Las condiciones de la transposición

por Matías Buonfrate

Dos hombres miran pornografía. Se conocieron ayer en la morgue. Uno le indicó al otro los pasos para reconocer a su familia asesinada. Hoy se reunieron para cerrar unos trámites y revisar si pueden falsear la burocracia para cobrar un seguro. Ahora miran Granny anal adventures #14 – Ilsa. Es un porno complejo, para entendidos. En la pantalla hay una anciana desnuda y de rodillas en una pequeña pileta, tal vez de las de borde inflable en las que los niños pequeños chapotean en verano. Ocho o nueve hombres de diferente contextura física entran en escena desnudos. Primero la orinan y luego todos ellos la penetran por donde pueden con distintas partes de sus cuerpos. Para finalizar, en un ejemplo de la elasticidad biológica y adaptabilidad psicológica, le introducen en el ano un bate de béisbol.

La escena es de la novela Bajo este sol tremendo (Anagrama, 2009) de Carlos Busqued. Tiene unas ochenta líneas, cuenta quince minutos aproximados de experiencia neta. Se la percibe más duradera. Si pensamos en la teoría de la relatividad y la paradoja de los gemelos, el hermano que lea esas páginas, retornará a la realidad más avejentado que el su hermano que no las ha leído.

Es un momento de intimidad. Dos desconocidos se exponen y reflexionan juntos sobre las consecuencias de lo que ven en pantalla. Sus análisis respecto de la vida de la señora circundan lo infantil y cierta pereza intelectual. Pero también son estimaciones elocuentes en relación a lo que consideran supervivencia y el umbral máximo de tolerancia moral que cada uno posee. De aquí extraemos que uno de los dos tiene más capacidad que el otro para sobrevivir, dado que su tolerancia e imaginación sobre la miseria es superior.

La escena literaria habla de cine, al menos uno de sus géneros, pero en la adaptación cinematográfica está ausente. Es arrolladora, quizás demasiado. ¿Se la puede llevar al cine? Quizás esta pregunta se hicieron Adrián Caetano y Nora Mazzitelli al leer la novela y adaptarla para lo que sería El otro hermano. Quizás con razón, eligieron no incorporarla a la película. Sin embargo, vemos que la adaptación cinematográfica de la novela existe una escena no menos difícil.

El personaje de Duarte (Leonardo Sbaraglia) se coje a Eva (Alejandra Flechner) en una escena de violación sin cortes, con una breve elipsis sobre el final, para concluir con un fundido a negro. Para calificarla podríamos recurrir a la clásica articulación del vocabulario “incómoda escena de violación”. Una fórmula tarada, es decir, que posee una tara respecto de dos cuestiones. Por una parte, sugiere que habría violaciones cómodas; por otra, entiende que la escena en sí posee cierto incordio inherente.

En la versión literaria está acción solo está inferida con índices. “El aire estancado estaba espeso y con olor a una mezcla de porro, esperma y jabón, rastros de la visita de Duarte a la señora. Duarte la había limpiado, pero eran evidentes los golpes y pequeños tajos en la boca y arcos superciliares. En el resto del cuerpo también la había castigado y algunas partes estaban empezando a hincharse”.

La pregunta es por qué una escena literaria intensa y rica en su capacidad para revelar las maquinaciones últimas de sus protagonistas es descartada en la transposición, y reemplazada por una violación que antes aparecía referida de manera indirecta.¿Qué nos dicen las ausencias y presencias del sexo sin consentimiento en la tercera edad?

El pasaje del lenguaje literario al cinematográfico es arduo y complejo. Una reescritura pensada para ser representada en imágenes antes que en palabras. El lenguaje literario es esquivo; la imagen, un poco más concreta. Hay cosas que deben ser recortadas en la transposición, en favor de la direccionalidad unívoca del relato.

Ambas escenas citadas nos muestran a Duarte, violador, amante de la pornografía escatológica y de dudosa legalidad, observador de la naturaleza humana. Uno de los personajes más desafiantes de la literatura argentina contemporánea. Mientras que en la película su maldad se construye por su accionar criminal evidente, la novela añade índices y conversaciones sobre temas en apariencia ridículos (elefantes bailarines, elefantes vengativos, escarabajos venenosos, porno, marihuana).

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Para que se vea bien en pantalla hay que subrayar con rojo lo importante y quitar lo grisáceo. Así, la relación de Duarte con la dictadura es autoproclamada con cinismo. También se manosea los genitales mientras mira a un retrasado mental atado a una silla y luego viola a una mujer a su merced. Además manipula a Danielito y enreda al incauto Cetarti en sus maquinaciones criminales. Se lo convierte en un villano. En este contexto, la “incómoda escena de violación”, no inquieta, es esperable y hasta deseable. Un paso más a la comodidad del cliché. Lo incognoscible sería que le pasen crema a las heridas a la víctima, que la cuiden y la limpien y se la vuelvan a cojer ya que están. Como espectadores tenemos que agradecerle esta escena y otras tantas traducciones menores de la cinematografía, que dejan a Duarte como un villano simplificado, cuya maldad es su única dimensión y el dinero su única motivación.

La “incómoda escena de violación”, no inquieta, es esperable y hasta deseable. Un paso más a la comodidad del cliché.

El otro hermano nos hace un favor. Nos devuelve algo que Bajo este sol tremendo y la prosa de Busqued nos habían quitado. Que te obliguen a ver cómo se cojen a una vieja es nada. Solo hay que compararlo con la exhibición de la miseria subyacente que hace la novela. Hasta dejarnos el mensaje sutil pero contundente de que estamos inmersos en una lucha sin cuartel por la supervivencia hacia la nada. No hace falta que un avión caiga en una montaña para comer la carne de los pasajeros muertos. Llevamos tiempo como caníbales. Nuestra humanidad es como Ilsa, protagonista de la película porno. Siempre puede descender otro escalón más y así sobrevivir. Esto es, vivir para desperdiciar la vida, dejar de distinguir entre el bien, el mal hasta admitir que todo es lo que hay.

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