escenas de soledad y abandono. En las composiciones cálidas por lo general aparecen escenas de destrucción o esterilidad. Algunas de sus pinturas se concentran en los pliegues y texturas de la piel, en cómo ésta se funde con el hueso al convertirse en carroña. El mismo tratamiento le da a los vehículos, casas y otros elementos inorgánicos. Incluso cuando representa paisajes vacíos o materia inerte, parece estar contando una historia: esto pasa, esto pasó, esto es lo que pasará. Al igual que las pinturas negras de Goya o las imágenes nocturnas de Fuseli, en la obra de Beksiński no se ensayan más que preguntas y sugerencias sobre un mundo al que no querríamos entrar pero que existe dentro de nuestras mentes.

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